Los mansos… poseerán la tierra

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Lo que afirmás es cosas de “giles”, me diría cualquier vecino mío si le dijera, de improviso, algo así como que “los mansos heredarán la tierra”. En mi barrio se trata de gil a una persona inocentona, que vive en las nubes sin pisar en la realidad. Y pensar que la mansedumbre puede tener una recompensa es… por lo menos… una cuestión de tontos o de niños.

Y sin embargo Jesús se mandó esa afirmación en el Sermón del Monte. Y encima nos dijo que los mansos serán bienaventurados… felices. Si hay algo que no tenemos dudas es de que Jesús no era un inocentón. Conocía muy bien el corazón del hombre y los secretos de todas las cosas. Por algo es la “Palabra que se hizo carne” (Jn 1,14). Entonces vale la pena que nos detengamos a discernir qué y porqué dijo lo que dijo con promesa de felicidad.

Qué significa la palabra manso

Los estudiosos de la Biblia nos recuerdan que la palabra griega (el texto original de Mateo que nosotros tenemos está en ese idioma) puede estar relacionado con una palabra aramea (que era el idioma en el que hablaba Jesús) que tiene un significado doble. Por una parte se podría traducir como pobre (miserable) y por la otra como manso (dulce). Como la bienaventuranza anterior trata de los pobres (humildes), se deduce que la siguiente está correctamente traducida por manso. Este detalle es muy interesante porque nos hace descubrir, sobre todo en varias citas del Antiguo Testamento, el uso que esta tiene.

En español por manso entendemos algo que es bueno, suave, tranquilo. Los animales mansos son los que están domesticados. Las aguas mansas son las que bajan tranquilas y apacibles. Esto nos puede hacer pensar que el hombre manso es aquel que es incapaz de revelarse, que se encuentra impasible frente a todo. De esta manera podemos pensar que es una virtud pasiva, que no nos mueve a la acción y nos transforma en pusilánimes. De hecho nuestro mundo prefiere al conquistador, al que es capaz de revolucionar las cosas, al que tiene éxito porque arremete contra la realidad y la transforma de acuerdo a sus necesidades. Si esto es así… de una que nos repugna de entrada escuchar semejante bienaventuranza en labios de Jesús.

Jesús invita a imitarlo

Las bienaventuranzas, nos enseña el Catecismo, son actitudes que Jesús nos enseña porque las ha vivido. Es una enseñanza que se basa en su testimonio existencial. Y esta no es la excepción.
Pero, podemos ir mucho más allá todavía. Jesús invita a imitarlo sólo en tres actitudes concretas. La primera, que es la fundamental, es el amor: “ámense los unos a los otros así como yo los he amado” (Jn 13,34). Pero también tiene otra indicación que a veces solemos olvidar: “aprendan de mí, porque soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29).

La mansedumbre de Jesús no solamente es enseñada y vivida por él. Es recomendada como algo digno de imitar. Y si la Palabra nos lo recomienda… no debe ser la actitud de los tontos o pusilánimes precisamente.

Nuestra religiosidad popular, en sus imágenes y devociones, ha sabido destacar esta actitud de Jesús. Por eso la contemplación del Cristo Paciente, muchas veces representado como aquel que está sentado, con vestiduras rojas, corona de espinas, una vara en las manos, que suelen estar atadas (Mc 15,16-19). Es contemplar la profecía del justo que es llevado como manso cordero (Jr 11,19; Is 50,6-7; 53,3-5). Es meternos, en definitiva, en el corazón mismo de nuestra salvación, del amor sin límites con el que fuimos amados.

Pero… los violentos son alabados por Jesús

Si. Nos desconcierta cuando Jesús nos enseña que: “el Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan” (Mt 11,12). Quedamos algo aturdidos al escuchar la invitación a imitarlo en la mansedumbre y luego, en otro texto, invitarnos a ser violentos para arrebatar el Reino. O se contradice… o está hablando del mismo tema. ¿Cómo? Si, leyeron bien, del mismo tema.

