Los dueños de la Iglesia

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Una especie de humanos pequeña pero molesta. No piense que voy a hablar de los Obispos y el Papa. Tampoco de nosotros los curas. Claro que lo que voy a decir nos cabe también a todos nosotros.

Para entrar en clima, si no fueron a la Misa este fin de semana, léanse esta parábola de Jesús: Mt 21,33-46. Se la suele titular de varias maneras. Yo lo haría de esta manera: “parábola que trata acerca de quienes se creen los dueños de la Viña y actúan en consecuencia”.

Dicho relato toca tres cuestiones que son muy importantes. La primera, referida a la misma viña. Ella no es el pueblo de Israel o la Iglesia. La Viña es simple y llanamente Dios mismo que ha descendido y quiere alentar nuestra vida humana con su presencia providente. A eso Jesús también le dice Reino de Dios (o, más precisamente según algunos teólogos, reinado de Dios). Es de propiedad pura y exclusiva de su dueño: la viña DEL SEÑOR; el reino DE DIOS.

Nosotros somos invitados, en primer lugar, a formar parte. Y lo hacemos injertándonos en ella. Jesús lo enseña muy claro en Jn 15: yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que está unido a mí produce muchos frutos, porque separados de mi no pueden hacer nada. El primer fruto es la santidad de vida, que no es ni más ni menos que participar de la naturaleza divina (2 Pe 1,4). De allí se derivan todos los frutos concretos que son nuestras buenas obras.

A todos los bautizados el Señor nos invita a trabajar en su viña, de una u otra manera. A través del testimonio de vida en el ambiente en el cual me manejo. A través del anuncio concreto del mensaje cristiano a quienes me rodean. A través de las actividades que mi estado de vida me pide. Para los laicos (lo de los curas y monjas es más claro de percibir) es siempre válido lo del Vaticano II:

“A los laicos pertenece por propia vocación buscar el reino de Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales. Viven en el siglo, es decir, en todas y cada una de las actividades y profesiones, así como en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios a cumplir su propio cometido, guiándose por el espíritu evangélico, de modo que, igual que la levadura, contribuyan desde dentro a la santificación del mundo y de este modo descubran a Cristo a los demás, brillando, ante todo, con el testimonio de su vida, con su fe, su esperanza y caridad. A ellos, muy en especial, corresponde iluminar y organizar todos los asuntos temporales a los que están estrechamente vinculados, de tal manera, que se realicen continuamente según el espíritu de Jesucristo y se desarrollen y sean para la gloria del Creador y Redentor.” (LG 32).

Trabajar en la Viña del Señor también significa construir la iglesia como comunidad. Y es en este contexto cuando la parábola de los trabajadores cobra toda su cruda realidad. Es que muchas veces nos creemos dueños de la viña del Señor. Y hay varias maneras de hacernos los dueños.

La primera es el de la propiedad territorial. En esto sobresalimos los curas y los obispos. Nos creemos los dueños de este territorio concreto y ¡guay con quién ose ponerlo en duda! Pero no se crean que aquí se agote este tipo de reclamo de propiedad. Los laicos también usan y abusan de este tipo de “adueñamiento”. Carlos Seoane, con mucho humor, lo plasmó en una de sus canciones: “en el nombre de Tito”. Esta es su letra: (no la encontré en Youtube, una lástima)

Érase una vez un hombre que todos llamaban Tito,
nombre sobre todo nombre en aquel santo recinto
él tenía todas las llaves, y que nadie tenga duda…
cuando alguien hacia una copia, cambiaba la cerradura.

Un día tuvo un gran disgusto por la cuestión del florero,
que él había colocado con paciencia y gran esmero
nunca falta el comedido que lo cambia de lugar…
la presión le subió a treinta y lo quiso excomulgar.

Tito abre, Tito cierra, Tito ordena, Tito entierra, 
Tito no quiere cambiar, no entra y no deja entrar. 

Reunió a los grupos parroquiales y los retó a los gritos,
pues ninguno en sus reuniones invocaba el nombre de Tito,
juró que desde ese día el nombre les cambiaría…
y llamó legión de Tito, a la legión de María

Pintó la parroquia de celesTITO, con guardas amarillas paTITO
sacó las estatuas de todos los santos y en su lugar puso sanTITOS,
consiguió que el sacerdote comenzara el santo rito
diciendo: “En nombre del Padre, del Hijo, y también de Tito”

Tito abre…

¿Exageración poética? Si. Pero seguro que nos hizo acordar a más de un don o una doña de nuestras comunidades… y no precisamente el cura… ¿no?

Hay también otro tipo de adueñamiento, quizás mucho más “jodido” que el anterior. Me refiero a quienes creen que tienen la “propiedad intelectual” de la Iglesia. Y no me refiero a la enseñanza magisterial del Papa o los Obispos (cuando quieren enseñar de esa manera). Me refiero a quienes se manejan en una zona de blanco o negro y, con sus propias y personales medidas, nos ubican de uno u otro lado. Que vos sos de izquierda o de derecha. Que vos sos conservador o tradicional o progresista o renovado. Que vos sos hereje… Y sigan buscando ustedes los adjetivos mágicos con los cuales se rotula.

Detrás de esto se ignora que la Iglesia es compleja y que los distintos matices no significan necesariamente estar contra el Credo o los sacramentos. Se creen dueños de la verdad revelada y te condenan si no estás de acuerdo… con sus propias y limitadas OPINIONES (si, opiniones… ni siquiera certezas).

Creo que el Evangelio de los viñadores homicidas nos hace pensar a todos: ¿seré yo un apropiador territorial? ¿seré yo un apropiador intelectual? ¿será que me pongo como el dueño de la Viña y me olvido que soy un simple trabajador?

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