Un acontecimiento Espiritual

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El libro de los Hechos de los Apóstoles, escrito por Lucas como continuación de su Evangelio, es un precioso testimonio de la acción pastoral de la Iglesia que está naciendo. En estos tiempos de nueva evangelización que debemos encarar en América Latina, sería bueno que nos acerquemos a su lectura para tener los mismos sentimientos de los “cristianos de la primera hora”.

Lo que sigue a continuación, y en próximas entregas, no es la obra de un exégeta o de un teólogo. Simplemente son reflexiones de un sacerdote que tiene actividades pastorales y que ha pensado algunas cosas que quiere compartir con ustedes.

Antes que nada, debemos tener muy presente que la acción pastoral de la Iglesia es

un acontecimiento Espiritual

Así, con mayúscula la palabra Espiritual, porque no hace referencia a nuestro espíritu sino al Espíritu Santo.

Antes de partir, en su última cena, Jesús nos hace una promesa:

“Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no las pueden comprender ahora. Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo. El me glorificará, porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes. Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: “Recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes”. (Jn 16,12-15)

Esta promesa es regalarnos la presencia del Espíritu de la Verdad, el cual completará la Revelación que el Hijo hecho carne, Jesús, realizó en el mundo. Jesús dice que en ese momento no podían comprender plenamente su acción los apóstoles porque todavía no había sido sacrificado el Cordero Pascual. Es en su sangre derramada, junto al agua en la cruz, que comienza una nueva etapa para la humanidad.

Cuando este acontecimiento se realiza, el Resucitado comparte un tiempo con sus discípulos. Antes de partir definitivamente,

“les recomendó que no se alejaran de Jerusalén y esperaran la promesa del Padre: “La promesa, les dijo, que yo les he anunciado. Porque Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo, dentro de pocos días”. (Hch, 1,4-5) “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra” (Hch 1,8).

Frente a estas palabras,

“cuando llegaron a la ciudad, subieron a la sala donde solían reunirse. Eran Pedro, Juan, Santiago, Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé, Mateo, Santiago, hijo de Alfeo, Simón el Zelote y Judas, hijo de Santiago. Todos ellos, íntimamente unidos, se dedicaban a la oración, en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos.” (Hch 1,13-14)

Esta espera orante tiene sus resultados, ya que

“al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban. Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse. Había en Jerusalén judíos piadosos, venidos de todas las naciones del mundo. Al oírse este ruido, se congregó la multitud y se llenó de asombro, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Con gran admiración y estupor decían: “¿Acaso estos hombres que hablan no son todos galileos? ¿Cómo es que cada uno de nosotros los oye en su propia lengua? Partos, medos y elamitas, los que habitamos en la Mesopotamia o en la misma Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia Menor, en Frigia y Panfilia, en Egipto, en la Libia Cirenaica, los peregrinos de Roma, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos los oímos proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios”. Unos a otros se decían con asombro: “¿Qué significa esto?”. Algunos, burlándose, comentaban: “Han tomado demasiado vino”. (Hch 2, 1,13)

Este acontecimiento aniquila los miedos que tenían los apóstoles, encerrados en el cenáculo, les da certezas y da comienzo a la construcción de la comunidad. Es muy significativo que Pedro, el inculto pescador de la Galilea de los gentiles, comienza a dar testimonio de Jesús en público:

“al oír estas cosas, todos se conmovieron profundamente, y dijeron a Pedro y a los otros Apóstoles: “Hermanos, ¿qué debemos hacer?”. Pedro les respondió: “Conviértanse y háganse bautizar en el nombre de Jesucristo para que les sean perdonados los pecados, y así recibirán el don del Espíritu Santo. Porque la promesa ha sido hecha a ustedes y a sus hijos, y a todos aquellos que están lejos: a cuantos el Señor, nuestro Dios, quiera llamar”. Y con muchos otros argumentos les daba testimonio y los exhortaba a que se pusieran a salvo de esta generación perversa. Los que recibieron su palabra se hicieron bautizar; y ese día se unieron a ellos alrededor de tres mil. (Hch 2,37-41)

