Un modo singular de ser Iglesia

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(Esta es una charla a los dirigentes parroquiales del Área Joven de la Acción Católica de la Arquidiócesis de Paraná.)

Nada mejor para introducir estas páginas este texto del Proyecto Institucional:

“El fundamento del proyecto institucional para la Acción Católica debe asentarse sobre una profunda comprensión de la Iglesia en el plan salvífico de Dios; se debe partir de una ‘eclesiología’ que ilumine todos los aspectos de la vida personal y asociada. Desde la perspectiva secularista se ve a la Iglesia de Cristo como una gran organización de fieles religiosos que, aunque respetable, no pasa de  ser una estructura jurídica y operacional de naturaleza similar a cualquier otra institución creada por los hombres. Un gran riesgo para los cristianos que no contemplan en profundidad el misterio eclesial, es vivir la pertenencia a la Iglesia de acuerdo a esa perspectiva secularista que desconoce su verdadera naturaleza comunional.” (Proyecto Institucional de la Acción Católica Argentina [PI], introducción del Capítulo 1)

Es desde la Eclesiología inspirada en el Concilio Vaticano II que esbozamos estas breves líneas sobre una Acción Católica al servicio de Cristo, del Reino y del mundo.

1. Modo singular de ser Iglesia (Proyecto Institucional 4.4)

La Iglesia, para rescatar una expresión muy linda del Concilio Vaticano II que se ha dejado de usar en el lenguaje teológico actual, es el nuevo Pueblo de Dios. “Los que creen en Cristo, renacidos de un germen no corruptible, sino incorruptible, por la palabra de Dios vivo (cf. 1 Pe 1, 23), no de la carne, sino del agua y del Espíritu Santo (cf. Jn 3, 5-6), constituyen por fin “un linaje escogido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido… que en un tiempo no era ni siquiera un pueblo y ahora es pueblo de Dios” (1 Pe 2, 9-10)” (Lumen Gentium 9).

Esta Constitución Dogmática del Concilio, luego de hablar del Pueblo de Dios en general (N° 9 al 17) dedica un capítulo a la constitución jerárquica de la Iglesia (N° 18 al 29). Nos dice que “para apacentar el Pueblo de Dios y acrecentarlo siempre, Cristo Señor instituye en su Iglesia diversos ministerios ordenados al bien de todo el Cuerpo. Porque los ministros que poseen la sagrada potestad están al servicio de sus hermanos, a fin de que todos cuantos son miembros del Pueblo de Dios y gozan, por tanto, de la dignidad cristiana, tiendan libre y ordenadamente a un mismo fin y lleguen a la salvación” (Lumen Gentium 18).

Luego “el Santo Sínodo, una vez declaradas las funciones de la Jerarquía, vuelve gozosamente su espíritu hacia el estado de los fieles cristianos llamados laicos. Cuanto se ha dicho del Pueblo de Dios, se dirige por igual a los laicos, religiosos y clérigos; sin embargo, a los laicos, hombres y mujeres, en razón de su condición y misión, les corresponden ciertas particularidades cuyos fundamentos, por las especiales circunstancias de nuestro tiempo, hay que considerar más profundamente”. (Lumen Gentium 30). En este capítulo (N° 33 al 38) el Concilio desarrolla la misión de “todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros que han recibido un orden sagrado y los que viven en estado religioso reconocido por la Iglesia, es decir, los fieles cristianos que, por estar incorporados a Cristo mediante el bautismo, constituidos en Pueblo de Dios y hechos partícipes a su manera de la función sacerdotal, profética y real de Jesucristo, ejercen, según sus posibilidades, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo” (Lumen Gentium 31)

En este contexto se debe ubicar un modo singular de ser laicos en la Iglesia que se denomina Acción Católica. El concilio la define como la “cooperación de los laicos en el apostolado jerárquico” (Apostolicam Actuositatem 20) (Para profundizar entendimiento del sentido de la expresión “cooperación” pueden leer la Nota 7 del Capítulo 1 del Proyecto Institucional). Hemos dicho más arriba ((Lumen Gentium 18) que el “apostolado jerárquico” se entiende desde la óptica del servicio. Si se define a la Acción Católica como una “CO-operación”, entonces el servicio está en su identidad más profunda. Detengámonos en esto.

