Es lo que nos habíamos propuesto hacer en estas páginas digitales. Es, sobre todo, un desafío muy lindo y árido a la vez. Lindo porque es hablar sobre lo que le da sentido y consistencia a toda nuestra realidad. Árido porque… nunca encontraremos las palabras exactas para decir correctamente lo que hemos percibido. Por eso es importante tratar de descubrir los límites que tendrán esta serie de artículos.

Trinidad

Antes que nada, les pediría que hagan la caridad de pedirme aclaraciones si lo que escribo es muy obscuro. Debajo del escrito siempre está abierta la sección destinada a los comentarios de los lectores. Y, sobre todo en este tema, es bueno volver a reescribir lo que no quedó claro. Así que es tarea de ustedes plantear las oscuridades y la mía la de redactarlo mejor… si es posible hacerlo.

Lo segundo es que, como ya dije, vamos a tratar de compartir la teología de Santo Tomás de Aquino a través de su Suma Teológica. Para eso (cuando sea necesario) utilizaré las citas desde el excelente trabajo de compilación digital que hiciera Hernán González en su web.

Partir de una experiencia

Estamos en un mundo que está, todavía, muy marcado por la racionalidad. Necesitamos tener ideas “claras y distintas” sobre todo. Y necesitamos tener evidencias físicas que nos ayuden a comprender dicha realidad. Así somos en este siglo de nuestra larga historia humana.

Esta mentalidad moderna, científica, es muy buena porque nos ha ayudado a avanzar humanamente. Un ejemplo sencillo: hoy la gripe es una enfermedad que produce «algunas pocas» muertes al año porque se han conocido sus causas y la manera de tratarla con eficacia. Esto es un avance que es posible gracias a que esta manera de enfrentarnos con la realidad nos ha hecho descubrir los remedios químicos pertinentes.

Pero… en nuestro tema la mentalidad científica se queda corta. ¿Por qué? Pues hay que proponerse un tema (hipótesis) y luego corroborarlo a través de la experimentación sistemática. Esto se puede hacer con todo lo que tenga materia (sea lo que sea la materia). Pero cuando nos referimos a Dios… que no tiene materia porque es Espíritu Puro… no hay experimentación científica posible.

Entonces… ¿nos basamos en ideas arcaicas… en relatos que otros nos contaron… en sentimientos de viejitas pías? No. Por lo menos, yo no. Y la inmensa multitud de los creyentes tampoco.

Habla de Dios quién ha experimentado su presencia. Algo de esto dijimos cuando hablamos de la experiencia religiosa. Y es lo que Tomás dice… con palabras un poco difíciles: conocimiento por con-naturalidad o “cierto conocimiento vivencial” (I,43,5,ad2). Por eso para hablar de Dios primero tenemos que ser creyentes, no en cuanto persona ciega o irracional. Simplemente nosotros “hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él” (1 Jn 4,16). (Para los que quieran saber algo más acerca de lo que es propiamente el acto de fe y los tres aspectos que tiene, aquí explico que significa bien esto).

Con esto simplemente quiero afirmar que todo lo que sigue, si no eres creyente… te parecerá una tontería propia de mentes afiebradas. Así que te aconsejo que no pierdas el tiempo.

Y, si eres creyente… pues simplemente trata de percibirlo desde la experiencia de Dios fundante de tu vida.

Lo que haremos es teología

La vida del creyente tiene una especie de desarrollo “natural”. Primero nos encontramos con Dios y de ese encuentro brota el deseo de cambiar de vida, de vivir de acuerdo con su Palabra. A esto se le llama conversión.

Luego ponemos en práctica lo que hemos percibido acerca de Dios: aprendemos más de su Palabra, la celebramos, la vivimos en lo cotidiano y la oramos.

Entonces llega un momento en el cual queremos conocer más sistemáticamente acerca de lo Revelado por la divinidad. Este momento tiene que ver con la reflexión intelectual. Conocer exactamente la Verdad Divina y descubrir sus nexos internos. A esto le decimos “teología”… palabra que nos puede asustar.

Es bueno que sepamos que hay “teólogos profesionales” (sacerdotes, consagrados o laicos) que dedican su vida a pensar las cosas de Dios. Y escriben libros y artículos con los conocimientos que van adquiriendo. Yo los admiro.

