Pbro. Gustavo Horisberger
(Párroco de San Miguel Arcángel – Paraná)

Como en Pascua y Pentecostés, la fiesta de Corpus se vio atravesada por la cuarentena, decretada con ocasión de la Pandemia. Recuerdo, también, que el año pasado (aunque la situación fue distinta), dos momentos importantes para los cristianos de Paraná, el Domingo de Ramos y Pentecostés, estuvieron marcados por las elecciones (las primarias y las definitivas). Es verdad que esto pasó desapercibido. No obstante, esto podría llevar a algunos a preguntarse si se trata de meros errores humanos, a lo que otros podrían responder que, en realidad, lo ocurrido no afectaría decididamente a la fe de las personas.

Siguiendo este razonamiento, podemos aceptar, efectivamente, que cierto tipo de medidas o situaciones no afecta a las personas que viven su fe, no cambia sus vidas; sin lugar a dudas es así, pero no es algo que no deba ser sometido a consideración, como “si no pasara nada”.

La libertad religiosa

Este estado de cosas constituye un hecho que permite entrever qué piensan nuestras autoridades, ya que parecería, a grandes rasgos, que no tienen en cuenta que muchos ciudadanos (que votan, que pagan sus impuestos, que se ocupan de obras de caridad en lugares en los que el Estado no alcanza a llegar, que respetan las leyes emanadas por las autoridades), tienen fe, y vivirla es un derecho tanto como el poder expresarla libremente, ¿o acaso ya no gozamos de libertad religiosa?

Los hermanos judíos pueden vivir y expresar sus creencias con libertad, evangélicos y protestantes también, y en la provincia de Entre Ríos lo vivimos con normalidad porque somos no solo “un crisol de razas”[1] sino también un lugar donde se ha crecido, a lo largo del tiempo, en el diálogo y la comunión. Todos viven su fe, no como un suplemento, sino como parte integral de su vida.

No quiero desviarme de lo que me mueve a realizar este escrito. Lo expresado hasta aquí tiene por meta graficar cómo en nuestro País, en nuestro Estado -en el cual la constitución invoca a Dios como fuente de razón y justicia-, se experimenta, de hecho, una ausencia significativa de Dios. Este tipo de cosas –aparentemente insignificantes que parecerían una zoncera-, es el caldo de cultivo para una especie de anarquismo, fomentado consciente o inconscientemente por nuestras propias autoridades.

Coupus distinto

La experiencia de un Corpus distinto

Transitábamos el día ochenta y cinco de la cuarentena. De distintos modos, estábamos viviendo un tiempo de cuidados que, suponíamos, iba a ir de mayores a menores restricciones. De cualquier manera, el virus nos exigía un cuidado tanto personal como social, marcado visiblemente por el barbijo, los productos sanitizantes cualquiera de sus especies y derivados, y el famoso (y no bien querido por nuestra cultura latina) D.S.O (Distanciamiento Social Obligatorio).

No obstante, el día de Corpus, un poco fresco, se prestaba para que el Señor manifestara su Presencia y su Amor, y así renovar la fe de sus hijos. Sabíamos que necesitábamos regresar a nuestras casas con la fuerza espiritual para continuar con un encierro no del todo asumido, más bien rechazado, pero sí cumplido como buenos ciudadanos.

El recorrido fue corto, no hubo incienso ni palia, tampoco adornos ni procesión. ¿Cómo? ¡Sí! Los fieles debían estar dentro de la plaza y solo recorrerían con sus ojos el trayecto del Señor y contemplarían con su corazón a Jesús, que como en aquel Jericó del Antiguo Testamento, nos ayudaría a derribar tantos muros que todavía existen en nosotros y conquistar con la libertad una vida más coherente, más fraterna, más entregada.

Se realizó el camino programado, todo fue sencillo y casi en silencio. Había en la plaza unas doscientas personas aproximadamente; sabían que después de ese breve camino iban a poder recibir la comunión. Se respiraba una alegría serena, sin ruidos, pero con brillo en los ojos que trasuntaba una profunda paz.

