¿Pare de sufrir? La respuesta en el misterio de Dios

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Frente a todos estos cuestionamientos, surge la Palabra de Dios.

“Yahvé se dirigió a Job desde la tormenta: ¿Quién es éste que denigra mi designio diciendo tales desatinos? Si eres valiente, cíñete los lomos: te voy a preguntar y tú me instruirás. ¿Dónde estabas cuando cimenté la tierra? Dilo, si tanto sabes y entiendes. ¿Sabes quién fijó sus medidas, o quién la midió a cordel?” (38,1-5)

Y así los capítulos 38 al 41 son un interrogatorio de este estilo. En definitiva, Dios es más grande que nuestro entendimiento. Su poder y sus planes mucho más amplios que nuestra inteligencia.

Los argumentos de sus amigos quedan desestimados. Job comprende que el sufrimiento del justo no es por un castigo, pero sus motivos quedan en el misterioso designio de Dios que lo permite.

“Me doy cuenta que todo lo puedes, que eres capaz de cualquier proyecto. [Dijiste:] “¿Quién es éste que vela mi designio con razones carentes de sentido?”. Sí, hablé sin pensar de maravillas que me superan y que ignoro. (Escucha y déjame hablar, te voy a preguntar y tú me instruirás). Sólo de oídas te conocía, pero ahora te han visto mis ojos. Por eso me retracto y me arrepiento echado en el polvo y la ceniza.” (42,2-6)

Todo esto tiene sentido a la luz de la cruz de Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado para nuestra salvación.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos ilumina:

“Si Dios Padre Todopoderoso, Creador del mundo ordenado y bueno, tiene cuidado de todas sus criaturas, ¿por qué existe el mal? A esta pregunta tan apremiante como inevitable, tan dolorosa como misteriosa no se puede dar una respuesta simple. El conjunto de la fe cristiana constituye la respuesta a esta pregunta: la bondad de la creación, el drama del pecado, el amor paciente de Dios que sale al encuentro del hombre con sus Alianzas, con la Encarnación redentora de su Hijo, con el don del Espíritu, con la congregación de la Iglesia, con la fuerza de los sacramentos, con la llamada a una vida bienaventurada que las criaturas son invitadas a aceptar libremente, pero a la cual, también libremente, por un misterio terrible, pueden negarse o rechazar. No hay un rasgo del mensaje cristiano que no sea en parte una respuesta a la cuestión del mal.” (309)

(Este texto es parte de una serie que comienza en este link)

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