Un nuevo catecumenado matrimonial

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Es el deseo del papa Francisco, haciendo referencia al pedido de los padres Sinodales que reflexionaran sobre el tema de la familia. Lo manifestó en su discurso anual a la Rota Romana.

 

catecumenado familiar

 

Verdad y misericordia

 

En el contexto de sus palabras destaca una doble dimensión que hay que tener frente a la problemática actual del matrimonio y la familia. Exactamente afirmó:

Estos dos últimos sinodos hicieron posible un “discernimiento sapiencial profundo, gracias al cual la Iglesia, entre otras cosas, ha indicado al mundo que no puede haber confusión entre la familia querida por Dios y todo otro tipo de unión.”

Por eso hay que poner de manifiesto dos cuestiones que son muy importantes y que van de la mano: la misericordia y la verdad. Y es la función de la Rota vigilar la “verdad” del matrimonio:

“El ministerio del Tribunal Apostólico de la Rota Romana ha sido desde siempre una ayuda al Sucesor de Pedro, para que la Iglesia, inescindiblemente unida a la familia, siga proclamando el designio de Dios Creador y Redentor sobre la sacralidad y belleza de la institución familiar. Una misión siempre actual y que adquiere mayor relevancia en nuestro tiempo.

Con la definición de la Rota Romana como Tribunal de la familia, quisiera poner de relieve otra prerrogativa, es decir que es el Tribunal de la verdad, del vínculo sagrado. Y estos dos aspectos son complementarios.

La Iglesia, en efecto, puede mostrar el indefectible amor misericordioso de Dios para con las familias, en particular a las heridas por el pecado y por las pruebas de la vida, y, al mismo tiempo, proclamar la irrenunciable verdad del matrimonio según el designio de Dios. Este servicio está confiado en primer lugar al Papa y a los Obispos.”

 

La fe y el consentimiento

 

Un aspecto muy interesante, y muy debatido en el aula sinodal, fue el de la de quienes se acercan a recibir el sacramento. Un tema no menor ya que podría dictaminarse desde allí la nulidad del mismo. Por eso fueron muy precisas e iluminadoras sus enseñanzas al respecto:

“La familia y la Iglesia, en ámbitos diversos contribuyen a acompañar al ser humano hacia el fin de su existencia. Y lo hacen sin duda con las enseñanzas que transmiten, pero también con su propia naturaleza como una comunidad de amor y vida. Si la familia puede decirse “Iglesia doméstica”, la Iglesia se aplica correctamente el título de “familia de Dios”.

Debido a que es madre y maestra, la Iglesia sabe que, entre los cristianos, algunos tienen una fe fuerte, formada por la caridad, fortalecida por una buena catequesis y alimentada por la oración y la vida sacramental, mientras que otros tienen una fe débil, descuidada, no formada, poco educada, u olvidada.

Se debe reafirmar claramente que la calidad de la fe no es una condición esencial del consentimiento matrimonial, el cual, de acuerdo con la doctrina de siempre, puede ser minado solamente a nivel natural. De hecho, el “habitus fidei” se infunde en el momento del bautismo y sigue teniendo un misterioso influjo en el alma, incluso cuando la fe no se haya desarrollado y psicológicamente parezca estar ausente.

No es raro que los novios, empujados al verdadero matrimonio por el “instinctus naturae”, en el momento de la celebración tengan un conocimiento limitado de la plenitud del plan de Dios, y sólo después, en la vida familiar, descubran todo lo que Dios, Creador y Redentor ha establecido para ellos.

Las deficiencias de formación en la fe y también el error relativo a la unidad, la indisolubilidad y la dignidad sacramental del matrimonio vician el consentimiento matrimonial solamente si determinan la voluntad. Precisamente por eso los errores que afectan a la naturaleza sacramental del matrimonio deben sopesarse con mucha atención.”

 

El “catecumenado” matrimonial

 

En vista a este estado de la fe, se hace necesaria una intervención pastoral de la Iglesia que ayude a comprender en profundidad lo básico del sacramento del matrimonio. Para designar esta tarea utiliza la exprsión “catecumenado” que, si bien es impropia en sí (pues designa la formación básica que el ser humano recibe antes de los sacramentos de la iniciación cristiana) nos da una dimensión del problema que se enfrenta:

“La Iglesia, por lo tanto, con renovado sentido de responsabilidad sigue proponiendo el matrimonio, en sus elementos esenciales (hijos, bien de los cónyuges, unidad, indisolubilidad, sacramentalidad) no como un ideal para pocos, a pesar de los modernos modelos centrados en lo efímero y lo transitorio, sino como una realidad que, en la gracia de Cristo, puede ser vivida por todos los fieles bautizados. Y por ello con mayor razón, la urgencia pastoral, que abraza todas las estructuras de la Iglesia, impulsa a converger hacia un intento común ordenado a la preparación adecuada al matrimonio, en una especie de nuevo catecumenado (subrayo esto: en una especie de nuevo catecumenado) tan deseado por algunos Padres Sinodales.”

No hay que presuponer nada… hay que proponer todo. Nos volvería a enseñar el Cardenal Karlic a nosotros.

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