Melancolía

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Es la palabra que me vino a la mente al ver esta foto en esta tarde otoñal:

Pero no precisamente en el sentido en que lo define el diccionario:

Tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que no encuentre quien la padece gusto ni diversión en nada.

Creo que esto se queda demasiado corto para describir este ¿sentimiento? Me vino a la memoria la palabrita junto con un texto que hace mucho había leído. Es de Romano Guardini haciendo una reflexión sobre la vida y los escritos de Sören Kierkegaard. Lo busqué en Google y lo pude releer desde el sitio de Mercaba. Les comparto algunos trozos seleccionados (por mi):

“Su nombre dice: “Schwer-Mut”. Pesadez de ánimo. Sobre el hombre se encuentra una carga que lo oprime, que lo hunde en sí mismo; una carga que relaja la tensión de sus miembros y de sus órganos; que paraliza los sentidos, los impulsos, las representaciones, los pensamientos; que afloja la voluntad y debilita el afán y las ganas de trabajar y luchar.

Una atadura interior, que viene del alma, se posa sobre todo lo que ordinariamente surge, se agita y actúa libremente. La espontaneidad de la decisión, la capacidad de trazar clara y vigorosamente los límites de las cosas, la destreza en dar forma a la realidad, todo eso se vuelve fatigoso e indiferente. El hombre ya no tiene más autoridad sobre la vida. Ya no puede participar en la apremiante marcha que exige la realidad. Los acontecimientos se entreveran a su alrededor y no puede penetrarlos con su mirada. Se vuelve incapaz de hacerse cargo de un suceso cualquiera. Las tareas se yerguen frente a él como una montaña infranqueable.” (…)

“El vacío de la existencia. Uno podría decir el vacío metafísico. Este es el punto donde la melancolía se relaciona con el hastío. Y en realidad, una determinada clase de hastío semejante a la que experimentan ciertas naturalezas. Esto no significa que hablemos de alguien que no haga nada importante, que permanezca ocioso. El tedio puede traspasar una vida sumamente ocupada. Este tedio significa que se busca apasionadamente, por todas partes, algo en las cosas que ellas no tienen. Con una dolorosa sensibilidad e incapacidad se busca lo que podríamos llamar, en el mejor sentido, “lo burgués”: el compromiso con lo posible y el sentimiento del bienestar. Es esto lo que se busca. Y se procura tomar las cosas como uno quisiera, de encontrar en ellas ese peso, esa seriedad, ese fervor y esa capacidad de realización que tanto se anhela, y sin embargo es imposible. Las cosas son finitas. Pero toda finitud es deficiencia. Y para el corazón, que reclama lo absoluto, esta deficiencia es un desencanto. Este desencanto se ensancha y se convierte en sentimiento de un gran vacío… No hay nada que sea digno de existir. Y no existe nada por lo cual valga la pena ocuparse…”

“Es en el dominio de la melancolía donde encontramos los más fuertes sentidos opuestos de los efectos. La naturaleza melancólica es particularmente sensible a los valores. Pero la tendencia autodestructiva que hay en ella se sirve justamente del valor como arma de mayor peligro contra sí mismo. Recuerdo, por ejemplo, esa insatisfacción de tantos artistas cuando consideran su propia obra, y que no está justificada por motivos reales. El valor de la perfección de la obra, algo de suyo muy elevado, se convierte en este caso en una potencia destructora. O fijémonos en la imposibilidad interior de la exigencia de justicia de tantos tipos sociales. El valor social es de antemano de tal índole que no tiene ninguna perspectiva de realización y en consecuencia se ahoga. Recuerdo el terrible efecto destructor que puede provenir de los dos valores que determinan el destino interior de la persona, el valor ético y el religioso. No es fácil encontrar una imagen de perturbación más profunda que la perteneciente a la conciencia melancólica, en donde el deber se transforma en yugo; la voluntad de pureza y perfección alcanza una forma imposible fuera de su relación con las fuerzas y condiciones reales. Esta conciencia ve la falta donde para otra conciencia no hay tal cosa; exige responsabilidad donde faltan para ello todas las condiciones previas. Aplica normas éticas donde todo se desarrolla solamente por un proceso natural. Tal vez mayor hondura alcanza el peligro que proviene de los valores religiosos. El abandonarse en lo sagrado, el deseo de acoger lo divino en la propia vida, el esforzarse por realizar el reino de Dios son todas claras motivaciones que se supone van a permitir liberar y elevar a la personalidad. Y, sin embargo, pueden conducir en el melancólico a distintos modos de angustia y desesperación. Hasta llegar a formas supremas de fanatismo, de ilusiones de abandono o de rebelión contra lo sagrado. Es como si una oculta voluntad de destrucción dirigiera estos valores, los más altos de todos, contra la propia vida, eliminara sus significaciones positivas e hiciera resaltar lo que perturba, lo amenazante. (…)”