Pero también es “teólogo” quien habla sobre Dios con sus amigos, lee un libro o escucha una charla. Es teólogo cuando, a partir de esto, va profundizando lo que Dios dice. Esto no es tarea de letrados solamente. A mí me impresiona que Santa Catalina de Siena no haya ido a la escuela como nosotros y, por sus escritos espirituales, sea una de las Doctoras de la Iglesia Católica. Simplemente reflexionó sobre sus vivencias y lo compartió con los demás…

Hay otro aspecto muy importante. “Teología” es una palabra griega que literalmente significa “palabras sobre Dios”. Son “palabras” que decimos desde lo que Dios ha querido manifestarnos (Hb 1,1-2). Nacen desde nuestra inteligencia pero no desde el análisis de la realidad, como lo pueden hacer las ciencias humanas, la filosofía, la psicología. Así no toma sus principios de ninguna ciencia humana sino de Dios que, como sabiduría excelente, regula todo nuestro entender.

El teólogo reflexiona a partir de los principios revelados. Como los cree, no necesita probarlos. Lo que hace es justificar porque los cree. Y esto es tanto para esclarecerlos como para defenderlos (1 Pe 3,15).

Todo esto no quiere decir que el teólogo reniega del uso de la razón. Al contrario. Porque la razón forma parte de lo que es propiamente humano. Se hace aquí justicia al proverbio: “la gracia no suprime la naturaleza sino que la perfecciona”.

Es una tarea para sabios

La teología parte de Dios y desde allí  se quiere conocer la realidad. Y en este sentido le llama Tomás “sabiduría”.

La sabiduría es un “conocimiento sabroso” de la realidad que se hace a partir de la mente divina.

“Se llama sabio a aquel que tiene presente la causa más alta de cada cosa concreta.

Por ejemplo, el trabajador que prepara los planos de un edificio es llamado sabio y arquitecto respecto a los trabajadores que labran la madera o pulen la piedra. En este sentido dice 1 Cor 3,10: Como sabio arquitecto puso los cimientos.

Y en la vida humana, el sabio es llamado prudente por orientar el obrar humano a su debido fin. De ahí que diga Prov 10,23: La sabiduría en el hombre es la prudencia.

Así, pues, aquel que tenga como punto de referencia la causa suprema de todo el universo, que es Dios, será llamado sabio en grado sumo; de ahí que la sabiduría sea definida como conocimiento de lo divino, según refiere Agustín.

Lo más genuino de la doctrina sagrada (teología) es referirse a Dios como causa suprema, y no sólo por lo que de Él se puede conocer a través de lo creado (y que en este sentido ya lo conocieron los filósofos, tal como dice Rom 1,19: Lo que puede conocerse de Dios lo tienen a la vista), sino también por lo que sólo Él puede saber de sí mismo y que comunica a los demás por revelación. De donde se deduce que la doctrina sagrada es sabiduría en grado sumo.” (STh I,1,6)

La sabiduría humana se adquiere con el paso de los años. No porque las canas la traigan. Simplemente porque se va teniendo experiencia de vida y se aprende a darle el justo peso a cada actividad humana.

La sabiduría divina, en cambio, viene también de la experiencia… de la experiencia de las cosas de Dios. Por eso puede venir con los años. Pero también puede venir de la intimidad profunda con el Señor… y para esto no hay edad. Me impresiona que Santa Teresita del Niño Jesús sea Doctora de la Iglesia y haya muerto a los 24 años. Sabia no por edad sino por vivencia interior. Y desde esa vivencia interior vivió cada instante (sabiduría) y escribió (teología).

Hablar del Dios Uno y Trino

Por último, en esta pequeña introducción, no podemos dejar de decir que hablaremos de Dios de la manera cómo Él se nos ha revelado: Uno y Trino. Porque esa es la realidad misteriosa del Señor. Y así la rezamos en el Prefacio de la Misa:

“En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.

Que con tu Hijo unigénito y el Espíritu Santo
eres un solo Dios, un solo Señor,
no una sola Persona,
sino tres Personas distintas de una misma naturaleza.

Cuanto creemos de tu gloria, Padre,
porque tú lo revelaste,
lo afirmamos también de tu Hijo
y del Espíritu Santo, sin diferencia alguna.

Por eso, al proclamar nuestra fe
en la verdadera y eterna Divinidad,
adoramos a tres personas distintas,
de única naturaleza e guales en dignidad.”

Sobre todo esto (y mucho más) hablaremos en esta serie de artículos. En este berenjenal nos estamos metiendo. ¡Que Dios nos ayude!

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Sacerdote. Párroco. Viejo bloguero que sigue utilizando las redes para evangelizar. En las buenas y en las malas... ¡hincha de River!