Una espiritualidad trinitaria del encuentro con Jesucristo

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El discípulo misionero se plenifica si parte de una experiencia fundamental de encuentro con el Señor. En el encuentro de formación de hoy hemos tratado de profundizar sobre esto, a partir del primer punto del capítulo 6 de Aparecida (con el cual hemos titulado esta entrada).

La auténtica experiencia de encuentro con Jesucristo tiene el sólido fundamento de la Trinidad-Amor. Es la experiencia que tan bien resume San Pablo en la carta a los Gálatas:

“Cuando se cumplió el tiempo establecido, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer y sujeto a la Ley, para redimir a los que estaban sometidos a la Ley y hacernos hijos adoptivos.

Y la prueba de que ustedes son hijos, es que Dios infundió en nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama a Dios llamándolo” ¡Abba!, es decir, ¡Padre!

Así, ya no eres más esclavo, sino hijo, y por lo tanto, heredero por la gracia de Dios.” (Gal 4,4-7)

Así lo comenta Aparecida:

El acontecimiento de Cristo es, por lo tanto, el inicio de ese sujeto nuevo que surge en la historia y al que llamamos discípulo: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (DCE 12) . Esto es justamente lo que, con presentaciones diferentes, nos han conservado todos los evangelios como el inicio del cristianismo: un encuentro de fe con la persona de Jesús (cf. Jn. 1, 35-39)

Y el texto evangélico que manda meditar es este:

“Al día siguiente, estaba Juan otra vez allí con dos de sus discípulos y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: “Este es el Cordero de Dios”.

Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús. El se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: “¿Qué quieren?”.

Ellos le respondieron: “Rabbí -que traducido significa Maestro- ¿dónde vives?.

Vengan y lo verán“, les dijo. Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. Era alrededor de las cuatro de la tarde.” (Jn 1,35-39)

La invitación de Jesús no es a escuchar un mensaje o a vivir los valores en lo cotidiano. Es a compartir con el la existencia: “Vengan y lo verán”. Es discípulo misionero quién tiene esa experiencia en la base de su propia vida. En caso contrario, solamente se puede aspirar a ser un buen profesor de religión o un gurú de consejos buenos para una vida sana. Pero eso no es la esencia misma del cristianismo, como reflexionara aquí hace algún tiempo atrás.

La pregunta de los discípulos es la que le debemos hacer a Jesús también hoy: “Maestro ¿dónde vives?”.  O, como diría el Documento de Aparecida: ¿cuáles son los lugares dónde hoy te podemos encontrar? No les voy a contar todo lo que dice en detalle. Los invito a que lo lean directamente desde el documento, desde el número  243 al 275. Si no lo tienen impreso, pueden bajar una copia para leer en la compu desde aquí.

Ahora simplemente les hago un elenco de todos los lugares donde hoy “vive” el Señor: la Sagrada Escritura; la Sagrada Liturgia; la Eucaristía; el sacramento de la Reconciliación; la oración personal y comunitaria; en medio de una comunidad viva en la fe y en el amor fraterno; de un modo especial en los pobres, afligidos y enfermos. Aparecida a esto le agrega el considerar la piedad (o religiosidad, o espiritualidad, o catolicismo, o mística) popular como un espacio de encuentro con Jesucristo. Y la vida de quienes vivieron en plenitud y fidelidad al Señor también son lugares privilegiados de encuentro con Jesucristo: María, los apóstoles, los santos y los mártires.

Como pueden ver, Jesús hoy también quiere dejarse encontrar y compartir su vida con nosotros. Solamente tenemos que animarnos a compartir un día con Él.

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