Qué es la realidad

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Hay preguntas que se nos ponen por delante en distintos momentos de nuestra vida. Preguntas que tienen que ver con el sentido último de todo… con aquello que le da peso a las actividades cotidianas… con lo que nos ayuda a tomar desiciones que marcan la existencia propia o ajena. Estas preguntas siempre surgen. Pero a veces… no las escuchamos y partimos de nuestros pre-conceptos y pre-juicios… y así terminamos.

Niño real

Me encontré con el discurso de inauguración de la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano que hiciera el Papa Benedicto en Brasil. Siempre es un gusto volver a releer a Benedicto. Si te atrevés a detenerte un rato más largo que lo que se puede leer en un twett… te encontrarás con perlas de sabiduría que (estoy seguro) serán leídas y releidas a lo largo de todo este milenio.

Esta es una. Por eso se la quiero compartir a partir de las tres preguntas que el hace. Todo lo que sigue es de él. Ya sea el título como el cuerpo del texto. Si quieren leer el discurso completo, hagan click aquí.

Al final (el cuarto subtítulo), otras palabras mías con las resonancias que esto me ha dejado.

¿Qué es esta “realidad”?

¿Qué es lo real? ¿Son “realidad” sólo los bienes materiales, los problemas sociales, económicos y políticos? Aquí está precisamente el gran error de las tendencias dominantes en el último siglo, error destructivo, como demuestran los resultados tanto de los sistemas marxistas como incluso de los capitalistas. Falsifican el concepto de realidad con la amputación de la realidad fundante y por esto decisiva, que es Dios. Quien excluye a Dios de su horizonte falsifica el concepto de “realidad” y, en consecuencia, sólo puede terminar en caminos equivocados y con recetas destructivas.

La primera afirmación fundamental es, pues, la siguiente: Sólo quien reconoce a Dios, conoce la realidad y puede responder a ella de modo adecuado y realmente humano. La verdad de esta tesis resulta evidente ante el fracaso de todos los sistemas que ponen a Dios entre paréntesis.

¿Quién conoce a Dios?

¿Cómo podemos conocerlo? No podemos entrar aquí en un complejo debate sobre esta cuestión fundamental. Para el cristiano el núcleo de la respuesta es simple: Sólo Dios conoce a Dios, sólo su Hijo que es Dios de Dios, Dios verdadero, lo conoce. Y él, “que está en el seno del Padre, lo ha contado” (Jn 1, 18). De aquí la importancia única e insustituible de Cristo para nosotros, para la humanidad. Si no conocemos a Dios en Cristo y con Cristo, toda la realidad se convierte en un enigma indescifrable; no hay camino y, al no haber camino, no hay vida ni verdad.

Dios es la realidad fundante, no un Dios sólo pensado o hipotético, sino el Dios de rostro humano; es el Dios-con-nosotros, el Dios del amor hasta la cruz. Cuando el discípulo llega a la comprensión de este amor de Cristo “hasta el extremo”, no puede dejar de responder a este amor si no es con un amor semejante: “Te seguiré adondequiera que vayas” (Lc 9, 57).

¿Qué nos da la fe en este Dios?

La primera respuesta es: nos da una familia, la familia universal de Dios en la Iglesia católica. La fe nos libera del aislamiento del yo, porque nos lleva a la comunión: el encuentro con Dios es, en sí mismo y como tal, encuentro con los hermanos, un acto de convocación, de unificación, de responsabilidad hacia el otro y hacia los demás. En este sentido, la opción preferencial por los pobres está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Co 8, 9).

Pero antes de afrontar lo que comporta el realismo de la fe en el Dios hecho hombre, tenemos que profundizar en la pregunta: ¿Cómo conocer realmente a Cristo para poder seguirlo y vivir con él, para encontrar la vida en él y para comunicar esta vida a los demás, a la sociedad y al mundo? Ante todo, Cristo se nos da a conocer en su persona, en su vida y en su doctrina por medio de la palabra de Dios. Al iniciar la nueva etapa que la Iglesia misionera de América Latina y del Caribe se dispone a emprender, a partir de esta V Conferencia general en Aparecida, es condición indispensable el conocimiento profundo de la palabra de Dios.