Es el mismo Espíritu que acompaña, de allí en adelante, los pasos de los apóstoles, como atestigua Lucas:

“la Iglesia, entre tanto, gozaba de paz en toda Judea, Galilea y Samaría. Se iba consolidando, vivía en el temor del Señor y crecía en número, asistida por el Espíritu Santo.” (Hch 9,31) Pedro, si hablaba y actuaba era porque estaba “lleno del Espíritu Santo” (Hch 4,8).

Pero no solamente él. Lo mismo se dice de Felipe, como podemos leer en Hch 8, 26-39.

“El Ángel del Señor dijo a Felipe: “Levántate y ve hacia el sur, por el camino que baja de Jerusalén a Gaza: es un camino desierto”. El se levantó y partió. Un eunuco etíope, ministro del tesoro y alto funcionario de Candace, la reina de Etiopía, había ido en peregrinación a Jerusalén y se volvía, sentado en su carruaje, leyendo al profeta Isaías. El Espíritu Santo dijo a Felipe: “Acércate y camina junto a su carro”. Felipe se acercó y, al oír que leía al profeta Isaías, le preguntó: “¿Comprendes lo que estás leyendo?”. El respondió: “¿Cómo lo puedo entender, si nadie me lo explica?”. Entonces le pidió a Felipe que subiera y se sentara junto a él. El pasaje de la Escritura que estaba leyendo era el siguiente: “Como oveja fue llevado al matadero; y como cordero que no se queja ante el que lo esquila, así él no abrió la boca. En su humillación, le fue negada la justicia. ¿Quién podrá hablar de su descendencia, ya que su vida es arrancada de la tierra?” El etíope preguntó a Felipe: “Dime, por favor, ¿de quién dice esto el Profeta? ¿De sí mismo o de algún otro?”. Entonces Felipe tomó la palabra y, comenzando por este texto de la Escritura, le anunció la Buena Noticia de Jesús. Siguiendo su camino, llegaron a un lugar donde había agua, y el etíope dijo: “Aquí hay agua, ¿qué me impide ser bautizado?”. Y ordenó que detuvieran el carro; ambos descendieron hasta el agua, y Felipe lo bautizó. Cuando salieron del agua, el Espíritu del Señor, arrebató a Felipe, y el etíope no lo vio más, pero seguía gozoso su camino.”

Si seguimos leyendo nos encontraremos con las aventuras apostólicas de Pablo. Estas tienen la misma tónica que las que hemos relatado. Bástenos para muestra Hch 13,4:

Saulo y Bernabé, enviados por el Espíritu Santo, fueron a Seleucia y de allí se embarcaron para Chipre.”

La conciencia de la presencia del Espíritu Santo, acompañando y animando a la Iglesia va acompañada de la certeza que se cumple la promesa de Jesús, por eso cuando tienen que decidir sobre un aspecto muy importante como es el de la circuncisión de los paganos, Pedro no tiene problemas en decir que “el Espíritu Santo, y nosotros mismos, hemos decidido…” (Hch 15,28)

Podríamos extendernos largamente en la citas sobre este tema, pero sería mera redundancia. Solo queremos llegar a esta primera conclusión: no podemos entender la Iglesia de ese momento (ni la Iglesia en cualquier momento) si no es a la luz de esta verdad: la Iglesia es un acontecimiento Espiritual porque en ella está y actúa el Espíritu del Resucitado, el Espíritu de la Verdad, el Espíritu Santo. Esto no es soberbia ni triunfalismo, porque no debemos olvidar el componente humano (nosotros) tan lleno de pecado y tan necesitado de conversión. Pero si nos detenemos demasiado en estas miserias humanas, lo central se nos oscurece.

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