La procesión, casi insignificante por su recorrido, terminaría en el templo. El espacio estaba dispuesto de tal manera que se cumpliera con los criterios de prevención: fue inspirado, pensado y ejecutado utilizando distintos protocolos, el de los bancos, comercios, supermercados y ciertas oficinas públicas. Así podríamos evitar no solo la posibilidad de un contagio, sino también la del escándalo por no tomar los recaudos suficientes. En cuanto a esto, debo reconocer y felicitar a la feligresía, que se comportó correctamente cumpliendo, escrupulosamente, las medidas.

Como se había anunciado, se realizó la distribución de la comunión para lo cual, asumimos un modo que, podríamos decir, ayudaba a disminuir el riesgo potencial de transmisión del virus: se dio la comunión en la mano.

Un hecho amargo

Lo que se diagramó conjuntamente con los organizadores, se llevó a cabo casi como el engranaje de un reloj suizo. Pero hubo un hecho, que dejó un sabor con dejo amargo.

 Esta iba a ser una manifestación de fe, simple, sin ruidos; nada tenía que ver con un “reclamo”. Y en todo caso iba a ser un grito silencioso, como el de Dios, en el silencio del Getsemaní donde, insonoro para la muchedumbre, nos entregó su mayor Palabra.

En otras palabras, el signo del Santísimo recorriendo la plaza y la fe del Pueblo de Dios debía ser lo más elocuente: hablaba por sí mismo. Además, existen dos cosas que ninguna barrera, por más fuerte que sea, pueden detener: la Fe y el Amor.

Eucaristia 1

La conciencia y el capricho

La cuestión que provocó esa sensación fue una situación incómoda vivida a raíz de unos fieles que -creo yo sin mala intención- reclamaron la comunión en la boca después de haber terminado con el rito. Se había dejado el Santísimo expuesto para la adoración.

 El argumento manifestado por estos fieles era que la CEA y el Protocolo[2] de la diócesis solo habían “recomendado” recibir la comunión en la mano, por lo tanto, hacían uso de esa sugerencia.  Sin embargo, esto no parecía oportuno porque se había aclarado previamente cómo se iba a realizar. En este sentido, se les explicó nuevamente la razón de la decisión de recibir exclusivamente la comunión en la mano y se retiraron.

La respuesta de un pastor

Como pastor, me hago cargo de la decisión tomada, existiendo razones suficientes, temporales y circunstanciales, que ameritan que sea de esta forma y no de otra. Como ya dije, soy pastor, no soy científico ni manejo la totalidad de los datos, pero considero que era prudente la realización de una acción con ciertos recaudos. No pienso que esta forma sea única, definitiva y excluyente, de ahora en adelante.

Tampoco puedo asegurar ninguna de las miles de hipótesis que están dando vuelta; solo puedo velar por el bien espiritual y corporal de las personas. Es necesario aclarar que no se trata de un acto de imposición sino de prevención.

El planteo de la conciencia

Posteriormente, y no siendo suficiente, otra persona se acercó y me preguntó si tenía “consciencia de que estaba obligando a los fieles a comulgar en la mano”[3]. Deseo remarcar que mi inconsciencia es, entonces, el motivo que me lleva a poner por escrito lo que pienso acerca de esta situación.

Cuentan que el cardenal Newman, en una discusión con sus hermanos anglicanos afirmó que “si después de una comida se viera obligado a hacer un brindis no tendría ningún inconveniente en beber a la salud del Papa pero, entiéndanlo bien, levantaría la primera copa por la conciencia y la segunda por el Papa”[4].

De alguna manera, respondía con ello el purpurado inglés a esa opinión tan difundida a la que algunos, de cara a algunas posiciones o estilos eclesiales, rinden culto con obediencia, aunque no a la conciencia, llegando a hacer exclusivamente lo que algunos curas u obispos les dicen, pero desoyendo la voz interior de su alma.

Creo que es importante reivindicar los derechos de la conciencia y su papel indiscutible: papel en el hombre y en el creyente. El escritor Lin Yutang[5] escribía que “el sentido de la misericordia, el sentimiento de la dignidad, de la cortesía, de lo justo y de lo injusto, está en la conciencia de todos los hombres”. Y entre los paganos, Juan Espinosa Menandro[6] recordaba que “la conciencia es la voz de Dios”. Pero esta importancia no ha declinado en el mundo de la fe cristiana, que siempre ha sostenido que nunca estará permitido obrar contra nuestra conciencia, y que en el mismo Concilio de Letrán formuló: “conscientiae tuae quid facies contra te ad inferos” (Lo que se hace contra la conciencia, te prepara para el infierno).