Por esto, hay que educar al pueblo en la lectura y meditación de la palabra de Dios: que ella se convierta en su alimento para que, por propia experiencia, vean que las palabras de Jesús son espíritu y vida (cf. Jn 6, 63). De lo contrario, ¿cómo van a anunciar un mensaje cuyo contenido y espíritu no conocen a fondo? Hemos de fundamentar nuestro compromiso misionero y toda nuestra vida en la roca de la palabra de Dios. Para ello, animo a los pastores a esforzarse en darla a conocer.

Un gran medio para introducir al pueblo de Dios en el misterio de Cristo es la catequesis. En ella se transmite de forma sencilla y substancial el mensaje de Cristo. Convendrá por tanto intensificar la catequesis y la formación en la fe, tanto de los niños como de los jóvenes y adultos. La reflexión madura de la fe es luz para el camino de la vida y fuerza para ser testigos de Cristo. Para ello se dispone de instrumentos muy valiosos como son el Catecismo de la Iglesia católica y su versión más breve, el Compendio del Catecismo de la Iglesia católica.

En este campo no hay que limitarse sólo a las homilías, conferencias, cursos de Biblia o teología, sino que se ha de recurrir también a los medios de comunicación: prensa, radio y televisión, sitios de internet, foros y tantos otros sistemas para comunicar eficazmente el mensaje de Cristo a un gran número de personas.

En este esfuerzo por conocer el mensaje de Cristo y hacerlo guía de la propia vida, hay que recordar que la evangelización ha ido unida siempre a la promoción humana y a la auténtica liberación cristiana. “Amor a Dios y amor al prójimo se funden entre sí: en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios” (Deus caritas est, 15). Por lo mismo, será también necesaria una catequesis social y una adecuada formación en la doctrina social de la Iglesia, siendo muy útil para ello el Compendio de la doctrina social de la Iglesia. La vida cristiana no se expresa solamente en las virtudes personales, sino también en las virtudes sociales y políticas.

El discípulo, fundamentado así en la roca de la palabra de Dios, se siente impulsado a llevar la buena nueva de la salvación a sus hermanos. Discipulado y misión son como las dos caras de una misma medalla: cuando el discípulo está enamorado de Cristo, no puede dejar de anunciar al mundo que sólo él nos salva (cf. Hch 4, 12). En efecto, el discípulo sabe que sin Cristo no hay luz, no hay esperanza, no hay amor, no hay futuro.

Ser como niños

Es lo que nos pidió Jesús para hacer nuestro el Reinado de Dios… para conocer la realidad más profunda. (Por eso la fotito de mi sobrinito más chiquito que encabeza este artículo.)

Ser como niños no significa abandonar la inteligencia o la posibilidad de conocimiento que nos da la ciencia.

Significa algo que está en la base misma de cualquier acto inteligente y razonado: la capacidad de asombro frente a la realidad que está al alcance de nuestras manos.

Es que estamos tan saturados de “realidad” que nos volvemos insensibles frente al misterio que nos desvela la realidad más profunda, más verdadera.

Como niños asombrarnos de lo que consideramos como natural (¿cuando fue la última vez que te asombraste frente a un paisaje o una luna llena?).

Asombrarnos frente a lo que la inteligencia humana puede hacer dominando la creación (¿cuando fue la última vez que te asombraste de lo que podés hacer con un simple celular con conección a internet?).

Asombrarnos del misterio de Dios cercano, revelado, tiernamente presente en nuestra vida (¿cuando fue la última vez que te asombrasde de su presencia en la Eucaristía o de un  acto de su Providencia)?

Si. Necesitamos no perder la capacidad de asombro frente a la realidad. Es lo que nos hace plenamente humanos.

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