Hoy celebramos la Fiesta de la Epifanía o, como le decimos popularmente, la fiesta de los Reyes Magos. Estos personajes venían desde el Oriente, posiblemente desde la antigua Persia. Paganos ellos, vieron en el cielo algún signo que los llevó a un peregrinaje hacia la Tierra Santa de Israel. Muchas cosas podríamos meditar de este pasaje del Evangelio de Mateo. Pero quiero quedarme con uno, que creo que es muy provechoso para alimentar nuestra fe desde sus mismas raíces.

La estrella los guía

Cuando la estrella que los guiaba desapareció, ellos entran a Jerusalén y preguntaron: “¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo” (Mt 2,2). Esta pregunta se hace realidad cuando “encontraron al niño con María, su madre, y postrándose, le adoraron” (2,11). Quedémonos con una sola palabra: adoración. Es la manera con la cual se relacionaron con el Niño Jesús. Ellos, paganos de nacimiento, percibieron el esplendor de la gloria encerrada en la pobreza de la humanidad recién nacida y rodeada de pajas. Y postrándose lo adoran.

La adoración de los magos

El Catecismo nos enseña que

“la adoración es el primer acto de la virtud de la religión. Adorar a Dios es reconocerle como Dios, como Creador y Salvador, Señor y Dueño de todo lo que existe, como Amor infinito y misericordioso. “Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él darás culto” (Lc 4, 8), dice Jesús citando el Deuteronomio. Adorar a Dios es reconocer, con respeto y sumisión absolutos, la “nada de la criatura”, que sólo existe por Dios. Adorar a Dios es alabarlo, exaltarle y humillarse a sí mismo, como hace María en el Magnificat, confesando con gratitud que Él ha hecho grandes cosas y que su nombre es santo. La adoración del Dios único libera al hombre del repliegue sobre sí mismo, de la esclavitud del pecado y de la idolatría del mundo (2096-2097).”

Nuestra manera habitual de acercarnos al Señor es a través de la oración de petición. Y no está mal que así sea, ya que el mismo Jesús nos enseñó a hacerlo (Mt 7,7). Pero corremos el riesgo de entrar en una “relación comercial” con Dios y, a veces, como niños nos enojamos cuando nuestras plegarias no son escuchadas de acuerdo a nuestros caprichos.

Por eso la adoración debe ser la base de toda nuestra relación con el Altísimo. La adoración es desinteresada y solo se “exalta la grandeza del Señor que nos ha hecho y la omnipotencia del Salvador que nos libra del mal (CIC 2628)”. Cuando esto ocurre, brotan de ellas la acción de gracias y la alabanza al Creador y Redentor por sus obras. Así se abona la confianza en la Providencia y, entonces, la oración de petición tiene su verdadero esplendor.

Actitudes…

“¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo”, fue la pregunta y la actitud de estos paganos frente al Niño Dios. ¿Es la actitud de nosotros, creyentes cristianos, frente al Pesebre y al Cristo Eucarístico?

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Sacerdote. Párroco. Viejo bloguero que sigue utilizando las redes para evangelizar. En las buenas y en las malas... ¡hincha de River!