Perseguidos por ser justos

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La octava bienaventuranza que nos presenta el Evangelio de Mateo (5,10) puede llevar a algunos errores si no usamos una correcta traducción del texto griego. He encontrado, por ejemplo, que se la reseña así: “Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos”. Tomada en su literalidad, el “perseguidos por la justicia” nos lleva a dos errores posibles. Errores que, vaya paradoja, son muy comunes en nuestro mundo “católico” de hoy.

A veces, desde una perspectiva mundana, consideramos que es feliz quién es “perseguido por la justicia”. Y así admiramos (secretamente, vergonzosamente, pero… admiración al fin) a quién es un delincuente o un corrupto. Tienen fama y dinero mal habido… y nos parece bien… y son perseguidos por la ley… y deseamos que no los atrapen porque nos caen simpáticos, porque identificamos nuestras aspiraciones con sus “logros”. Claro que no estoy hablando de los ladroncitos del barrio. Me refiero, por citar un ejemplo, a quienes escapan de una cárcel a través de un túnel de más de mil metros. En nuestro inconsciente pensamos que son famosos, y, por eso, felices, y, por eso también, deseamos ser como ellos… “perseguidos por la justicia”. Pero esto no es lo que nos enseñaba Jesús. Para nada.

Hay otra perspectiva, ya desde la “mundanidad espiritual” de la que nos habla Francisco, que también es frecuente en nuestras comunidades. Cuantos católicos “comprometidos” existen que cometen algún delito y son “perseguidos por la justicia”. Cuando esto nos ocurre, a nosotros o a algún conocido, solemos recordar esta bienaventuranza y entonces la citamos para explicar a los demás que la raíz de la persecución hacia nuestra persona nace de las “fuerzas de este mundo que se han desatado contra el Señor y sus ministros”. No tenemos derecho a equivocarnos de esta manera: nos persiguen por nuestros delitos no por ser creyentes. Delitos que se cometen… a pesar de ser creyentes.

Por eso debemos traducir bien este pasaje. Y lo correcto es: “los que son perseguidos por practicar la justicia”. Otras traducciones dicen “por causa de”, lo cual significa lo mismo. Así tenemos dos palabras claves en las cuales nos vamos a detener: persecución y justicia.

El Reino y su justicia (Mt 6,33)

Haremos una breve referencia simplemente para ubicarnos en el mensaje de Jesús. La presentación es muy escueta: trato de ser preciso y conciso… y por eso no puedo dar todos los matices que correspondería hacer. Pero creo que bastará para entendernos.

Podríamos decir, de manera general, que el término “justicia” hace referencia a tres dimensiones distintas entre sí (que no se auto-excluyen sino que se complementan, pero que son distintas y no podemos identificarlas como iguales sin correr el riesgo de empobrecer nuestro lenguaje y no terminar de entender lo que queremos decir propiamente). Estas tres “dimensiones” están contempladas en el diccionario de la Real Academia Española, así que para ilustrarnos vamos a tomar desde allí su significado.

La primera acepción de la palabra hace referencia a una característica de mis comportamientos “personales”. Es lo que en moral decimos “virtudes”. Así la justicia es “una de las cuatro virtudes cardinales, que inclina a dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece” (RAE). La podríamos caracterizar como esa capacidad del ser humano en su obrar que nos lleva a dar a tener presente al otro en sus derechos como humano.

El segundo sentido con el cual usamos el vocablo hace referencia a mis comportamientos “sociales”, por así decirlo de manera muy imprecisa. Es la justicia de tipo “legal” que me lleva a vivir en la sociedad de acuerdo a las leyes que esta ha creado para organizar la vida de la comunidad. “Aquello que debe hacerse según derecho o razón. Pena o castigo público. Poder judicial. (RAE)”. Este sentido es que más nos viene a la cabeza de manera espontánea cuando usamos esta palabra.