2. Ministerialidad

El Proyecto Institucional (4.4) presenta el modo singular de ser Iglesia en el ámbito de la “ministerialidad”. ¿Qué significa exactamente este término?

a. Ministerios y servicios

Ministerios y servicios pueden tener en sentido amplio una misma raíz etimológica y ser usados como sinónimos. Sin embargo en la Teología Pastoral en sentido estricto se usan con un distinto contenido o alcance. Dionisio Borobio (Los Ministerios en la Comunidad; Centro de Pastoral Litúrgica; Barcelona; 1999; Pág 93-95 para la clasificación. Para entender los conceptos conviene leer también las pág: 13-16; 54-120)  hace la distinción entre el servicio entendido como una acción personal y el ministerio entendido como un servicio “autorizado” como tal por la Iglesia. En base a esto hace la siguiente distinción:

  • Servicio espontáneo: es aquel que nace espontáneamente de la función diacónica de todo bautizado, como expresión de su testimonio de fe realizado en las situaciones concretas de la vida. Ejemplos: colaboración espontánea de una acción social, la visita a un enfermo.
  • Servicio regulado: es aquel que tiene una concreción en la comunidad, es de vital importancia para su crecimiento y se ejerce de forma temporal, para servicio y edificación de la Iglesia en el mundo, según el carisma y la disposición personal. Ejemplos: los ministerios de música, los miembros de Cáritas parroquial.
  • Ministerio reconocido: es aquel que cumple las condiciones de un verdadero ministerio laical aunque no tengan una institución formal. Ejemplos: responsables de movimientos apostólicos.
  • Ministerio instituido: es aquel que es reconocido públicamente u oficialmente instituido por la Iglesia, y que comporta un determinado gesto o rito de investidura social. Requieren el compromiso personal de la persona interesada por un tiempo determinado y recibir de alguna manera el encargo por parte de la jerarquía, dentro de una pastoral organizada. Ejemplo: Ministros Extraordinarios de la Comunión.
  • Ministerio ordenado: es el ministerio encomendado a aquellos que han recibido el Orden Sagrado por la imposición de manos del Obispo y que supone la encomienda oficial, pública y permanente de un ministerio al servicio de la comunidad, en orden a presidir, enseñar y santificar.

b. Ministerialidad de la ACA

En base a esto podemos preguntarnos como debemos entender a la Acción Católica: ¿servicio o ministerio? El Proyecto Institucional nos lo explica con meridiana claridad:

El servicio que presta el miembro de Acción Católica es de naturaleza plenamente laical, ya sea cuando trabaja en lo interno de la comunidad eclesial, o cuando se preocupa por animar con el espíritu del Evangelio los diversos sectores y ambientes de la sociedad temporal…

Ciertamente el servicio del miembro de Acción Católica no es de suplencia a funciones que corresponden al ministro ordenado, como lo son los ministerios confiados a laicos a tenor del Código de Derecho Canónico (Canon 230,3), y que requieren un encargo explícito, en cada caso, por parte de la autoridad eclesiástica. Sobre esta base se puede afirmar que el sujeto de aquella singular forma de ministerialidad mencionada por los Pontífices es ‘la Institución en su conjunto’ y no cada uno de sus miembros.

Y esto es así, porque el sujeto sobre quien recae el mismo fin apostólico de la Iglesia realizado en forma estable y permanente y a modo de cuerpo orgánico, no es cada miembro, sino la Institución en su conjunto. Este ‘modo singular de ser Iglesia’ de la Acción Católica, es su ‘singular forma de ministerialidad’.