“Sólo es posible escribir estas cosas a partir del anhelo de silencio que experimenta la persona melancólica.

Su constante búsqueda de lugares ocultos se expresa incluso en toda la estructura de su existencia. El melancólico es un ser lleno de pliegos y máscaras. Continuamente vemos que lo esencial se oculta detrás de lo no esencial. Maneras sociales educadas, una negligencia elegante, ingenio, objetividad, todo esto es una fachada que oculta a alguien totalmente distinto, a menudo alguien de una sombría desesperación.

Aquí se hace difícil comunicar directamente o decir sencillamente lo que se piensa, lo que sucede en uno, difícil llamar simplemente a las cosas interiores por su nombre. Ellas están muy cargadas de elementos extraordinarios. Se presentan de tal modo que a uno le cuesta admitir que otro pueda comprenderlos. Se aparecen como monstruosas, inauditas, extrañas, terribles, incluso desagradables, no entonando con lo que pertenece a la vida cotidiana de los hombres. Se plantea aquí el problema de la expresión, de la falta de armonía entre el mundo interior y las cosas exteriores. Para la naturaleza melancólica, la interioridad y los medios de expresión no tienen punto en común de medida. El espíritu y el cuerpo, la intención y la acción, la disposición de espíritu y los resultados alcanzados, el comienzo de un proceso y su culminación… y en general lo más elevado y lo más profundo, lo esencial y lo no esencial, lo importante y lo accesorio, todas son dualidades separadas por un muro para el melancólico. Es trágica esta actitud en lo que hace a la expresión, pues el medio que se utiliza para expresar lo que verdaderamente se piensa sirve más para ocultar que para revelar. (…)”

“La melancolía está en relación con los fundamentos oscuros del ser, y el término “oscuro” no tiene en este caso ningún sentido peyorativo. No marca una oposición con la luminosidad buena y bella. “Oscuro” no significa acá “tinieblas” sino el contra valor viviente correspondiente a la luz. Las “tinieblas” son algo malo, representan algo negativo. Pero la oscuridad pertenece al ámbito de la luz y las dos juntas conforman el misterio de lo esencial.

A esta oscuridad aspira el melancólico, sabiendo que de ella emergen las formas que se actualizan en claridad.

Y, en extraña “oposición”, encontramos la afinidad con el espacio infinito, con las extensiones vacías: el mar, la estepa, las crestas desnudas de los montes, el otoño que hace caer las hojas y amplía los espacios, el mito con sus siglos que se remontan hasta el infinito en el pasado.

El espacio sin límites en el exterior y la vida interior oculta se comunican entre sí. Tanto una como otra son símbolos y lugares de experiencias profundas.

Precisamente esta melancolía, que desvaloriza las cosas, vacía de contenido a formas y realidades, vuelve insustancial todo y arrastra al vacío y al tedio, que quiebra los valores que sostienen la propia existencia y tiende así a la carencia de sentido propio de la desesperación; justamente esta melancolía es el seno de donde brota el extremo dionisíaco. Sin duda, la persona melancólica tiene la relación más profunda con la plenitud de la existencia. Los colores del mundo resplandecen en forma más clara, la dulzura de los acordes interiores resuena más íntimamente. Percibe en su totalidad la potencia de las configuraciones de todo lo que vive. Del melancólico surge la sobreabundancia de vida y es quien puede experimentar el carácter indomable de todo lo existente. (…)”

“Pero esto nos permite aproximarnos al valor central de la melancolía: en su esencia última, la melancolía es anhelo de amor. De amor en todas sus formas y en todos sus grados, desde la sensualidad más elemental hasta el amor supremo del espíritu. Lo que impulsa el corazón del melancólico es el Eros, la aspiración de amor y belleza.

