¿Pare de sufrir? El problema de la prosperidad del malvado

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Desde su inocencia de vida, Job cuestiona la buena suerte que tiene el malvado. Sabe que esto no es fácil de plantear a quienes sólo tienen el argumento de que el bueno es el único bendecido que prospera: “Uno se convierte en burla del vecino cuando clama a Dios en busca de respuestas. Se ríen de quien es justo e íntegro.” (12,4)

Pero, endureciendo el rostro frente a los desprecios y burlas, plantea la cuestión:

“¡Ante el infortunio, desprecio – dice el satisfecho -, un golpe más al que se tambalea! Pero viven bien tranquilos en sus tiendas los bandidos, del todo seguros los que provocan a Dios, los que meten a Dios en su puño.” (12,5-6)

“¿Por qué siguen vivos los malvados, que envejecen y aumenta su poder?
Viven seguros con sus hijos, ven cómo crecen sus retoños: un hogar en paz, sin miedo, sin probar el castigo de Dios.
Su toro fecunda sin fallar, su vaca pare sin abortar.
Dejan sueltos a sus críos como ovejas, dejan brincar a sus hijos.
Cantan con cítaras y panderos, se divierten al son de la flauta.
Pasan su vida dichosos, bajan en paz al Seol.
Y pensar que decían a Dios: “Fuera de aquí, no nos interesa conocer tus caminos. ¿Quién es Shaddai para servirle?, ¿qué podemos ganar con invocarle?”.
¿No depende de ellos su dicha, aunque el plan del malvado esté lejos de Dios?
¿Cuántas veces se apaga la lámpara del malvado?, ¿cuántas veces se abate sobre él la desgracia o la cólera divina le reparte sufrimientos?
¿Son como paja a merced del viento, como tamo que arrastra el huracán?
¿Se reservaría Dios el castigo de sus hijos? ¡Que lo pague él y aprenda! ¡Que sea testigo de su ruina, que beba la cólera de Shaddai! ¿Qué le importa su casa una vez muerto, interrumpida ya la cuenta de sus meses?
¿Quién puede aleccionar a Dios, que juzga a los seres celestes?
Hay quien muere en pleno vigor, colmado de dicha y de paz, con los lomos forrados de grasa y tierna la médula de sus huesos. Y hay quien muere harto de amargura, sin haber probado la dicha. Pero juntos yacerán en el polvo bajo una colcha de gusanos.
Conozco muy bien lo que pensáis, la violencia que tramáis contra mí. Decís: “¿Dónde está la casa del prepotente?, ¿dónde la tienda que habitaban los malvados? ¿No habéis preguntado a los viajeros?, ¿no conocéis sus testimonios?: el día del desastre se libra el malvado, a salvo se encuentra el día de la cólera; ¿quién le echa en cara su conducta?, ¿quién le hace pagar lo que ha hecho?; es conducido al cementerio, velan junto a su mausoleo; no le pesan los terrones del valle, tras él desfila todo el mundo.
¿Por qué me consoláis con tonterías, con argumentos llenos de engaño?” (21,7-34)

He aquí el centro del drama de Job: yo soy inocente y estoy sufriendo y los malvados, en cambio, gozan de la vida. ¿Porqué permite Dios esto?

(Este texto es parte de una serie que comienza en este link)

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