El Concilio Vaticano II enseña en el N° 15 del Decreto Ad Gentes: ‘…para la implantación de la Iglesia y el desarrollo de la comunidad cristiana son necesarios varios ministerios, que, suscitados por vocación divina del seno mismo de la congregación de los fieles, todos deben favorecer y cultivar diligentemente; entre tales ministerios se cuentan las funciones de los sacerdotes, de los diáconos, de los catequistas y de la Acción Católica. (Cfr. Ad Gentes 15)

La Acción Católica está considerada en este texto conciliar, no como un simple servicio, sino como un ministerio singular, que a diferencia de los ministerios canónicos confiados a una persona individual, es confiado a la Institución. Es un ministerio asociativo ejercido por laicos en cuanto actúan unidos a modo de cuerpo orgánico.” (Proyecto Institucional  4,4)

c. Mandato

¿De dónde la bien a la Acción Católica este ministerio? Recordemos cual es la cuarta nota con la cual la caracteriza el Concilio Vaticano II: “Los laicos, bien ofreciéndose espontáneamente o invitados a la acción y directa cooperación con el apostolado jerárquico, trabajan bajo la dirección superior de la misma jerarquía, que puede sancionar esta cooperación, incluso por un mandato explícito.” (Apostolicam Actuositatem 20)

Este “mandato” es el “reconocimiento explícito” del cual hablábamos al distinguir los servicios de los ministerios. En el caso concreto de la Acción Católica Argentina, al mismo lo podemos encontrar en la Carta pastoral Colectiva de los Obispos de la Argentina, fechada el 5 de abril de 1931:

“Queremos, pues, promulgar, por medio de estas líneas, los Estatutos de la Acción Católica Argentina, cuyo texto publicamos adjunto; y, al mismo tiempo declaramos que, desde esta fecha, queda oficialmente establecida en nuestra querida Patria, la providencial organización general de las energías apostólicas del pueblo cristiano, que se conoce con el nombre de Acción Católica, tal como ésta ha sido definida y modelada por el gran Pontífice que, con tanta firmeza y tan sereno pulso, empuña actualmente el timón de la nave de San Pedro.”  (http://www.accioncatolica.org.ar/costurero/carta_pastoral.php)

d. Para poder servir

Este “mandato” no es una cuestión de honor o de poder. Es lo que nos recuerda Juan Pablo II en su Encíclica sobre los fieles cristianos laicos:

“Entre las diversas formas apostólicas de los laicos que tienen una particular relación con la Jerarquía, los Padres sinodales han recordado explícitamente diversos movimientos y asociaciones de Acción Católica, en los cuales “los laicos se asocian libremente de modo orgánico y estable, bajo el impulso del Espíritu Santo, en comunión con el Obispo y con los sacerdotes, para poder servir, con fidelidad y laboriosidad, según el modo que es propio a su vocación y con un método particular, al incremento de toda la comunidad cristiana, a los proyectos pastorales y a la animación evangélica de todos los ámbitos de la vida”. (Christifideles Laici 31)

De todo lo dicho hasta ahora podemos sacar una conclusión importante. Podríamos decir que la Acción Católica no sirve a la Iglesia sino que es servidora porque es Iglesia. ¿Cómo es esto? Sencillo. La Iglesia no es un fin en sí misma sino que tiene una triple dimensión de servicio que le da su identidad propia: es servidora de Cristo, del Reino y del mundo (en ese orden). La Acción Católica, como un modo singular de ser Iglesia, participa también de ese triple servicio. Todo esto, desde su modo propio de ser. Detengámonos ahora, de manera breve, en el desarrollo de este triple servicio. (Los tres servicios de la ACA están inspirados en Ramos, Julio; Teología Pastoral; BAC; 81-100)

3. Servir a Cristo

No se puede entender a la Iglesia (y dentro de ella a la Acción Católica) sino es en referencia a su fundador. Es la mirada retrospectiva que debemos hacer como discípulos misioneros.

a. Nace de Jesús y es enviada por Él

Pablo VI, en su Encíclica sobre la evangelización en el mundo contemporáneo nos enseña que:

“Nacida de la misión de Jesucristo, la Iglesia es a su vez enviada por El. La Iglesia permanece en el mundo hasta que el Señor de la gloria vuelva al Padre. Permanece como un signo, opaco y luminoso al mismo tiempo, de una nueva presencia de Jesucristo, de su partida y de su permanencia. Ella lo prolonga y lo continúa. Ahora bien, es ante todo su misión y su condición de evangelizador lo que ella está llamada a continuar (Cf. Lumen gentium, 8; Ad gentes, 5). Porque la comunidad de los cristianos no está nunca cerrada en sí misma.

