Un poema de amor para San Valentín

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El día de los enamorados ya está entre nosotros. Regalos entre los amados será la señal de ese acontecimiento. Y qué mejor que compartirles desde aquí un poema que ha traspasado el paso del tiempo: ya tiene casi tres mil años.

Si no lo conocen… seguro que se asombrarán de dónde lo saqué (ya había citado otra parte alguna otra vez).

El amor es fuerte como la muerte…

[El Amado]
¿Por qué miran a la Sulamita, bailando entre dos coros?
¡Qué bellos son tus pies en las sandalias, hija de príncipe! Las curvas de tus caderas son como collares, obra de las manos de un orfebre.
Tu ombligo es un cántaro, donde no falta el vino aromático. Tu vientre, un haz de trigo, bordeado de lirios.
Tus pechos son como dos ciervos jóvenes, mellizos de una gacela.
Tu cuello es como una torre de marfil.
Tus ojos, como las piscinas de Jesbón, junto a la puerta Mayor.
Tu nariz es como la Torre del Líbano, centinela que mira hacia Damasco.
Tu cabeza se yergue como el Carmelo, tu cabellera es como la púrpura: ¡un rey está prendado de esas trenzas!
¡Qué hermosa eres, qué encantadora, mi amor y mi delicia!
Tu talle se parece a la palmera, tus pechos a sus racimos.
Yo dije: Subiré a la palmera, y recogeré sus frutos. ¡Que tus pechos sean como racimos de uva, tu aliento como aroma de manzanas, y tu paladar como un vino delicioso, que corre suavemente hacia el amado, fluyendo entre los labios y los dientes!

[La Amada]
Yo soy para mi amado, y él se siente atraído hacia mí.
¡Ven, amado mío, salgamos al campo! Pasaremos la noche en los poblados;
de madrugada iremos a las viñas, veremos si brotan las estepas, si se abren las flores, si florecen las granadas…
Allí te entregaré mi amor.
Las mandrágoras exhalan su perfume, los mejores frutos están a nuestro alcance: los nuevos y los añejos, amado mío, los he guardado para ti.
¡Ah, si tú fueras mi hermano, criado en los pechos de mi madre! Al encontrarte por la calle podría besarte, sin que la gente me despreciara.
Yo te llevaría a la casa de mi madre, te haría entrar en ella, y tú me enseñarías…
Te daría de beber, vino aromatizado y el juego de mis granadas.
Su izquierda sostiene mi cabeza y con su derecha me abraza.

[El Amado]
Júrenme, hijas de Jerusalén, que no despertarán, ni desvelarán a mi amor, hasta que ella quiera.

[Coro]
¿Quién es esa que sube del desierto, reclinada sobre su amado?

[El Amado]
Te desperté debajo del manzano, allí donde tu madre te dio a luz, donde te dio a luz la que te engendró.

[La Amada]
Grábame como un sello sobre tu corazón, como un sello sobre tu lazo, porque el Amor es fuerte como la Muerte, inflexibles como el Abismo son los celos.
Sus flechas son flechas de fuego, sus llamas, llamas del Señor.
Las aguas torrenciales no pueden apagar el amor, ni los ríos anegarlo.
Si alguien ofreciera toda su fortuna a cambio del amor, tan sólo conseguiría desprecio.

El contenido de este poema

El texto que citamos pertenece al Cantar de los Cantares (7,1-8,7), un libro del Antiguo Testamento. El Papa Juan Pablo II, en sus catequesis sobre la teología del cuerpo, le dedicó varios días a explicarlo. Esto dijo el 6 de junio de 1984:

En el Cantar de los Cantares el “lenguaje del cuerpo” se inserta en el proceso singular de la atracción recíproca del hombre y de la mujer, que se expresa en frecuentes retornelos que hablan de la búsqueda llena de nostalgia, de solicitud afectuosa (cf. Cant 2, 7) y del recíproco encuentro de los esposos (cf. Cant 5, 2). Esto les proporciona alegría y sosiego y parece inducirlos a una búsqueda continua. Se tiene la impresión de que, al encontrarse, al juntarse, experimentando la propia cercanía, continúan tendiendo incesantemente a algo: ceden a la llamada de algo que supera el contenido del momento y traspasa los límites del eros, tal cual se ven en las palabras del mutuo “lenguaje del cuerpo” (cf. Cant 1, 7-8; 2, 17). Esta búsqueda tiene una dimensión interior: “el corazón vela” incluso en el sueño. Esta aspiración que nace del amor, sobre la base del “lenguaje del cuerpo” es una búsqueda de la belleza integral, de la pureza libre de toda mancha: es una búsqueda de perfección que contiene, diría, la síntesis de la belleza humana, belleza del alma y del cuerpo.

En el Cantar de los Cantares el eros humano desvela el rostro del amor siempre en búsqueda y casi nunca saciado.

Creo que deberíamos retomar estas preciosas catequesis para dejarnos asombrar por el pensamiento de la Iglesia sobre el cuerpo y el amor. ¿Qué les parece?

1 Comentario

  1. cualquier persona que haya estado verdadera y profundamente enamorada, sabe lo que es anhelar la presencia del amado/a. esperar su llegada y compartir su vida. solo estar en su compañía, sin emitir palabra… saber que está allí… mirarse a los ojos y saber qué se piensa… todo eso, se parece a la oración, en el encuentro más profundo con el máximo amado… eso hace que se respete la santidad del matrimonio, y que, aún en las vicisitudes y los años que pasan y quitan frescura a la piel, se mantengan dos personas unidas a pesar de todo, compartiendo lo bueno y lo malo, porque ese amor los hace fuertes e indestructibles

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