El “pueblo” como marco de referencia de la acción eclesial

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La Declaración de San Miguel, dada a conocer por los obispos argentinos en 1969, en su apartado sobre “Pastoral popular” dice:

 “… La iglesia ha de discernir acerca de su acción liberadora o salvífica desde la perspectiva del Pueblo y sus intereses, pues por ser este sujeto y agente de la historia humana, “que está vinculada íntimamente a la Historia de la Salvación”, los signos de los tiempos se hacen presentes y descifrables en los acontecimientos propios de ese mismo Pueblo o que a él afectan.

La acción de la Iglesia no debe ser solamente orientada hacia el Pueblo, sino también, y principalmente desde el Pueblo mismo” (4-5)

Desde entonces se realizó una reflexión profunda sobre qué se esconde bajo el “concepto” de pueblo. Algunas veces, dichas reflexiones no tuvieron en cuenta lo que decía, renglones después, la misma declaración:

“Esto supone… no transferirle problemáticas, actitudes, normas o valores que le son ajenos y extraños, especialmente cuando ellos le quiten o debiliten sus razones de vivir y razones de esperar” (5).

El aporte de Lucio Gera fue muy profundo al respecto. El dice (en “Pueblo, religión del pueblo e Iglesia”):

 “Pueblo-nación es una comunidad de hombres reunidos en base a la participación de una misma cultura y que, históricamente, concretan su cultura en una determinada voluntad o decisión política. A la cultura, tal como la entendemos aquí, es inherente un momento político. Pueblo-nación es, a nuestro parecer, un concepto substancialmente cultural-político.

El momento político está constituido por la voluntad, común a muchos, de estar unidos para la realización de un mismo bien común, en una totalidad capaz de autodeterminarse y autoorganizarse; voluntad que surge del subsuelo de una común cultura y de condicionamientos históricos que han contribuido a unir al grupo brindándole la posibilidad de una decisión de solidaridad política.

Por “cultura” entendemos básicamente el “ethos cultural“, esto es, el modo como un grupo humano tiene organizada su propia conciencia y jerarquía de valores, y, por consiguiente, de aspiraciones.

Es inherente al “ethos cultural” la dimensión política, vale decir, la tendencia del hombre a vivir políticamente, conviviendo con otros en una sociedad capaz de autosustentarse, en un pueblo. Tendencia que ha de concretarse históricamente. Es obvio que, quienes se sienten culturalmente afines se asuman recíprocamente bajo la voluntad común de ser un mismo pueblo.

Lo cual, sin embargo, no depende solo de la afinidad cultural básica, sino además de las condiciones objetivas que presenta la historia; condiciones que pueden brindar posibilidades y limitaciones, a la vez, en orden a que todos los que participan de un mismo “ethos cultural” configuren un sólo pueblo o varios pueblos. Hombres de una cultura afín pueden constituir diversos pueblos; y un mismo pueblo puede asimilar gente originariamente de diversa cultura, absorbiéndola en su propio ser cultural.”

Y una advertencia, que fue profundizada por otros autores, y tiene vigencia para entender la realidad popular-cultural de hoy:

 “Tal como se viene dando el proceso cultural del continente, vistas sus coordinadas y fuerzas históricas, pienso que hay una dominante cultural que otorga a América Latina una unidad y tiplea caracterización que, en el futuro, tenderá a reforzarse.

Prosiguiendo en la línea de la tesis a que me inclino, podríamos llamar a esa cultura de tendencia dominante y unificadora, la cultura popular latinoamericana, o bien, la cultura de los pueblos de América Latina. Establecido así el lenguaje, añado esta otra afirmación: a esta cultura de los pueblos de América Latina se le opone y amenaza, a partir de los Borbones y de cierta ideología que acompaña al período de la independencia y posterior organización, otro tipo de cultura que tiene su origen en la Ilustración (fundamentalmente, en su corriente anglosajona) y que podemos llamar “cultura ilustrada“. … En todo caso, me parece que ésta es la principal contradicción y amenaza que vive América Latina, la que opone a su propia cultura la cultura ilustrada, y no otras contradicciones, que me parecen más derivadas (p. ej. blanco-indígena).

Para aludir a nuestro tema específico, añadamos que es en el seno de la cultura ilustrada donde nace la Inspiración secularista y, por lo tanto, la tentativa de arrasamiento de la religiosidad popular.”

Así la acción eclesial ha de tener como horizonte aquella frase que fue tan mal entendida: “Cuando la Iglesia se hace pueblo”. Es decir, la catolicidad se debe encarnar en una cultura concreta para animar la existencia cotidiana de quienes están inmersos en ella.

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