Como estoy seguro que no saldrá en los medios de comunicación de manera completa, les dejo la homilía de mi Arzobispo en el Tedeum que se rezara ayer en la Catedral de Paraná.

Hermanos en la Fe, Ciudadanos de la Patria: Estamos celebrando ante el Señor nuestro agradecimiento y nuestra oración en el Bicentenario de la Patria. Hemos oído la Palabra de Dios.

1.- San Pablo, inspirado por Dios, nos señala la principal alegría del hombre: Por el Señor somos liberados de la esclavitud que es nuestro egoísmo y nuestro pecado. Somos llamados a la libertad: la verdadera, no la engañosa,. ¿Cuál es la libertad engañosa? La libertad de de vivir amando y sirviendo. Si por libertad entendemos hacer lo que uno quiera o lo que a uno se le antoje, corremos el riesgo de “mordernos y despedazarnos” (Jesús había dicho: todo reino dividido en sí mismo, perece). La libertad es plena y auténtica  cuando nos dejamos guiar por el Espíritu que nos llevará al “amor, a la alegría, a la paz, a la paciencia, al dominio sobre uno mismo”

En el Evangelio Jesús nos advierte: “cuídense de la codicia: por más rico que uno puede llegar a ser, la vida no depende de las riquezas”. Lo que uno ha acumulado: ¿para quién será? Así le pasa al hombre que no es rico para Dios” ¿Quién es rico para Dios? Quien sirve y comparte, quien obra en justicia y solidaridad.

2.- Desde su mismo origen, en nuestra Patria, autoridades y pueblo elevaron su oración al Señor a quien nuestra Ley Fundamental reconoce como “Fuente de toda Razón y Justicia”. Recordamos que, el 25 de mayo de 1810, el Cabildo Abierto de Buenos Aires expresó el primer grito de libertad para nuestra Patria. Aquellos hombres creyeron que podían ser nación e iniciaron el trabajoso camino que los llevó al 9 de julio de 1816, declarando la independencia nacional. Estamos agradecidos por nuestro país y por las personas que lo forjaron, recordando también la presencia de hombres de Fe explícita y de Iglesia en aquellos momentos fundacionales.

Desde los inicios de nuestra comunidad nacional, incluso aun antes de la emancipación, los valores cristianos impregnaron la vida pública. Esos valores se unieron a la sabiduría de los pueblos originarios y se enriquecieron con las sucesivas inmigraciones. Así se formó la compleja cultura que nos caracteriza. Respetar y honrar esos orígenes, no es quedarnos anclados en el pasado, sino valorar el presente y construir el futuro. No se puede mirar hacia adelante sin tener en cuenta el camino recorrido y honrar lo bueno de la propia historia.

3.- En nuestra cultura prevalecen valores fundamentales como la fe, la amistad, el amor por la vida, la búsqueda del respeto a la dignidad del varón y la mujer, el espíritu de libertad, la solidaridad, el interés por los pertinentes reclamos ante la justicia, la educación de los hijos, el aprecio por la familia, el amor a la tierra, la sensibilidad hacia el medio ambiente, y ese ingenio popular que no baja los brazos para resolver solidariamente las situaciones duras de la vida cotidiana. Estos valores tienen su origen en Dios y son fundamentos sólidos y verdaderos sobre los cuales podemos avanzar hacia un nuevo proyecto de Nación, que haga posible un justo y solidario desarrollo de la Argentina.

4.- Nuestra Patria es un don de Dios confiado a nuestra libertad: debemos cuidarla y perfeccionarla. Podremos crecer sanamente como Nación si reafirmamos nuestra identidad común. En esta búsqueda del bienestar de todos, necesitamos dar pasos importantes para el desarrollo integral. Cuando priman intereses particulares sobre el bien común, o cuando el afán de dominio se impone por encima del diálogo y la justicia, se menoscaba la dignidad de las personas, e indefectiblemente crece la pobreza en sus diversas manifestaciones.

La Patria, (nuestros hermanos), requiere de nosotros la esperanza. En nuestras manos tenemos oportunidad única: renovarnos en  privilegiar la construcción del bien común, y alejarnos del peligro de  malgastarla con intereses egoístas y posturas intransigentes que fragmentan y dividen.

5.- El diálogo es esencial en la vida de toda familia y de cualquier construcción comunitaria. El que acepta este camino  amplía sus perspectivas. Gracias a la opinión constructiva del otro, uno descubre nuevos aspectos y dimensiones de la realidad, que no alcanzaría a reconocer en el aislamiento y la obstinación.

En toda convivencia se tienen y se sufren momentos de conflictividad. En esas situaciones complejas, alimentar la confrontación puede parecer el camino más fácil. Pero el modo más sabio y oportuno de prevenirlas y abordarlas es procurar consensos a través del diálogo.

También en la convivencia social, sólo el diálogo hace posible concretar nuevos acuerdos para proyectar el futuro del país y para un país con futuro.

6.- Pero nunca llegaremos a la capacidad de dialogar sin una sincera reconciliación. Tenemos necesidad promover o renovar una confianza mutua que incluya la verdad y la justicia. Las heridas abiertas en nuestra historia, de las cuales también nos sentimos responsables, pueden cicatrizar si evitamos las parcialidades. Porque mientras haya desconfianzas, éstas impedirán crecer y avanzar, aunque las propuestas que se hagan sean técnicamente buenas. Necesitamos sumar en lugar de restar. Importa cicatrizar las heridas,  evitar las concepciones que nos dividen entre puros e impuros, y no alentar nuevas exasperaciones y polarizaciones. Creo que debemos aspirar a un Bicentenario de la reconciliación y de la unidad de los argentinos.

7.- Las luces de nuestra historia y de nuestro presente son un estímulo para continuar construyendo la Nación como Patria de hermanos. Las sombras, dolorosas y penosas, son un desafío pues están relacionadas con profundas carencias morales y estructurales. Es preciso trabajar para trasformar las sombras en luces: a la luz de la dignidad inviolable de cada ser humano y de una concepción integral de la persona, estamos llamados a atender prioritariamente algunas metas que aparecen como prioritarias para la construcción del bien común:

* Recuperar el respeto por la familia y por la vida en todas sus formas. Todo lo que se busque hacer será siempre provisorio y frágil, sin una educación y una legislación que transmitan una profunda convicción moral sobre el valor de cada vida humana: la vida de cada persona en todas sus etapas, desde la concepción hasta la muerte natural, la vida de los excluidos e indefensos, la vida de las familias, lugar afectivo en el que se generan los valores comunitarios más sólidos y se aprende a amar y a ser amado.

* Avanzar en la reconciliación entre sectores y en la capacidad de diálogo. Una amistad social que incluya a todos, es el punto de partida para proyectarnos como comunidad: es un desafío que no hemos logrado construir en el transcurso de nuestra vida nacional.

* Alentar el paso de habitantes a ciudadanos responsables. El habitante hace uso de la Nación, busca beneficios y sólo exige derechos. El ciudadano construye la Nación, porque además de exigir sus derechos, cumple sus deberes.

Tengamos siempre presente al Señor Jesús que se angustió hasta las lágrimas cuando algunos en su tierra no aceptaban el mensaje de paz que él les ofrecía. Pidámosle que los argentinos, todos juntos, podamos hacer de esta bendita tierra una gran Nación justa y solidaria, abierta al Continente e integrada en el mundo. Acudamos a María Santísima, nuestra querida Madre de Luján, para que ofrezca esta sentida súplica a su Hijo Jesús que es «el Camino, la Verdad y la Vida«.

¡Amén!

Mario L. B. Maulión
Arzobispo de Paraná

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