Valorar la esperanza

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Hay tiempos en los cuales debemos fijar la vista en el futuro… pero no con resignación sino desde la fuerte certeza que nos dan los tiempos por-venir.

Este es un  texto precioso de San Pablo, que nunca me canso de leer:

Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria,
les conceda un Espíritu de sabiduría y de revelación
que les permita conocerlo verdaderamente.
Que él ilumine sus corazones,
para que ustedes puedan valorar la esperanza a la que han sido llamados,
los tesoros de gloria que encierra su herencia entre los santos,
y la extraordinaria grandeza del poder con que él obra en nosotros, los creyentes,
por la eficacia de su fuerza. (Ef 1,17-19)

Tres cosas que no debemos olvidar nunca.

Él ilumina

La Santísima Trinidad se pone en juego para venir en nuestra ayuda e iluminar nuestro corazón. Podemos “valorar” porque antes hemos sido visitados por “un Espíritu de sabiduría y revelación”. No es nuestro entendimiento “puramente natural” quien nos asiste. Hay ya en nosotros una promesa cumplida, el Santo Espíritu, que se ha derramado en nuestras vidas.

El cristiano es “el iluminado”. No tenemos luz propia sino la luz infinita del invisible que nos transforma, nos potencia, nos hace conocer y nos hace amar lo conocido.

La herencia

Es la otra valoración que tenemos que hacer en este mundo de cosas que pasan, superfluas y caras… que no nos llenan el corazón cuando nos aferramos a ellas. Pero hay algo que no pasa: la vida eterna. Y está a nuestro alcance. Es más… hemos sido hecho hijos de Dios por el bautismo. Y, porque hijos, herederos de la patria celestial.

Vivamos, pues, como herederos de “los tesoros de gloria”.

La eficacia

Pero… es que solo no puedo vivir en el bien… es muy difícil… es imposible… es inhumano…

Y, si. Tengo que darles la razón a quienes plantean estos inconvenientes. Por eso me maravilla no solamente estar iluminado para ver y alcanzar el tesoro. Además estoy fortalecido por “la extraordinaria grandeza del poder” del Espiritu Santo en mi corazón. Es Él quien obra conmigo desde mi interior.

Este es el gran secreto de todos los santos: no hicieron nada solos. Mano a mano con el Espíritu que los habitaba simplemente fueron dóciles a sus mociones. También nosotros podemos porque estamos habitados por el mismo Espíritu que ellos.

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