Unas aclaraciones

Es oportuno hacer algunas aclaraciones. El propio Newman, después de tal afirmación puntualizaba, “por miedo a que mi pensamiento sea mal interpretado”, “cuando hablo de la conciencia, me refiero a la que realmente merece ser llamada así”. Términos tales como éste son estirados y alargados como chicle, al gusto del consumidor. Escuchamos con frecuencia a quienes dicen: “Ah, yo obro según mi conciencia”, y lo que quieren decir es que actúan según su conveniencia, su capricho, sus categorías y sus visiones personales y tal vez egoístas del asunto.

Hay quienes llaman conciencia al deseo de ser lógicos consigo mismos, quienes la confunden con la tozudez o la terquedad. O con el afán de salirse siempre con la suya. También están aquellos otros que asumieron un modo de pensamiento e identifican su causa con la de la Iglesia, tratando de universalizar sus posturas a modo de imposición, y justificándolo a decir que obran a conciencia.

De todas estas conciencias habría que decir lo que escribía Dostoiewsky: “La conciencia sin Dios es un error que puede extraviarse hasta convertirse en un pozo de crímenes”. Efectivamente, no faltan criminales o delincuentes que depositan toda su responsabilidad en que a eso “se lo pedía su conciencia”.

Para entender de qué conciencia hablamos, apelo de nuevo a Newman:

“La conciencia es el vicario natural de Cristo; poeta por sus instrucciones, monarca por su absolutismo, sacerdote por sus bendiciones y sus anatemas, e incluso si el sacerdocio eterno pudiera dejar de existir en la Iglesia, este principio sacerdotal de la conciencia permanecería y ejercería su soberanía. ¿Pero qué queda actualmente de la noción de conciencia en el espíritu del Pueblo? Ni en él, ni en el mundo intelectual la palabra conciencia ha guardado su antigua significación, verdadera y católica. Hoy esta palabra se usa con frecuencia, pero ya no evoca en absoluto la idea y la presencia de un Maestro del mundo moral. Cuando los hombres invocan los derechos de la conciencia, no quieren en modo hablar de los derechos del Creador ni de los deberes de sus criaturas en sus pensamientos y en sus acciones, sino del derecho a pensar, hablar, escribir y obrar según su opinión o su humor, sin preocuparse lo más mínimo de Dios. Es el derecho de la propia voluntad”[7].

Me parece extraordinariamente importante reflexionar sobre algo que tanto se usa, y que tanto se tergiversa.

Qué es seguir la conciencia

Y es que seguir la conciencia no es seguir lo que me parece por encima de toda norma y de todo valor. La conciencia no es otra cosa que la voz de Dios que habla desde dentro de nosotros y nos empuja a ser fieles a la sustancia de nuestra alma y a la dirección de nuestra vida.

Por eso, la conciencia es casi siempre una voz a contrapelo y una voz que empuja hacia arriba. Cuando los dictámenes de mi conciencia me dan la razón en lo que a mí me agrada, tengo altos motivos para pensar que no es mi conciencia sino mi conveniencia la que habla.

La conciencia, en noventa y nueve de cada cien casos, es incómoda para el que la escucha, porque habla mucho más de deberes que de derechos; porque nos exige y no nos acaricia; porque nos recuerda constantemente que debemos caminar y no sentarnos; es el vigía molesto que cada día espera más de nosotros, a la manera de un Pepe Grillo de la actualidad.

La conciencia es otro hombre que hay dentro de mí. Es testigo, fiscal y juez y no un adulador complaciente. Es nuestro aguijón, gracias al cual logramos no dormirnos. Si asumimos para nuestra vida esta consciencia bien vale la pena levantar por ella nuestra primera copa.

Eucaristia 2

La Iglesia nos enseña

Quienes somos parte de la Iglesia sabemos que, además de tener este gran regalo que el Creador puso en cada creatura, tenemos el maravilloso don de la Gracia que siempre ilumina y perfecciona lo que viene del Creador mismo.

La apertura a la gracia nos permitiría tener una conciencia siempre influenciada por una presencia mayor, de tal modo que obraríamos mejor aún de lo esperado. Pero siempre estaremos expuestos a tentaciones, aun en este ámbito tan propio, tan interior, tan profundo.

