Bienaventurados los misericordiosos

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Jesús nos indica que la medida con que midamos a los demás será la misma que se usará con nosotros (Mt 7,2). A esta enseñanza la repite a lo largo de su Evangelio de muchas maneras y con contenidos distintos, porque siempre es una tentación el que pensemos que nosotros estamos fuera de las generales de la ley. La regla de oro para la vida profundiza este concepto: “todo lo que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo por ellos” (Mt 7,12).

La quinta bienaventuranza se encuentra dentro de ese contexto de vida que nos propone el Maestro: “felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia” (Mt 5,7). Al escucharlo nos preguntamos: ¿qué es la misericordia? ¿porqué es tan importante para nosotros que Jesús la promete como recompensa final en el Reino de los Cielos?

Creo que es bueno para comprender la dimensión maravillosa de la misericordia partir de las invitaciones de Jesús a imitarlo. Fueron tres: ser humildes, mansos (Mt 11,29) y amar hasta dar la vida (Jn 13,34). Si lo imitamos en estas virtudes entonces nos “humanizamos” plenamente ya que Él es el modelo del hombre perfecto.

Jesús, que recomienda ser misericordioso, nos lo pone como algo mucho más elevado a lo cual podemos aspirar. Así dice en el sermón de la llanura: “Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso” (Lc 6,36). Si debemos imitar a Dios Padre, ¿podríamos decir que la misericordia “diviniza” a quien la practica? Si esto es así, es maravilloso.

La Divina Misericordia

En el Antiguo Testamento la idea de misericordia va relacionada con dos palabras. Una de ellas es “rehamim” que hace referencia a las vísceras (o entrañas) y al seno materno. Es un sentimiento que nace desde lo profundo de nuestro ser. Algo de esto solemos expresar nosotros cuando decimos que tenemos un amor “entrañable” o un odio “visceral”. Este tipo de amor de misericordia formula la situación de un sentimiento íntimo que se manifiesta en compasión o perdón. Un ejemplo claro es el salmo 50, en el cual le rogamos ese amor maternal al Señor: “Misericordia, Dios mío, por tu bondad; por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado.”

La otra palabra es “hesed” que, más allá del instinto de bondad de la anterior, le agrega la relación más sólida que existe entre dos seres con el condimento de la fidelidad que brota. Un ejemplo claro es la expresión del profeta Oseas: “Yo te desposaré para siempre, te desposaré en la justicia y el derecho, en el amor y la misericordia.” (2,21)

La misericordia describe así una actitud de Dios frente a la miseria del hombre que lo ha abandonado, traicionado, olvidado. Dios, lleno de misericordia, no responde con la misma manera sino que perdona y busca. “¿Es para mí Efraím un hijo querido o un niño mimado, para que cada vez que hablo de él, todavía lo recuerde vivamente? Por eso mis entrañas se estremecen por él, no puedo menos que compadecerme de él -oráculo del Señor-” (Jr 31,20).

Esta misericordia divina no es signo de debilidad por parte del Padre. Al contrario. Tomás de Aquino dice que Dios es Misericordioso porque es Omnipotente, todo lo puede.

Tampoco la misericordia anula la justicia sino que es su plenitud: si alguien me debe 100 pesos yo se los voy a cobrar (justicia) pero también se los puedo perdonar (misericordia). Esto último es la parábola que nos cuenta Jesús del rey que perdona a un súbdito una gran suma de dinero, nadie lo obligó sino que simplemente lo quiso hacer porque tenía poder para hacerlo (Mt 18,21-35).

La misericordia no se da entre iguales sino que es de un ser “superior” a otro “inferior”, ya sea porque el superior tiene más poder o el inferior tiene algún tipo de deuda con él y no le puede exigir nada.

Jesús, el rostro misericordioso del Padre

Esa búsqueda del Padre, no solo al pueblo de Israel sino a toda la humanidad, adquiere un rostro concreto: el de Jesús. “Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.” (Jn 1,14)
Jesús nos habla de la misericordia del Padre, que nos ama y nos busca. En sus milagros está la ternura del Dios que socorre al que padece la miseria en su carne o en sus relaciones sociales (por ejemplo, la lepra). Pero es, sobre todo, a través de sus enseñanzas que nos introduce en este misterio divino. La más famosa de todas es la del “Padre misericordioso” (Lc 15,11-32) que ama a sus dos hijos: al lejano que lleva una vida disoluta y al cercano lleno de resentimientos.

El gran acto de misericordia del Padre es la entrega del Hijo en la cruz. Entrega que rescata y transforma a la humanidad: “Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, nos hizo renacer, por la resurrección de Jesucristo, a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, incontaminada e imperecedera, que ustedes tienen reservada en el cielo.” (1 Pe 1,3-4)

Imitar a Dios para tener misericordia por nuestros pecados

La bienaventuranza que nos invita a vivenciar Jesús no parte de que tengamos un interés mezquino: hacer algo por la recompensa que recibiré. Jesús no nos invita a tener una actitud legal o moral frente al hermano para ser recompensados luego con la misma moneda. Nos lleva mucho más allá.

Jesús nos invita a tener una profunda actitud espiritual, es decir, que en nuestro comportamiento se manifieste el Espíritu de Dios que nos habita desde el bautismo (1 Cor 3,16). Así quien es misericordioso con el hermano imita a Dios, se “diviniza” con su acción. Quien practica la misericordia alcanza así la perfección divina (Mt 5,48).

Las obras de la misericordia

La misericordia entre los humanos nace de cierta tristeza sobre el mal ajeno, la miseria en la cual se ve sumergido ese prójimo. Pero esa tristeza no queda en el decir “pobrecito”, sino que se transforma en obras concretas que socorren a ese necesitado. La Iglesia, a lo largo de los siglos las ha enseñado como el camino para crecer en la vida en Cristo. El Catecismo de la Iglesia Católica las presenta así:

“Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales (cfr. Is 58,6-7; Hab 13,3).

Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras de misericordia espiritual, como perdonar y sufrir con paciencia.

Las obras de misericordia corporal consisten especialmente en dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos (cfr Mt 25,31-46). Entre estas obras, la limosna hecha a los pobres (cfr. Tob 4,5-11; Sir 17,22) es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios (cfr. Mt 6,2-4).” (CIC 2447)

La Iglesia latinoamericana, desde Aparecida y hoy de la mano de Francisco, está embarcada en una renovación misionera que haga llegar la Palabra de Dios a todos los habitantes de nuestra Patria Grande. Dios sabe como obrar silenciosa y poderosamente en el corazón de cada hombre. De nuestra parte, debemos encontrar los métodos y expresiones nuevas para esa evangelización. Lo que no debemos nunca olvidar es el valor misionero de la misericordia de los cristianos (Mt 5,16) que brota del ardor de vivir el evangelio.

En conclusión, podríamos decir que practicar la misericordia nos “diviniza”, nos facilita la medida con la cual seremos juzgados al final de los tiempos y es ocasión para que el que no cree se acerque al rostro del Dios vivo que se manifiesta en la obras de sus hijos.

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