Ser o no ser… ¿somos?

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¡Qué triste es la vida de quién no tiene esperanza! Y, mucho mayor, cuando el miedo es el motor de las acciones de nuestra vida

Ser o no ser

Este es un soliloquio de la obra de William Shakespeare Hamlet (escrita alrededor de 1600) muy famoso. Y que nos hace pensar sobre nuestros actos… sobre nuestra vida… sobre nuestra muerte:

Ser o no ser, esa es la cuestión. ¿Qué es más noble para el alma sufrir los golpes y las flechas de la injusta fortuna o tomar las armas contra un mar de adversidades y oponiéndose a ella, encontrar el fin?
Morir, dormir… nada más; y con un sueño poder decir que acabamos con el sufrimiento del corazón y los mil choques que por naturaleza son herencia de la carne… Es un final piadosamente deseable.
Morir, dormir, dormir… quizá soñar. Ahí está la dificultad.

Ya que en ese sueño de muerte, los sueños que pueden venir cuando nos hayamos despojado de la confusión de esta vida mortal, nos hace frenar el impulso. Ahí está el respeto que hace de tan larga vida una calamidad. Pues quien aguantaría la lentitud de los tribunales, la insolencia de los empleados, las tropelías que recibe pacífico el mérito de los hombres más indignos, las angustias de un mal pagado amor, las injurias y quebrantos de la edad, la violencia de los tiranos, el desprecio de los soberbios cuando él mismo podría desquitarse de ellos con un puñal.

Quejarse y sudar bajo una vida cansada, por el temor a algo después de la muerte (el país sin descubrir de cuya frontera ningún viajero vuelve) nos embaraza en dudas y nos hace sufrir los males que nos cercan en vez de volar a otros que desconocemos. Esta previsión nos hace a todos cobardes. Y así la natural tintura del valor se debilita con los barnices pálidos de la prudencia, las empresas de mayor importancia por esta sola consideración mudan camino, no se ejecutan y se reducen a designios vanos.

Los Católicos ¿tienen otra mirada?

Un “viajero” volvió de la muerte para contarnos que hay vida. Y no es un viajero común y corriente, es el Señor vivo que quiere enseñarnos un camino de plenitud. Por eso nuestra esperanza es transparente y se transforma en el motor de nuestras vidas. No vivimos en el temor a lo desconocido sino en la expectativa de una plenitud.

Pero hay un problema: ¿le creemos? ¿esperamos?

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