Citando a un “cardenal” famoso

Otro Cardenal, en uno de sus libros sobre la Iglesia escribía acerca de “¡Cuántas tentaciones nos asaltan respecto de esta Madre, a la que solo deberíamos amar!”

Tranquilamente, podríamos decir lo mismo sobre la conciencia, aunque lo interesante viene en las palabras que continúan en ese mismo escrito:

“Siempre habrá hombres que identifiquen tan perfectamente su causa con la de la Iglesia, que lleguen a reducir de buena fe la causa de la Iglesia a la suya. No imaginan que, para ser servidores verdaderamente fieles, tendrían que modificar en ellos muchas cosas. Queriendo servir a la Iglesia, la ponen a su servicio. “Tránsito dialéctico”, cambio del pro al contra, tan fácil como desapercibido. La Iglesia, para ellos, es de hecho un cierto orden de cosas, que les es familiar, del que viven. Es un cierto estado de civilización, es un cierto número de principios, un cierto número de valores que su influencia ha cristianizado más o menos, pero no dejan de ser, en gran parte, humanos. Todo lo que trastorna este orden o compromete este equilibrio, todo lo que les inquieta o solamente les extraña les parece un atentado contra la institución divina.”[8]

Y continúa un poco más adelante,

“Quizás estamos nosotros más seguros y somos más rigurosos en nuestros juicios porque defendemos una causa más compleja. Puede ser que olvidemos algunas veces de hecho, aunque en principio lo sepamos bien, que la intransigencia de la fe no es la rigidez apasionada en el deseo de imponer nuestras ideas o nuestros gustos  personales; que las resistencias a ultranza lo que hacen es traicionar la flexible firmeza de la verdad, más que protegerla; que un cristianismo que se sitúa deliberadamente a la defensiva, renunciando a toda apertura y asimilación, no sería ya cristianismo, que la unión sincera a la Iglesia no puede servir para canonizar nuestros prejuicios”[9].

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Unas palabras finales

La razón del escrito no ha sido hacerme eco de la situación que se ha generado en este tiempo en alguna Diócesis de la Argentina; no es en apoyo de unos y en detrimento de otros, ni busca polemizar con colegas que no piensan de la misma manera y que tienen una valiosa creatividad y una profunda espiritualidad.

Esto ha querido ser una reflexión a partir de un hecho personal que he experimentado y que me ha impulsado a buscar una respuesta sin ningún espíritu reaccionario. La razón de peso ha sido exponer un argumento inspirado en el deseo de iluminar sobre algunos temas que están presentes en mi vida, en nuestra vida, en nuestra Iglesia.

Asumo una actitud para mi actividad pastoral inspirada en la enseñanza del entonces Cardenal Joseph Ratzinger, cuando desarrolla los temas abordados en este escrito. Al referirse a la comunión dice: “de rodillas o de pie, en la mano o en la boca… ambas actitudes son posibles e invito a los sacerdotes a que sean tolerantes y acepten la forma que cada uno decida”[10]. El texto reúne muchas enseñanzas más que quedarán para una formación personal, en la medida en que se quiera profundizar en el contenido de nuestra fe.

La diferencia existente entre lo que enseña el cardenal y mi proceder es, como mencioné antes, “temporal y circunstancial”. Y, por otro lado, el dictamen de la conciencia me indicaba tomar esta medida prudencial, que se puede compartir o no, pero que de ningún modo resulta en una medida arbitraria. Considero oportuno mencionar, además, que las decisiones tomadas no responden a una postura meramente personal, ya que tendría razones suficientes para hacerlo ya que cuido una madre anciana con una salud muy precaria y sería mortal un posible contagio. Resulta oportuno destacar que debí realizar un período de aislamiento, por haber atendido pacientes con COVID positivo; ese período fue como tener una espada de Damocles, debido a que era el único que podía atender a mi madre.

Lo detallado hasta aquí pretende ilustrar que lo que impulsó esta decisión fue el sentido de caridad que cada cristiano debe tener; es decir, no pensar primero en uno, por más que sea razonable, bueno y justo. La caridad ve primero al otro y no a sí mismo.

Decía el Santo Padre Francisco: “En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: “Perecemos” (cf. v. 38)… también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino solo juntos”[11].