En ella, la vida íntima -la vida de oración, la escucha de la Palabra y de las enseñanzas de los Apóstoles, la caridad fraterna vivida, el pan compartido (Cf. Hch. 2, 42-46; 4, 32-35; 5, 12-16.)- no tiene pleno sentido más que cuando se convierte en testimonio, provoca la admiración y la conversión, se hace predicación y anuncio de la Buena Nueva. Es así como la Iglesia recibe la misión de evangelizar y como la actividad de cada miembro constituye algo importante para el conjunto…

Enviada y evangelizada, la Iglesia misma envía a los evangelizadores. Ella pone en su boca la Palabra que salva, les explica el mensaje del que ella misma es depositaria, les da el mandato que ella misma ha recibido y les envía a predicar. A predicar no a sí mismos o sus ideas personales (Cf. 2 Cor. 4, 5; S. Agustín, Sermo XLVI De Pastoribus: CCL 41), sino un Evangelio del que ni ellos ni ella son dueños y propietarios absolutos para disponer de él a su gusto, sino ministros para transmitirlo con suma fidelidad.” (Evangelii Nuntiandi 15)

El centro de la vida de la Iglesia es Jesús. “No hay evangelización verdadera, mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret Hijo de Dios.” (Evangelii Nuntiandi 22). Pero no solamente hacemos referencia a Él en nuestro anuncio apostólico. Todo lo que hacemos como Institución debe tener como referencia lo que Jesús haría o diría. Si así no fuera, no seríamos plenamente fieles a lo que la Acción Católica quiere para sus militantes y para su acción eclesial. Esto tiene sus consecuencias para la vida diaria.

b. Consecuencia 1: la acción de la ACA no es propia sino derivada

La Acción Católica no es dueña de su acción ni libre a la hora de señalarla. No es la decisión de la mayoría de sus miembros la que ha de señalar su camino. Solamente es Acción Católica aquella que continúa el pastoreo de su Señor en medio del mundo. Esto es muy importante por la pretensión de muchos de “adecuar a la mentalidad de este mundo” las enseñanzas de la Iglesia. Ninguna Palabra es vieja o desautorizada si está inspirada en lo que ha revelado el Hijo de Dios. Aunque vaya a contracorriente del consenso que pide la cultura contemporánea.

c. Consecuencia 2: hay presencia del Espíritu Santo (pero no unión hipostática)

Jesús cuando envía a través de la Iglesia, regala la presencia del Espíritu Santo para animar las acciones apostólicas.

Ahora bien, el que continúe la Acción Católica la obra de Cristo (pero sin ser Él) implica entender la diversa  presencia de la Divinidad en la acción de la Iglesia. (En esto tendríamos que extendernos sobre la unión hipostática, pero supongo que ustedes conocen el Catecismo de la Iglesia Católica, así que no me detendré en detalles teológicos.)

En el Verbo Encarnado, por la unión hipostática, toda acción de Cristo tenía como sujeto a la persona divina. En el caso de la Iglesia el Espíritu Santo no asume la personalidad de los creyentes, ni de la estructura eclesial. Por esto podemos decir que no todo en la Iglesia (y en la Acción Católica por consecuencia) es obra del Espíritu Santo. Las acciones divinas y humanas no son separables, pero indudablemente tampoco confundibles. De este modo, ni hay que atribuir a la causalidad humana lo que procede de Dios, ni hay que hacer a Dios sujeto responsable de todas las acciones humanas en la Iglesia.

d. Consecuencia 3: la presencia del pecado y la necesaria conversión

Por no repetir el ser de la Iglesia la unión hipostática, es posible y real la presencia del pecado en su acción; pecado del que es responsable el hombre por no seguir las sendas del Espíritu que habita en la Iglesia. Este pecado presente en la Iglesia muestra, por una parte, que la divinidad no es sujeto de toda la acción pastoral y, por otra, que el hombre puede ser infiel al Espíritu del Señor que ilumina a la Iglesia, pero que no actúa infaliblemente en ella, a no ser en los hechos sacramentales y en momentos especiales de su vida.