Esta profunda aspiración y el hecho que no nace sólo de un dominio parcial del ser sino de su centro mismo, que no se limita sólo a relaciones y momentos especiales sino que penetra el todo; el hecho que el melancólico esté empapado en su totalidad del Eros, y que la belleza, que de por sí es algo profundamente amenazado y que donde aparece revela una crisis del poder vivir -todo esto es el fundamento de la vulnerabilidad de la cual hablábamos antes. Pues la naturaleza que ama está abierta, dispuesta a ir más allá de sí, a acoger, dar y recibir. Es confianza. No tiene ninguna defensa.

Experimenta el dolor que produce la fugacidad de las cosas: el objeto amado le es arrebatado, la belleza viviente es sólo efímera, lo bello tiene por encima a la muerte.

Pero como defensa extrema presenta, entonces, el anhelo de lo eterno, de lo infinito, de lo absoluto. La melancolía exige lo absolutamente perfecto, inaccesible, a cubierto de todo riesgo, completamente profundo e interior. Exige y reclama que no se olvide esta distinción, noble y preciosa. (…)”

” Pero, por otra parte -y aquí el círculo se cierra- esta aspiración por lo absoluto está unida en el melancólico a la certeza profunda de que es una aspiración estéril.

La predisposición del melancólico es sensible a los valores y aspira a lo valioso por esencia, al bien supremo. Pero es como si, justamente, esta exigencia de lo valioso se volviera contra sí misma. Pues a la par está presente el sentimiento de que es algo imposible de cumplimentar. Esto puede relacionarse con determinadas vivencias: haber fracasado en algo, haber sido negligente en un deber, haber utilizado mal el tiempo, haber desperdiciado la oportunidad que ya no vuelve a repetirse. Pero no son más que lugares de costura de algo más profundo, dado por un sentimiento de imposibilidad añadido en cierto modo de antemano a aquel anhelo del cual hablamos antes. La imposibilidad radica ya en el modo cómo es querido lo absoluto: con una impaciencia que quiere ser satisfecha demasiado rápido, con una exigencia de inmediatez que no ve las instancias intermedias y se introduce así por un camino extravagante… Sea como fuere, la aspiración por la plenitud de los valores y de la vida, por la belleza infinita, unida en lo más hondo con ese sentimiento de fugacidad de las cosas, de negligencia ante el deber, de pérdida irreparable, con la insaciable tristeza, aflicción e intranquilidad que eso trae consigo, todo esto, es la melancolía.(…)”

“Esto nos conduce a preguntarnos acerca del sentido de este fenómeno y qué tarea nos plantea. Creo, más allá de cualquier consideración médica y pedagógica, que tiene el siguiente sentido: es un signo de que el Absoluto existe. Lo infinito se manifiesta en el corazón. La melancolía nos indica que nosotros somos seres limitados, que vivimos codo a codo con –y abandonemos la palabra demasiado cauta y abstracta que hemos utilizado hasta ahora, “el absoluto”, y reemplacémosla por la que corresponde en realidad- que vivimos codo a codo con Dios. Indica que estamos llamados por Dios e invitados a acogerlo en nuestra existencia.

La melancolía es la penuria del alumbramiento de lo eterno en el hombre. (…)”

“Los médicos y psicólogos saben hablar muy acertadamente sobre las causas y la estructura interior de la melancolía. Pero a menudo resulta tan banal lo que dicen, que ya no se puede conciliar sus consideraciones con la profundidad y potencia vital que reside, en realidad, en dicha experiencia. Logran enunciar la teoría de ciertos estratos en la infraestructura de la persona y nada más. El sentido verdadero de la melancolía se revela a partir solamente de lo espiritual. Y en última instancia, reside en esto: la melancolía es la inquietud, el desasosiego del hombre causado por la proximidad de lo eterno. Y esto produce dicha y a la vez, constituye una amenaza.