Finalmente, quisiera terminar con las palabras del mismo cardenal:

“Quien piense en esto reconocerá que es un error discutir sobre esta o aquella actitud. Solo podemos y debemos discutir defendiendo aquello por lo que ha luchado la Iglesia antes y después del siglo IX[12], es decir la reverencia del corazón rendido ante el misterio de Dios…no debemos olvidar que no solo son impuras nuestras manos, sino que nuestra lengua y nuestro corazón, y que con frecuencia pecamos más con nuestra lengua que con nuestras manos. La mayor audacia, y a la vez la mayor expresión de la bondad misericordiosa de Dios, es que no solo pueden tocarlo nuestras manos y la lengua, sino nuestro propio corazón; que el Señor entra en nosotros y vive en y con nosotros desde el centro más íntimo de nuestra vida y quiere transformarla”.[13]


Notas

[1] Juan Pablo II, Discurso durante la visita a Paraná 9 de abril de 1987.

[2] Medidas de prevención a implementar en los templos de la Arquidiócesis de Paraná  23. En línea con la sugerencia realizada por la Conferencia Episcopal con anterioridad, se mantiene la recomendación de que la comunión eucarística se distribuya solamente en la mano. A propósito, aprovéchese para volver a catequizar a los fieles sobre el modo correcto de recibir la sagrada comunión de este modo.

[3] El Código reconoce el derecho del fiel a practicar su propia forma de vida espiritual, siempre que sea conforme con la doctrina de la Iglesia (c 214 in fine). Sin embargo, el mismo Código en el c 223, en el mismo título, nos enseña que estos derechos no son absolutos y que le compete a la autoridad eclesiástica regular, en atención al bien común, el ejercicio de los derechos propios de los fieles. A su vez el mismo canon le dice a los fieles que en el ejercicio de sus derechos, tanto individualmente como unidos en asociaciones, los fieles han de tener en cuenta el bien común de la Iglesia, así como también los derechos ajenos y sus deberes respecto de otros. Lo que quiero afirmar aquí es que, según la ley de la Iglesia, la autoridad eclesiástica tiene competencia en razón de la pandemia de regular, al menos en estas circunstancias, la forma de recibir la comunión. Además, la idea o el motivo no es la imposición de este modo de comulgar sino la prevención. 

[4]  Carta al duque de Norfolk (1875), editada por Rialp.

[5] Lin Yutang fue un escritor chino. Sus obras y traducciones de textos clásicos chinos fueron muy populares en Occidente. Nació en el suroeste de China. Al igual que su padre, Yutang era cristiano. ​

[6] Juan de Espinosa Medranoconocido también como Lunarejo, fue un clérigo, catedrático, predicador sagrado, escritor y dramaturgo del Virreinato del Perú. Fue apodado «Doctor Sublime», «Demóstenes Indiano», «Fénix criollo» y «Tertuliano de la América» por sus contemporáneos debido a su erudición y la suntuosidad retórica de sus sermones, discursos y obras.

[7] Carta al duque de Norfolk (1875). Ed. Rialp.

[8] Henry de Lubac, “Meditaciones sobre la Iglesia” Cap. VIII “Nuestras tentaciones respecto de la Iglesia” Pg.300-302  Ed. Encuentro 2008.

[9] Ibid

[10] Joseph Ratzinger. Obras Completas XI. Teología de la Liturgia. “La celebración de la Eucaristía: fuente y cumbre de la vida cristiana” pg 249-250 Ed. BAC 2014 

[11] Meditación del Papa Francisco en bendición Urbi et Orbi por pandemia del coronavirus. Ciudad del Vaticano 27/03/2020.

[12] Joseph Ratzinger Obras Completas XI. Teología de la Liturgia. “La celebración de la Eucaristía: fuente y cumbre de la vida cristiana”. Parte C “La eucaristía: centro de la Iglesia pg. 223-237 Desarrolla del argumento de que la comunión se hacía de pie y en la mano, citando el texto de San Cirilo de Jerusalén de las catequesis bautismales, donde recoge el modo de hacerlo con las manos. También menciona que la Iglesia ha profundizado en la comprensión de la devoción Eucarística, por esa razón dispuso la forma de hacerlo de rodillas y en la boca después del siglo IX.  Pero no por eso afirma que la Iglesia se haya equivocado durante los IX siglos anteriores donde se hacía de pie y en la mano.

[13] Ibid. pg. 250

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