Por todo esto, Cristo, en su distinción respecto a la Iglesia, es siempre una instancia crítica para la acción pastoral. Desde su obra y su palabra la Iglesia ha de renovarse siempre para que su misión sea continuada en la historia. Como Acción Católica también debemos hacer un continuo examen de nuestras actividades a la luz de las enseñanzas del Divino Maestro. Sólo así podremos ser cada día más fieles servidores de Jesús.

4. Servir al Reino de Dios

Como Iglesia también debemos tener una mirada prospectiva: hacia el futuro real que es el Reino de Dios. Veamos la relación de la Iglesia con el Reino de Dios.

a. La Iglesia no se identifica con el Reino

El Concilio Vaticano II distingue entre la Iglesia y el Reino de Dios:

“El misterio de la santa Iglesia se manifiesta en su fundación. Pues nuestro Señor Jesús dio comienzo a su Iglesia predicando la buena nueva, es decir, el Reino de Dios prometido muchos siglos antes en las Escrituras: “Porque el tiempo se cumplió y se acercó el Reino de Dios” (Mc 1, 15; cf. Mt 4, 17). Ahora bien: este Reino brilla delante de los hombres por la palabra, por las obras y por la presencia de Cristo. La palabra de Dios se compara a una semilla sembrada en el campo (Mc 4, 14); quienes la reciben con fidelidad y se unen a la pequeña grey (Lc 12, 32) de Cristo, recibieron el Reino: la semilla va germinando poco a poco por su vigor interno, y va creciendo hasta el tiempo de la siega (cf. Mc 4, 26-29). Los milagros, por su parte, prueban que el Reino de Jesús ya vino sobre la tierra: “Si expulso los demonios por el poder de Dios, sin duda que el Reino de Dios ha llegado a vosotros” (Lc 11, 20; cf. Mt 12, 28). Pero, sobre todo, el Reino se manifiesta en la Persona del mismo Hijo del Hombre, que vino “a servir, y a dar su vida para redención de muchos” (Mc 10, 45).

Pero habiendo resucitado Jesús, después de morir en la cruz por los hombres, apareció constituido como Señor, como Cristo y como Sacerdote para siempre (cf. Hch 2, 36; Heb 5, 6; 7, 17-21), y derramó en sus discípulos el Espíritu prometido por el Padre (cf. Hch 2, 33). Por eso la Iglesia, enriquecida con los dones de su Fundador, observando fielmente sus preceptos de caridad, de humildad y de abnegación, recibe la misión de anunciar el Reino de Cristo y de Dios, de establecerlo en medio de todas las gentes, y constituye en la tierra el germen y el principio de este Reino. Ella, en tanto, mientras va creciendo poco a poco anhela el Reino consumado, espera con todas sus fuerzas, y desea ardientemente unirse con su Rey en la gloria.” (Lumen Gentium 5)

La Iglesia realiza toda su acción pastoral con una referencia clara al Reino: lo anuncia por medio de su evangelización; lo instaura por medio de su comunión y su servicio y lo celebra por medio de su liturgia.

Toda la acción pastoral de la Iglesia es dinámica y progresiva desde la tensión escatológica (hacia el final de los tiempos) que señala el camino hacia el Reino y desde la presencia ya actual de la salvación definitiva que empuja continuamente hacia la plenitud. Por ello la Iglesia no es una realidad acabada. Es una realidad que se construye y se desarrolla. Ningún momento de su historia puede ser absolutizado porque lo definitivo no ha llegado aún (criterio para valorar una supuesta edad dorada de la Acción Católica como el momento de plenitud al cual se quiere volver).

b. Consecuencia 1: El Espíritu sopla también fuera de la Iglesia

Hay que tener en cuenta que los valores del Reino de Dios exceden los límites visibles de la Iglesia: la significatividad del Reino, incluso anónima y no explícitamente, pueden encontrarse en otros lugares, en hombres de buena voluntad, en todo esfuerzo por una mejor humanidad. En todas las “semillas del Verbo” diseminadas a lo largo del mundo y de la historia, el Espíritu Santo también está actuando.

