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Comunidad La fe de Pedro es el fundamento de la Iglesia

La fe de Pedro es el fundamento de la Iglesia

Hace un tiempo, comentando una la JMJ Madrid 2011, Eberhard von Gemmingen decía:

“Los representantes del cristianismo en mi opinión, deben esforzarse siempre por hablar de los valores del Evangelio -que es de lo que realmente se trata- y no las reivindicaciones de las iglesias. No se trata del rol o papel, del derecho, del poder de las iglesias. Nuestro verdadero tema son los valores bíblicos y evangélicos. Son estos los que hay que fomentar. Esta es la tarea de todos los cristianos y de las iglesias.”

Muy atinado y en estricta relación con las palabras fundacionales de la Iglesia de Jesús. Allí Jesús hace un sondeo de opinión (se diría focus group en términos técnicos actuales) sobre que opina la gente sobre quién es el Hijo del Hombre. Luego de eso les personaliza la pregunta. Así lo cuenta Mateo (16,15-19):

"Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?"
Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo".
Y Jesús le dijo: "Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo".

Aquí ocurren tres cosas.

Docilidad al Espíritu

La primera, Jesús proclama feliz a Pedro porque ha sido dócil a la acción del Padre en su corazón. En palabras más precisas teológicamente, diríamos que ha discernido la moción del Espíritu Santo y ha actuado en fidelidad a ella (explicar esto daría tema para una o más entradas, un maestro de esto fue Ignacio de Loyola).

La acción de Pedro no es nada sencilla. Y menos hoy que tantas voces amplificadas truenan queriendo taparla. Con estas tantas voces resonando, podemos caer en la duda de si en verdad estamos siguiendo al Dios que nos habla o son nuestros “traumas interiores”; o las “alienaciones producto de la acción de las superestructuras sobre el individuo”…

La docilidad al Espíritu es una característica constante del discípulo: lo escuchamos a El y no a nuestros sentimientos u opiniones.

La Comunidad... de Jesús

Lo segundo es, como ya dijéramos, la actitud fundacional de una “comunidad organizada” que Jesús ha querido que lo continuara en la historia: “sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”.

La Comunidad del Resucitado es eminentemente espiritual porque se engendra en el preciso momento en el cual el Espíritu Santo desciende sobre ella. Si leemos con atención los Hechos de los Apóstoles veremos que esa era una conciencia cotidiana de la catolicidad en sus primeros pasos. Y ahora debe ser lo mismo.

En otras palabras: la Iglesia es carismática o no es (carismática no tiene que ver con Renovación Carismática sino con dejarse guiar por la acción del Santo Espíritu). Pero esta dimensión espiritual no se contrapone, ya desde la intención fundacional de Jesús, a las estructuras visibles. Así también podemos decir que la Iglesia es apostólica o no es.

El Catecismo lo resume muy bien, léanlo aquí. Cuando algunos teólogos contemporáneos han querido contraponer el carisma y el poder (institución) en la Iglesia lo único que han hecho es atentar contra su verdadera identidad.

Construida sobre la fe de Pedro

El tercer aspecto me parece muy importante para comprender el porqué de las críticas que recibe el sucesor de Pedro hoy (y siempre...).

Cuando Jesús lo pone a Simón como Pedro no es por sus características personales. Es más, creo que no podía encontrar otro menos apto para el “cargo”. No estaría de más que recordáramos las “metidas de pata” que este apóstol se mandaba dos por tres en vida de Jesús. Y luego de Pentecostés, también fue retado por Pablo.

Si Jesús lo pone como piedra fundamental es por la proclamación de su fe. La fe es obra de Dios en nosotros. La fe es respuesta del hombre a la acción de Dios. El catecismo la presenta como el punto de encuentro entre la revelación de Dios y la búsqueda del hombre. En este sentido es también un acto humano que tiene sus méritos. Pero no es en respuesta a los méritos del creyente Simón que Jesús lo transforma en basamento de la construcción de su comunidad.

Jesús alaba la docilidad de Simón para proclamar el contenido de la Revelación: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo". No es la obra personal de creer lo que lo transforma en Pedro sino el acto de proclamar, sin subjetivismos, la verdad de Jesús, la verdad de Dios. Y esto es tan así que, en la última cena, luego de anunciarle que lo negará, Jesús le dice: “Y tú, después que hayas vuelto, confirma a tus hermanos” (Lc 22,32).

Simón así es el creyente que tiene que confirmar en la fe a sus hermanos. Sólo de esa manera es Pedro. Lo suyo no será convalidar una estructura de poder sino simplemente proclamar que Dios es Dios y el hombre es hombre. Pero podemos ser hijos de Dios si aceptamos ese don de lo alto. La Iglesia, en Pedro, es un sí a las promesas de Dios; es hacer carne en lo cotidiano lo que la palabra promete y realiza; es la buena noticia de que nuestra existencia se plenifica en la libertad y en el amor y tiene un horizonte y una dimensión eterna.

Volviendo al "comienzo"

Volviendo a la cita del comienzo, es tarea del sucesor de Pedro seguir proclamando el centro de nuestra fe: la divinidad del Hijo de Dios que nos diviniza con la acción de su gracia.

Todos nosotros como Iglesia deberíamos poner más nuestro esfuerzo en anunciar y vivir el mensaje de Jesús que en las estériles discusiones en las cuales buscamos “defender la fe”. Es que Pedro, el de ayer y el de hoy, nos recuerda que la fe no se defiende, se proclama, se testimonia, se comparte. Pero la fe plena y sin achiques frente a la contaminación que “el mundo” le puede provocar.

Sólo de esa manera se cumple la promesa: “el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella”.

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