Para nosotros el tercer sentido es el más importante, y es la base de los dos anteriores. Aquí se hace referencia a mis comportamientos “religiosos”. De manera muy limitada nos lo explica el diccionario: “Atributo de Dios por el cual ordena todas las cosas en número, peso o medida. Ordinariamente se entiende por la divina disposición con que castiga o premia, según merece cada uno. (RAE)”. Conviene ahora preguntarle algo más a la teología sobre este aspecto, para que nos quede un poco más en claro.

En la Biblia esta palabra justicia es usada de diversas maneras, con distintos acentos: esto de acuerdo a la época de la redacción del texto y del autor del mismo. Mateo, que es el autor de la perícopa que estamos meditando, la usa de manera muy particular y concreta en su Evangelio. Cuando habla de justicia hace referencia a vivir en fidelidad con la Palabra de Dios. En palabras de Jesús, es hacer la voluntad del Padre (Mt 7,21). Esto es lo mismo que se expresa, en otros libros bíblicos, con la palabra “fe”. Por lo tanto, la justicia es la entrada al Reino (reinado) de Dios, la comunión con su voluntad, la tensión de una vida que quiere estar en todo instante, en lo cotidiano, en consonancia con Aquel que le da sentido a toda existencia humana.

Perseguidos por practicar

La cuarta bienaventuranza (Mt 5,6) habla del deseo de alcanzar justicia. Es el corazón que vive la esperanza de alcanzar una meta. En la octava, la meta está alcanzada y se pone el ojo en las consecuencias que traerá para la vida del que la practica. Una consecuencia con sabor de eternidad: “de ellos es el Reino de los Cielos”. Pero también hay otra consecuencia, digamos, temporal: ser “perseguido a causa de”. Es la paradoja que acarrea el seguimiento como discípulo del Maestro.

Cuando Jesús envía a sus doce apóstoles a la misión, lo hace dándoles una certeza y con una advertencia. La certeza de que no están ni hacen las cosas solos: viven en la presencia del Señor en la medida de la fidelidad de sus propios actos. Y con la advertencia de que serán perseguidos por hacer lo que hacen: predicar la Palabra de Dios y vivirla (Mt 10,23). Varios años después Pablo, el llamado a la última hora a ser apóstol, da su propio y desgarrador testimonio de sus padecimientos por la Buena Noticia. Recordémoslo:

“Cinco veces recibí de los judíos cuarenta azotes menos uno. Tres veces fui azotado con varas; una vez apedreado; tres veces naufragué; un día y una noche pasé en el abismo.” (2 Cor 11,24-25)

La comunidad a la cual estaba dirigido el Evangelio de Mateo, sus primeros lectores, en verdad pudieron experimentar el carácter verdaderamente profético de la sentencia que propone esta bienaventuranza. Era una comunidad que ya estaba viviendo en carne propia la persecución, no solo de la sinagoga sino también del imperio romano.

La persecución de la que habla el Evangelio brota del testimonio (en griego se dice mártir) de la fe en lo cotidiano, de la coherencia de vida con el Evangelio y sus implicaciones prácticas cotidianas (tanto en lo personal, como en lo social y lo religioso). Hoy, como siempre, hay testimonios que se sellan con la sangre. Pero está el testimonio (martirio) silencioso que se padece desde la burla a quién vive su fe (son “fanáticos religiosos” nos dicen). El “martirio” es la consecuencia visible de vivir la fe. La consecuencia invisible, la más real y plena, la que nos da sabor de eternidad es… ya poseer el Reino de los Cielos.

2 Comentarios

  1. PADRE ,SIGO LA LECTURA DE LO QUE RECIBO,ME AGRADA,.PERO SOBRE TODO ME HACE MUY BIEN ESPIRITUALMENTE,TAMBIEN CONOZCO INFORMACIONES Y,O LECTURAS QUE NO CONOCIA.POR TODO LE AGRADEZCO Y PIDO A JESUS Y MARIA LO ACOMPAÑEN SIEMPRE. LO BENDIGO Y DESEO QUE UD. TAMBIEN ME BENDIGA A MI.SUSANA DALONE.

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