“Malgastó sus bienes”

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(Es continuación de una serie de entradas que comienzan aquí.)

Por el lado humano podríamos rumbear para el tema del la sociedad de consumo. También podríamos comentar sobre el uso de las cosas creadas y la destrucción del medio ambiente, en una tónica ecologista. Se los dejo para que lo expresen ustedes.

Quiero detenerme, más bien, en la relación de este hijo con el Padre, es decir, en nuestra relación con Dios. Cuando comenzamos la aventura de irnos de la casa del Padre, seguimos viviendo todavía de rentas, de la riqueza que hay nuestro corazón por la presencia viva y operante del Señor en nuestras vidas. Pero el partir tiene sus costos. Porqué estamos en “un país lejano” vamos consumiendo poco a poco todas nuestras “riquezas”. Y entramos en un período que s podría definir como “noche negra”. San Ignacio de Loyola habla de la “desolación”. Da reglas para hacer un correcto discernimiento de espíritus. No es este el momento para hablar de ellas. Solamente quisiera compartirle algo en lo cual describe la desolación producida por el mal espíritu:

“En las personas que van de pecado mortal en pecado mortal, acostumbra comúnmente el enemigo proponerles placeres aparentes, haciendo imaginar delectaciones y placeres sensuales, por más los conservar y aumentar en sus vicios y pecados…
Llamo desolación todo el contrario de la tercera regla, así como oscuridad del ánima, turbación en ella, moción a las cosas bajas y terrenas, inquietud de varias agitaciones y tentaciones, moviendo a infidencia, sin esperanza, sin amor, hallándose toda perezosa, tibia, triste y como separada de su Criador y Señor…”

Cuando dejamos la oración diaria, la frecuencia de los sacramentos, la meditación de la Palabra, el cultivo de todo lo que sea espiritual, es cuando comenzamos a entrar fuertemente a esa desolación espiritual fruto del pecado. Dios se hace lejano, Dios se hace ausente… vivo, pero no vivo porque El no vive en mí. Como todavía tengo algo de la “herencia”, me parece estar vivo… pero sólo es una máscara, un lindo sepulcro blanqueado.

Las “distracciones” me ayudan todavía a “pasarla bien”. Pero, ¿Qué me pasará cuando se agoten mis “bienes”? Ni quiero pensarlo… por ahora. ¡Disfrutemos el momento presente sin límites! ¡Vaciemos el vaso hasta la última gota! Generalmente no me doy cuenta de que estoy viviendo esta chanchada… es que es tan lindo “pasarla bien”…

La continuamos el próximo jueves.

1 Comentario

  1. Padre Fabián,

    yo puedo acercarle mi experiencia (pasada espero) de pecador empedernido y encallecido contra el sexto mandamiento. No sé si vivía en desolación espiritual. Pero puedo decirle que percibía el mundo de manera distinta. Totalmente distinta. Me costaba percibir a las personas como tales (cosa de la cual en ese momento no me daba cuenta). Me costaba ver a las personas. Y muy concretamente me costaba (y tal vez aún me cueste) ver a las mujeres como personas (en definitiva, veo en retrospectiva, las veía como ganado). Y ni siquiera como ganado real, pues lo mío era el espantoso vicio solitario. Era ganado de fantasía. Un horror.
    Y las pulsiones me resultaban incontrolables. Y trataba de plantearme disciplinas ascéticas, que nunca funcionaban, y en las que siempre fracasaba.
    Hasta que decidí confesarme (la primera vez me resultó muy violento, transpiré, se me congestionó la cara, no me salían las palabras), empecé a frecuentar los Sacramentos (si bien no tanto como debería), a rezarle a la Santísima Virgen, a llevar una Medalla Milagrosa, a rezar el Rosario (nuevamente, no con la frecuencia que debería). Y bueno, la niebla se empezó a levantar. Pulsiones incontenibles, casi diabólicas, que me hacían correr escalofríos y temblar, empezaron a aflojar, y prácticamente a desaparecer. Tanto que miro para atrás y digo "¿pero como pudo ser?".
    No sé si es esto lo que tendría en mente San Ignacio, pero bueno, es lo que me pasó.

    Le mando un saludo,

    Javier

  2. Dios es tan Misericordioso que nos tiende su mano, aún en la noche más oscura y aunque ya casi no nos queden restos de la gracia con la que nos creo.

    Nos acepta nuevamente, como hace el Padre del hijo pródigo. Cuando estamos en el fondo del pozo, en la noche más negra y desoladora, el alma clama tanto a su Creador que las lágrimas se convierten en un manantial donde brota la oración más conmovedora que alguna vez rezó.

    Y Dios viene pronto al encuentro nos abraza a su Ser y nos libera de tanta tiniebla y dolor.

    BENDITO SEAS, ALABADO Y GLORIFICADO POR SIEMPRE DIOS NUESTRO, POR TU INFINITA MISERICORDIA, POR TU AMOR SIN MEDIDA Y POR TU PODER SIN IGUAL.

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