(Esto lo debemos tener muy presente, como Acción Católica, no solamente para valorar las realidades terrenales, sino también la acción del Espíritu Santo en otros movimientos o instituciones eclesiales. En algunos de nuestros militantes mayores todavía se respira un cierto clima de “únicos elegidos”.)

c. Consecuencia 2: discernir los signos de los tiempos

La constatación de que los valores del Reino están más allá de los límites visibles de la Iglesia implica una apertura a los signos de los tiempos y un diálogo con el mundo. La Acción Católica necesita comprometerse desde la definitividad del Reino con toda situación que lo signifique y con todo trabajo que lo haga presente entre los hombres. El discernimiento y el dialogo son dos temas muy interesantes que rebasan el tema este texto. De por sí piden un desarrollo más profundo en el campo de la espiritualidad laical del militante. Solo diremos que cuando se hace un discernimiento de los signos de los tiempos no es con el fin “económico” de conocer la situación actual, los gustos y preferencias de la gente a fin de ofrecerles un mejor producto para que lo consuman con más énfasis. Por el contrario, es ver en las cosas que pasan un signo de la voluntad de Dios, un camino que el Espíritu nos está marcando a nosotros. Es descubrir en acción la Palabra de Dios “limitada” y la invitación a ampliarla a través del anuncio y el testimonio cristiano.

5. Servir al mundo

Por último, debemos tener una mirada circundante: descubrir en el mundo que nos rodea el objeto de nuestra misión.

Hablar del mundo y de los hombres no es hablar de algo distinto de la Iglesia. La Iglesia está en el mundo, sus hombres son de este mundo, sus estructuras y elementos visibles también lo son, en su recorrido histórico comparte con los hombres alegría y esperanzas, tristezas y angustias. Pero tampoco se da una identificación. La Iglesia no es el mundo. La diferencia está en el Reino anunciado e instaurado por Cristo que la Iglesia aporta al mundo como realidad salvífica.

Para que la comunicación entre la Iglesia y el mundo sea posible, no debe extrañarnos que la situación cambiante de la humanidad haya motivado transformaciones profundas en el actuar de la Iglesia. Se adapta a las necesidades y da distintas respuestas, mientras que su esencia continúa siendo la misma.

a. Ciudadano del cielo en la ciudad terrena

Siempre me impactó lo que dijeron los Obispos argentinos un mes antes de la crisis del 2001: “Cada una de las comunidades cristianas debe impulsar a todos sus miembros por el  camino de la santidad cristiana. Este camino implica un compromiso por el bien común: “no podemos ser peregrinos del cielo si vivimos como fugitivos de la ciudad terrena”. Esto exige asumir la propia responsabilidad en la sociedad y entraña una actitud de conversión. “(Carta al Pueblo de Dios, 17/11/01)

En este marco, recordamos lo que el Concilio nos enseñó sobre el valor de toda actividad humana:

“Una cosa hay cierta para los creyentes la actividad humana individual y colectiva o el conjunto ingente de esfuerzos realizados por el hombre a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, considerado en sí mismo, responde a la voluntad de Dios. Creado el hombre a imagen de Dios, recibió el mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad, sometiendo a sí la tierra y cuanto en ella se contiene, y de orientar a Dios la propia persona y el universo entero, reconociendo a Dios como Creador de todo, de modo que con el sometimiento de todas las cosas al hombre sea admirable el nombre de Dios en el mundo. Esta enseñanza vale igualmente para los quehaceres más ordinarios. Porque los hombres y mujeres que, mientras procuran el sustento para sí y su familia, realizan su trabajo de forma que resulte provechoso y en servicio de la sociedad, con razón pueden pensar que con su trabajo desarrollan la obra del Creador, sirven al bien de sus hermanos y contribuyen de modo personal a que se cumplan los designios de Dios en la historia. Los cristianos, lejos de pensar que las conquistas logradas por el hombre se oponen al poder de Dios y que la criatura racional pretende rivalizar con el Creador, están, por el contrario, persuadidos de que las victorias del hombre son signo de la grandeza de Dios y consecuencia de su inefable designio.

Cuanto más se acrecienta el poder del hombre, más amplia es su responsabilidad individual y colectiva. De donde se sigue que el mensaje cristiano no aparta a los hombres de la edificación del mundo si los lleva a despreocuparse del bien ajeno, sino que, al contrario, les impone como deber el hacerlo.” (GS34)

b. Consecuencia 1: consagrar el mundo

El primer servicio que le podemos prestar al mundo viene desde el sacerdocio universal de los fieles.