Sin embargo, debe hacerse una distinción. Es Kierkegaard mismo quien llama la atención sobre lo siguiente: hay una buena melancolía y una mala melancolía.

Buena es aquella que precede al alumbramiento de lo eterno. Es el conflicto interior producido por la cercanía de lo eterno, que apremia por hacerse realidad. Es la exigencia constante y efectiva -aún cuando no sea sentida concientemente- a dar cabida en la propia vida al contenido infinito, a expresarlo en el modo de pensar y de obrar. La exigencia se vuelve particularmente apremiante cuando el tiempo se ha cumplido, cuando la hora se aproxima, cuando es necesario tomar una decisión, llevar a cabo una tarea, cuando debe hacerse efectiva una nueva fase en el devenir viviente del hombre y se produce una ruptura de la forma espiritual interior.(…)”

“Es necesario saber soportar, llevar sobre sí esta buena melancolía. De ella surge la obra, el devenir y todo es transformado. Si no es soportada, el hombre no encuentra la fuerza para concentrarse en la obra y recogerse en el devenir. Si no tiene la grandeza de espíritu para sacrificarse, la audacia de la renuncia, si no tiene la fuerza necesaria para abrirse camino, si no logra producir lo que quiere o desarrolla sólo en parte, entonces surge la segunda forma de melancolía, la mala. Consiste en el sentimiento de que lo eterno no ha alcanzado la figura que debía, en la consciencia de haber fallado, de haber jugado y perdido. En ella se traduce el sentimiento de peligro de estar perdido, porque no se hizo lo que se imponía como tarea, y esto significa salvación eterna o condenación eterna. Debería ser llevado a cabo en el tiempo que se escurre y no puede ser recuperado. Esta melancolía tiene un carácter distinto. Es mala . Puede conducir a la pérdida de la esperanza, a la desesperación, en la cual el hombre se da por vencido y considera perdida definitivamente la potencia.(…)”

“Pero todo esto significa que el sentido del hombre está en ser un límite viviente, de asumir esta vida situada en el límite y soportarla en toda su extensión. De tal modo el hombre permanece en la realidad, está libre de falsos encantamientos, ya sea de una unidad inmediata con Dios como de una identidad inmediata con la naturaleza. De ambos lados hay un abismo, una grieta. El camino hacia la naturaleza está quebrado por hallarse el hombre bajo la responsabilidad divina. Por eso toda su relación con la naturaleza está sometida a la mirada del espíritu, al deber de la dignidad que encierra dicha responsabilidad. Su camino hacia Dios está quebrado porque el hombre es sólo criatura, por tanto debe, por esencia, dirigirse a Dios en ese acto que es a la vez separación y unión: en la adoración y obediencia. Toda afirmación sobre Dios que no culmine en un acto de adoración es falsa, y falsa es igualmente toda actitud respecto a Dios que no tome la forma de obediencia.

Es en esta disposición de espíritu donde se perfila la actitud propia del hombre. La actitud del “límite”, que es la actitud de la realidad.

Es veracidad, valentía y paciencia. Paciencia ante todo. La verdadera solución llega, por cierto, en primer lugar, de la fe, del amor de Dios.

Sólo el misterio de Gethsemani -y por detrás el sombrío misterio del pecado con todas sus consecuencias- da la verdadera respuesta: que el Señor “estuvo triste hasta la muerte” y que llevó la pesada carga hasta lo último, conforme a la voluntad del Padre. Sólo en la cruz de Cristo se encuentra la solución para la indigencia de la melancolía. (…)”

Un poco larga la cita… pero si les interesó los invito a leer el texto completo: se va a entender mucho mejor y van a encontrar varios conceptos que aquí omití. Su título es “Acerca del significado de la Melancolía” y lo encuentran en esta dirección. Creo que tenemos que animarnos a perder un rato tratando de leer buenos autores. Y tanto Guardini como Kierkegaard son de los mejores que ha dado el cristianismo.

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