Por lo pronto, y muy rápidito, hagamos simplemente constar que la violencia a la que se refiere aquí Jesús no es la que se ejerce contra el prójimo. Jesús aquí habla de la violencia que uno se hace a sí mismo. Es lo mismo que enseña, en otras partes, con la palabra conversión. La conversión supone una parte de renuncia al poder que la maldad y las malas inclinaciones pueden ejercer sobre nosotros. Este es el combate espiritual, la única violencia que Jesús nos invita a hacer. Y es la que nos hace mejores personas y mejores hermanos de nuestros semejantes.

Entonces… que nos hace mansos

La mansedumbre es una virtud que nos permite relacionarnos “bien” con los demás. Y tiene una función muy concreta dentro de nuestra vida. Nos ayuda a dominar la ira con la cual podemos reaccionar frente a personas o situaciones. Determinadas realidades hacen que perdamos la paciencia y reaccionemos mal, muy mal. A veces no son las situaciones sino nuestro carácter iracundo (agrio, “podrido”) el que nos impulsa. Frente a estas situaciones viene la virtud de la templanza, con su hija la mansedumbre, que pone cierto freno en el obrar.

Así nos damos cuenta de que la mansedumbre no es una virtud pasiva, propia de quedados, sino que supone una fuerza de carácter para no dejarnos dominar por nuestro mal carácter. La mansedumbre nos ayuda a ver claramente y a actuar de acuerdo a la verdad que hemos conocido. La ira nos nubla la razón y deja que la única ley sea la de los puños, la del más fuerte. La mansedumbre, así, nos hace ser dueños de nosotros mismos. Señor de mi vida, como lo fue Jesús al aceptar libremente la pasión, con todo lo que eso conllevaba (Mt 26,39).

Por eso la violencia que ejerzo para convertirme se ve reflejada en la mansedumbre de un actuar concreto que no se deja ganar por la ira (que es la violencia mala que Jesús no quiere para nuestra vida).

Una promesa: poseer la tierra en herencia

La Bienaventuranza que nos enseña Jesús está preanunciada por el Salmo 37,11 que dice “los humildes poseerán la tierra y gozarán de una gran felicidad.” Y todo el salmo es un canto a la mansedumbre.

“Descansa en el Señor y espera en él; no te exasperes por el hombre que triunfa, ni por el que se vale de la astucia para derribar al pobre y al humilde. Domina tu enojo, reprime tu ira; no te exasperes, no sea que obres mal; porque los impíos serán aniquilados, y los que esperan al Señor, poseerán la tierra. Un poco más, y el impío ya no existirá; si buscas su casa, ya no estará” (Sal 37, 7-10)

Es un salmo que nos invita a vivir desde la fe y la confianza en la mano poderosa del Altísimo, quién nunca defrauda a los que ponen su confianza en Él. Los invito a que lo lean y mediten completo desde sus Biblias.

Entonces…

Si, lo podemos decir con todas las letras: los “giles” no pueden ser mansos porque para ser mansos hay que tener una fuerza de voluntad que el pusilánime no posee. La mansedumbre que Jesús practica y enseña es una fuerza que, al dominar la ira, nos ayuda a vivir en profundidad el amor. Por eso es nuestra obra pero, antes que nada, la gran obra que el Espíritu Santo hace en nosotros cuando nos dejamos gobernar por sus mociones. Por eso produce felicidad eterna (bienaventuranza) que se refleja en la paz y armonía del buen vivir cotidiano.

(Sobre esto… y mucho más, hablaremos esta noche en nuestro programa de radio “Tupambaé“. Para sintonizarlo en vivo vean el afiche a pue de página)

4 Comentarios

  1. hermosas palabras me ayudo mucho a entender algo sobre la amnsedumbre que siemre me lo cuestionaba gracias Padre

  2. Gracias x sus palabras fueron las exactas,no entendía xq? a las personas que obran mal triunfan y logran todo lo que se proponen sin importar a quienes hacen daño, sin embargo sus palabras me volvieron a dar fuerzas para seguir confiando en Dios gracias x todo

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