“Cristo Jesús, Supremo y eterno sacerdote, deseando continuar su testimonio y su servicio por medio también de los laicos, los vivifica con su Espíritu e ininterrumpidamente los impulsa a toda obra buena y perfecta.

Pero a aquellos a quienes asocia íntimamente a su vida y misión, también les hace partícipes de su oficio sacerdotal, en orden al ejercicio del culto espiritual, para gloria de Dios y salvación de los hombres. Por eso los laicos, ya que están consagrados a Cristo y ungidos por el Espíritu Santo, tienen una vocación admirable y son instruidos para que en ellos se produzcan cada vez más abundantes los frutos del Espíritu. Pues todas sus obras, preces e iniciativas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el trabajo cotidiano, el descanso del alma y del cuerpo, si se realizan en el Espíritu, incluso las molestias de la vida si se sufren pacientemente, se convierten en “hostias espirituales, aceptables a Dios por Jesucristo” (1 Pe 2, 5), que en la celebración de la Eucaristía, con la oblación del cuerpo del Señor, se ofrecen piadosísimamente al Padre. Así también los laicos, en cuanto adoradores, obrando santamente en todo lugar, consagran a Dios el mundo mismo.” (Lumen Gentium 34)

c. Consecuencia 2: ser testigos del amor

A este texto de Pablo VI no es necesario ni hacerle una introducción ni sacarle conclusiones. Basta su lectura.

“La Buena Nueva debe ser proclamada en primer lugar, mediante el testimonio.

Supongamos un cristiano o un grupo de cristianos que, dentro de la comunidad humana donde viven, manifiestan su capacidad de comprensión y de aceptación, su comunión de vida y de destino con los demás, su solidaridad en los esfuerzos de todos en cuanto existe de noble y bueno. Supongamos además que irradian de manera sencilla y espontánea su fe en los valores que van más allá de los valores corrientes, y su esperanza en algo que no se ve ni osarían soñar. A través de este testimonio sin palabras, estos cristianos hacen plantearse, a quienes contemplan su vida, interrogantes irresistibles: ¿Por qué son así? ¿Por qué viven de esa manera? ¿Qué es o quién es el que los inspira? ¿Por qué están con nosotros? Pues bien, este testimonio constituye ya de por sí una proclamación silenciosa, pero también muy clara y eficaz, de la Buena Nueva. Hay en ello un gesto inicial de evangelización. Son posiblemente las primeras preguntas que se plantearán muchos no cristianos, bien se trate de personas a las que Cristo no había sido nunca anunciado, de bautizados no practicantes, de gentes que viven en una sociedad cristiana pero según principios no cristianos, bien se trate de gentes que buscan, no sin sufrimiento, algo o a Alguien que ellos adivinan pero sin poder darle un nombre. Surgirán otros interrogantes, más profundos y más comprometedores, provocados por este testimonio que comporta presencia, participación, solidaridad y que es un elemento esencial, en general al primero absolutamente en la evangelización.

Todos los cristianos están llamados a este testimonio y, en este sentido, pueden ser verdaderos evangelizadores. Se nos ocurre pensar especialmente en la responsabilidad que recae sobre los emigrantes en los países que los reciben.” (Evangelii Nuntiandi 21)

d. Consecuencia 3: transformar el mundo

Una de las grandes tentaciones que podemos tener (sobre todo en nuestra argentina de hoy) es la pensar que basta consagrar el mundo con mi presencia silenciosa o mi testimonio de coherencia evangélica. Pero el militante de Acción Católica debe estar dispuesto a un paso mucho más grande: el de transformar con su palabra y su acción las estructuras humanas para que sean más justas y fraternas.

