¿Pare de sufrir? La búsqueda de respuestas

345

Los argumentos de sus amigos no son desconocidos para Job: “Muchas cosas como éstas he oído, sólo sois consoladores agobiantes. “¿Tendrá fin tanta palabrería? ¿Qué te impulsa a defenderte?”. También yo hablaría como vosotros, si es que estuvierais en mi lugar; sin duda os agobiaría con discursos, movería contra vosotros mi cabeza. Con palabras os confortaría, moviendo mis labios os calmaría.” (16,2-5)

La novedad es que Job pasa del argumento conocido al argumento existencial: es la vida la que contradice lo que se ha sostenido hasta el momento. Sobreviene entonces la crisis, que cuestiona lo recibido, no para renegar de ello sino para profundizar en sus razones. Job es para nosotros el ejemplo del creyente que no entiende, que no comprende, pero sigue buscando bajo la luz de la fe. Cuestionar no es dudar. Cuestionar es profundizar el dato revelado para que se haga existencialmente iluminador.

Cuantos de nosotros, frente a los “problemas de la fe”, evitamos profundizar en las raíces. “No digas eso, no pienses en esas cosas… ” “¿Por qué?” “¡Porque vas a perder la fe!!” Job tiene una fe que no entiende y busca comprender. Y eso implica plantear sinceramente los problemas.

Lo primero es declarar su inocencia. Si el sufrimiento es solo consecuencia del pecado, entonces Dios se ha equivocado con él. Afirma muchas veces su justicia, leamos la apología que hace en el capítulo 31:

“Con mis ojos hice el pacto de no fijarme en doncella. Mas, ¿qué suerte depara Dios desde arriba? ¿qué herencia reserva Shaddai desde lo alto?
¿No reserva desastre al injusto, adversidad al hombre malhechor?
¿No vigila mis caminos y cuenta todos mis pasos?
¿Me he hecho acompañar del embuste o me he encaminado hacia el fraude? Que me pese en balanza sin trucar y Dios conocerá mi integridad.
Si aparté mis pies del camino dejándome llevar por mi capricho, o algo ensució mis manos, ¡que otro coma mi siembra, que me arranquen mis retoños!
Si cedí a la atracción de otra mujer y en la puerta de mi amigo aceché, ¡que muela para otro mi esposa, que un extraño se acueste con ella!
Habría cometido una infamia, un crimen que pide justicia; sería fuego que devora hasta la Perdición, que acabaría con toda mi hacienda.
Si denegué el derecho a mi siervo y a mi sierva en sus litigios conmigo, cuando Dios se levante, ¿qué haré? cuando pase cuentas, ¿qué responderé? ¿No los creó en el vientre como a mí?, ¿no nos formó iguales en el seno?
Si mi tierra protesta contra mí y sus surcos lloran juntos, si he comido sus productos sin pagar, explotando a los aparceros, ¡que en vez de espigas dé espinas, en vez de cebada, ortigas! Si mi tierra protesta contra mí y sus surcos lloran juntos, si he comido sus productos sin pagar, explotando a los aparceros, ¡que en vez de espigas dé espinas, en vez de cebada, ortigas!
Si me cerré a la necesidad del débil y dejé morir de llanto a la viuda, si comí solo mi ración sin compartirla con el huérfano (desde niño lo cuidé como un padre, lo guié desde el seno materno); si vi sin ropa a un transeúnte, sin nada que ponerse a un indigente, si no me bendijeron sus cuerpos, calientes con la lana de mis corderos; si alcé mi mano contra el huérfano por contar con apoyo en el tribunal, ¡que se me salga de la espalda el hombro, que mi brazo se rompa por el codo!
Pues temo el castigo de Dios, no resistiría su majestad.
No puse mi confianza en el oro, ni llamé “seguridad” al oro fino, no puse mi gozo en mi inmensa riqueza, en bienes adquiridos por mis manos.
Viendo lucir el sol, el curso radiante de la luna, no me dejé seducir secretamente mandándoles un beso con la mano. ¡También esto es crimen que pide justicia, pues habría negado al Dios del cielo!
No me alegré del mal del enemigo ni me regocijé con su desgracia, ni permití que mi boca pecara deseándole la muerte con maldiciones.
Juro que cuando la gente de mi círculo decía: “¡Quién pudiera saciarse de su carne!”, nunca dormía en la calle el forastero, pues abría mis puertas al viajero.
No oculté a los hombres mi delito ni escondí en mi seno mi pecado, por temor a los rumores de la gente, por miedo al desprecio de los míos, en silencio, sin salir a la calle.
¡Ojalá que alguien me escuchara! ¡He dicho mi última palabra! A Shaddai le toca responder. El libelo que haya escrito mi adversario ¡juro que sobre el hombro lo llevaré, ceñido como una diadema! Le daría cuenta de mis pasos, me acercaría a él como un príncipe.”

Si esta es la verdad de la vida de Job, el argumento de que el sufrimiento sólo es un castigo de Dios al malvado se cae por si mismo.

(Este texto es parte de una serie que comienza en este link)

Tu opinión nos interesa.

Ingrese su comentario
Entre su nombre aquí