Manantial de vida eterna

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Jesús, el Hijo de Dios encarnado, es fuente de vida eterna. Este es el gran mensaje que nos dejaron las lecturas de la Misa de este fin de semana. Particularmente, hoy prediqué sobre redescubrir en el signo del agua, bendecida por la presencia del Espíritu, el verdadero regalo: el don de la vida que calma nuestra sed más profunda, la sed de amor, belleza, realización… la sed de Dios.

En la homilía dejé (siempre quedan muchísimas cosas en el tintero porque el tiempo es corto) algo que me llamó particularmente la atención. Es la última respuesta de Jesús a la samaritana antes de preguntarle por el marido (esta es la traducción al español que leemos en la Argentina):

“El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna” (Jn 4,14)

Está claro lo que significa dicha agua: la presencia del Espíritu del Resucitado que nos eleva a la intimidad con Dios… desde ahora y hasta siempre.

Pero me llamó la atención que dice que esa agua será en nosotros un manantial. ¿Está relacionado con la expresión “agua viva” de la cual Jesús hablaba antes? Para el judío (tengo entendido) había dos clases de agua. El “agua muerta” es la que no corría, estaba estancada. En este caso concreto, la del pozo. En cambio el “agua viva” era la que fluía, como el río o, en este caso, el manantial. ¿Jesús hacía un juego de palabras para graficar lo que se produce en nuestro interior cuando nos abrimos por la fe a la presencia de Dios? En este sentido, muy lindo es lo que se rezó en el prefacio de la Misa:

“El mismo, cuando pedía a la Samaritana que le diera de beber, ya había infundido en ella el don de la fe; y si quiso tener sed de la fe de esa mujer fue para encender en ella el fuego de su amor divino.”

Aunque no me convence que sólo sea esto. Me explico. El manantial tiene la virtud de salir de si para darse al otro: su tesoro enriquece al otro. Si el agua que el Señor se convierte en nosotros en manantial, entonces debe fluir, comunicarse, compartirse. Y, en ese compartir, riega a los que los rodean.

¿Estará, entonces, relacionado con estas otras palabras de Jesús a sus discípulos?:

“Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres.

Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa. Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo.” (Mt 5,13-16)

Si fuera así, como en verdad me parece que puede ser, hay una promesa grandiosa y tremenda en las palabras de Jesús.

Llenarnos de su agua viva produce en nosotros la salvación eterna. Pero, a la vez, nos transforma en un manantial de salvación para los que nos rodean. No porque podamos salvar a alguien, sino porque se derrama lo que sobreabunda en nuestro corazón. Esa es la verdadera misión de la Iglesia (todos los bautizados) en el mundo: irradiar el amor de Dios que posee como un tesoro. En verdad… grandioso y tremendo. Porque sin no damos nos empobrecemos sin remedio. Espero no ser, como la imagen, alguien que por no compartir se secó.

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