¿Pare de sufrir? Una luz de esperanza

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Job no es alguien que reniega de Dios. Simplemente no entiende y busca comprender. El confía que frente al Señor no será condenado:

“Pues tengo en el cielo mi testigo, mi defensor habita en lo alto, que interpreta ante Dios mis pensamientos, ante quien vierto mis lágrimas. Que él juzgue entre el hombre y Dios, como suele ocurrir entre mortales, pues me esperan años contados y emprenderé un camino sin retorno.” (16,19-22)

Es más, el desea encontrarse con Dios para resolver sus dudas:

“¡Si supiera cómo encontrarlo, cómo llegar a su morada! Expondría ante él mi causa, llenaría mi boca de argumentos. Conocería por fin su respuesta, sabría lo que me quiere decir. ¿Pleitearía conmigo con toda su fuerza? No lo creo; tendría que escucharme. Vería en su adversario a un hombre recto, y yo me libraría para siempre de mi juez.
Mas voy a oriente y no está, a occidente y no lo encuentro; lo busco al norte y no aparece, en el sur se esconde y no lo veo.
Pero él conoce mi conducta, si me prueba saldré como el oro. Mis pies se aferraban a sus huellas, recorría su camino sin torcerme, sin apartarme del mandato de sus labios, guardando en mi seno sus palabras.
Si algo decide, ¿quién le hará cambiar? Si algo se propone, lo lleva adelante. Seguro que ejecuta mi sentencia, como hace con todos sus planes. Por eso me horroriza su presencia, lo pienso y me causa espanto. Dios me descorazona, Shaddai me aterra, pues no desaparecí entre tinieblas y ha cubierto mi rostro de oscuridad. ¿Por qué Shaddai no reserva tiempos y sus fieles no conocen sus días?
Los malvados desplazan linderos, roban rebaños y pastores. Se llevan el burro del huérfano, toman en prenda el buey de la viuda. Apartan del camino a los pobres, los indigentes del país se esconden. Como onagros de la estepa, salen a su faena, buscan presas desde el alba, por la tarde, pan para sus crías. Siegan en el campo del inicuo, rebuscan en la viña del malvado. Duermen desnudos, sin ropa, sin cobertor, pasan frío. El chubasco del monte los empapa, sin abrigo, se arriman a las rocas. Arrancan del pecho al huérfano, toman en prenda la comida del pobre. Andan desnudos, sin ropa, hambrientos, cargan gavillas; exprimen aceite en la prensa, sedientos, pisan en el lagar. Gimen los moribundos en la ciudad, los heridos piden socorro, pero Dios no escucha su oración. Los hay rebeldes a la luz, desconocen sus caminos, no frecuentan sus senderos. Con el alba se alza el asesino, mata pobres e indigentes. De noche ronda el ladrón, asalta casas a oscuras. El adúltero espera el crepúsculo, pensando: “Nadie me ve”, y después se cubre el rostro. Durante el día se ocultan, pues desconocen la luz. Tienen a las sombras por mañana, habituados al terror de la noche. No es más que paja en el agua, maldicen su hacienda en el país, nadie toma el sendero de su viña. El bochorno roba el agua a la nieve, así el Seol a todo pecador; el seno que lo ha formado lo olvida, su nombre no es recordado. La injusticia es tronchada como un árbol. Maltrataba a la estéril sin hijos, no quería ayudar a la viuda.
Pero Dios controla con fuerza al tirano, se alza y le quita su vida segura; le da confianza y tranquilidad, pero sus ojos vigilan sus pasos. Se encumbra un instante y ya no existe, se abate como armuelle arrancado, como cabeza de espiga se amustia.
Si no es así, ¿quién me convencerá reduciendo a nada mis palabras?” (23,3-23,25)

Y una última esperanza anida en su corazón:

“Yo sé que vive mi Defensor, que se alzará el último sobre el polvo, que después que me dejen sin piel, ya sin carne, veré a Dios. Sí, seré yo quien lo veré, mis ojos lo verán, que no un extraño.” (19,25-27)

Un texto que nosotros entendemos muy bien desde la Resurrección de Jesucristo.

(Este texto es parte de una serie que comienza en este link)

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