Hace unos cuatro años, iba a cerrar las puertas del Templo de San Cayetano. Eran horas del mediodía. De pronto veo un policía parado en el marco de la entrada. Y una policía que acompañaba a una joven que estaba sentada en un banco. Me saludan, secamente… como corresponde a los policías que están dentro de un operativo. Veo que la joven está llorizqueando. No pregunté nada y me alejé para no interferir, ya que la situación estaba calma. Volví a los cinco minutos y los policías no estaban. Entonces me di cuenta que la joven tenía un bebé en sus brazos y, junto a ella un niño de unos cuatro años.

 

marihuana

 

 

Me acerque a ver que le andaba pasando. Primero me dijo que nada. Luego me pidió un vaso de agua para su niño. Se lo fui a buscar y, al dárselo, pude ver el terror marcado en su rostro (literalmente: no tengo recuerdo de otro rostro infantil en esas condiciones). Le di también un vaso a la mamá. Después de tomar, charlamos un rato. A cada instante volvía la mirada hacia la puerta llena de miedo.

Me contó que estaba juntada con un hombre del barrio (ella unos 20 años, él dos o tres más) hacía ya un tiempo. Que lo quería mucho. Pero que su pareja tenía un problema: las drogas. Había estado en tratamiento y se había (semi)curado. Pero, cada tanto, se juntaba con sus amigos y tomaba algunas cervezas y se fumaban uno que otro porro (marihuana). Entonces se volvía muy violento y ella y sus hijos lo padecían. Me mostró sus numerosos moretones y, yo, entendí la mirada horrorizada del niño. Lo había dejado una vez. Entonces él hizo el tratamiento. Ella regresó confiando en su cambio… pero… de vez en cuando… lo que ustedes se imaginan.

Le preguntó si tenía donde refugiarse o volvería a su casa. Quería ir a lo de sus padres. Le di el teléfono para que llamara un taxi y unos pesos para poder pagarlo. Salí afuera del templo a esperar el vehículo mientras ella y sus hijos esperaban detrás de la puerta, con miedo de que apareciera el esposo y progenitor. Le aconsejé que no volviera a su hogar ni ese día ni los siguientes. Que se calmara, que pensara en su bien y en el de sus hijos y luego decidiera si regresaba o no. Hicimos todo un operativo de película con el taxista: el ayudando a subirlos y yo vigilando la esquina…

Esa tarde charlé con una señora que iba todos los días a la Misa y era tía del causante del drama. Me contó que desde adolescente se drogaba. Que había hecho el tratamiento. Que era buen tipo pero… cuando recaía era un animal feroz.

A los dos meses tuve otra vez a la joven refugiada en el templo…

NO hay «marihuana» medicinal

 

Todo esto me vino a la memoria al leer una frez del Juez de la Suprema Corte de Justicia de la Argentina, Raúl Zaffaroni. Me llegó a través de ámbito.com. Se las transcribo (pueden leer toda la noticia en el link).

«Si cada consumidor tuviera una planta de marihuana en el balcón» de su casa, «entonces no habría tráfico de marihuana».

«De una planta (de marihuana) ¿qué se puede sacar?, un cigarro solamente, porque no hay riesgo de distribución».

Es parte de su justificación por la despenalización del consumo de marihuana que se hizo hace poco en la Argentina. Sí, es cierto. Una plantita de marihuana en la casa o dos o tres porros para consumo personal no hace a alguien traficante. El delito es ser traficante. Pero… ¿el consumo de drogas hace bien? ¿realiza a la persona? ¿nos hace crecer en el bien? ¿nos hace mejores personas, mejores ciudadanos, equilibrados componentes de una familia? Al caso que les conté les pueden sumar los casos que ustedes seguramente conocen para así dar una respuesta.

Creo que no hay que criminalizar a un enfermo. El drogadicto es un enfermo. Pero si hay que evitar que una persona se enferme. Y si es necesaria una ley para hacernos tomar conciencia de ello, bienvenida esa ley. No para reprimirnos sino para iluminarnos en que hay cosas malas que nos afectan. Y cosas malas que no quedan en la intimidad de los actos privados de las personas sino que también afectan en el comportamiento social.

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Sacerdote. Párroco. Viejo bloguero que sigue utilizando las redes para evangelizar. En las buenas y en las malas... ¡hincha de River!