“Ser discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos, en Él, tengan vida, nos lleva a asumir evangélicamente y desde la perspectiva del Reino las tareas prioritarias que contribuyen a la dignificación de todo ser humano, y a trabajar junto con los demás ciudadanos e instituciones en bien del ser humano. El amor de misericordia para con todos los que ven vulnerada su vida en cualquiera de sus dimensiones, como bien nos muestra el Señor en todos sus gestos de misericordia, requiere que socorramos las necesidades urgentes, al mismo tiempo que colaboremos con otros organismos o instituciones para organizar estructuras más justas en los ámbitos nacionales e internacionales. Urge crear estructuras que consoliden un orden social, económico y político en el que no haya inequidad y donde haya posibilidades para todos. Igualmente, se requieren nuevas estructuras que promuevan una auténtica convivencia humana, que impidan la prepotencia de algunos y faciliten el diálogo constructivo para los necesarios consensos sociales.” (Documento de Aparecida, 384)

e. Consecuencia 4: Con la mirada en el cielo nuevo y la tierra nueva

Hoy muchos grandes de la tierra propagan el adormecimiento de las conciencias para que no se preocupen por el bien común. También, de diversas maneras, caen en los brazos del desaliento acciones que buscan la justicia y el desarrollo del pueblo. Muchas veces los poderosos lo hacen como una manera de conservar su poder al eliminar quienes lo pueden cuestionar con sus obras concretas. Al hacer esto, no saben que están actuando bajos las redes del maligno que busca la injusticia entre los hombres y “el silencio de los justos” para hacerlos cómplices de todos los atentados contra la dignidad humana.

Como muchas veces el militante de Acción Católica puede caer en el desaliento o el pesimismo por los frutos de sus acciones en pos de los demás, conviene siempre recordar el fruto celestial que estas tienen. Volvamos a dejarnos enseñar en la esperanza que nos propone el Concilio.

“Ignoramos el tiempo en que se hará la consumación de la tierra y de la humanidad. Tampoco conocemos de qué manera se transformará el universo. La figura de este mundo, afeada por el pecado, pasa, pero Dios nos enseña que nos prepara una nueva morada y una nueva tierra donde habita la justicia, y cuya bienaventuranza es capaz de saciar y rebasar todos los anhelos de paz que surgen en el corazón humano. Entonces, vencida la muerte, los hijos de Dios resucitarán en Cristo, y lo que fue sembrado bajo el signo de la debilidad y de la corrupción, se revestirá de incorruptibilidad, y, permaneciendo la caridad y sus obras, se verán libres de la servidumbre de la vanidad todas las criaturas, que Dios creó pensando en el hombre. Se nos advierte que de nada le sirve al hombre ganar todo el mundo si se pierde a sí mismo. No obstante, la espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien aliviar, la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente progreso temporal y crecimiento del reino de Cristo, sin embargo, el primero, en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios. Pues los bienes de la dignidad humana, la unión fraterna y la libertad; en una palabra, todos los frutos excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo, después de haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y de acuerdo con su mandato, volveremos a encontrarlos limpios de toda mancha, iluminados y trasfigurados, cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal “reino de verdad y de vida; reino de santidad y gracia; reino de justicia, de amor y de paz”. El reino está ya misteriosamente presente en nuestra tierra; cuando venga el Señor, se consumará su perfección.” (Gaudium et Spes 39)

6. Conclusión

Al comenzar nuestras reuniones hacemos la Oración Oficial. Retomando su espíritu, ahora queremos pedir al Señor Jesús que “ilumine nuestra inteligencia con la luz del Espíritu Santo, para discernir lo que es recto, aceptar lo que es bueno y descubrir la voluntad del Padre sobre nosotros.”

Somos un modo singular de ser Iglesia, a la que “amamos profundamente y trabajamos en ella con fidelidad plena y confianza permanente”. Porque “nuestro compromiso apostólico” es servir al “Señor Jesús”, “participar de un modo más eficaz en la construcción del Reino” y “orientarnos al mayor provecho de nuestros hermanos” que viven en el mundo.

Que así sea.

María sede de la Sabiduría. Ruega por nosotros.

1 Comentario

  1. Si puedo dar mi opinión, a mi me parece que lo mejor que tiene la ACCIÓN CATÓLICA según dice el PROYECTO INSTITUCIONAL en la cita que Ud. transcribe, es la ASOCIACIÓN. Hace falta, es necesario vivir iluminados por una ECLESIOLOGÍA que contemple la VIDA PERSONAL y ASOCIADA, todo bajo una misma LEY, bajo una misma PERSONA: CRISTO.

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