La pobreza de la democracia

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Es el título que le pone a su artículo un ¿teólogo? brasilero. Allí dice que:

La democracia no puede ser antropocéntrica, pensando sólo en los humanos como si viviésemos en las nubes y solos, sin darnos cuenta de que comemos, bebemos, respiramos y estamos sumergidos en la naturaleza de la cual dependemos. Hay que articular los dos contratos, el social con el natural; incluir la naturaleza, las aguas las bosques, los suelos, los animales como nuevos ciudadanos que tienen derechos de existir con nosotros, especialmente los derechos de la Madre Tierra. Se trata entonces de una democracia socio-cósmica, en la cual los seres humanos conviven con los demás seres, incluyéndolos y no haciéndoles daño. El PT de Acre nos mostró que eso es posible al articular ciudadanía con florestanía, es decir, la selva respetada e incluida en el vivir bien de los pueblos de la selva.

¿Utopía? Sí, en su mejor sentido, mostrando el rumbo hacia el que debemos caminar de aquí en adelante, dados los cambios ocurridos en el planeta y en el encuentro inevitable de los pueblos.”

Otro “teólogo” contemporáneo hace unos días dijo esto:

“Si los principios éticos que sostienen el proceso democrático no se rigen por nada más sólido que el mero consenso social, entonces este proceso se presenta evidentemente frágil. Aquí reside el verdadero desafío para la democracia…

Así que, el punto central de esta cuestión es el siguiente: ¿Dónde se encuentra la fundamentación ética de las deliberaciones políticas? La tradición católica mantiene que las normas objetivas para una acción justa de gobierno son accesibles a la razón, prescindiendo del contenido de la revelación. En este sentido, el papel de la religión en el debate político no es tanto proporcionar dichas normas, como si no pudieran conocerlas los no creyentes. Menos aún proponer soluciones políticas concretas, algo que está totalmente fuera de la competencia de la religión. Su papel consiste más bien en ayudar a purificar e iluminar la aplicación de la razón al descubrimiento de principios morales objetivos. Este papel “corrector” de la religión respecto a la razón no siempre ha sido bienvenido, en parte debido a expresiones deformadas de la religión, tales como el sectarismo y el fundamentalismo, que pueden ser percibidas como generadoras de serios problemas sociales. Y a su vez, dichas distorsiones de la religión surgen cuando se presta una atención insuficiente al papel purificador y vertebrador de la razón respecto a la religión. Se trata de un proceso en doble sentido. Sin la ayuda correctora de la religión, la razón puede ser también presa de distorsiones, como cuando es manipulada por las ideologías o se aplica de forma parcial en detrimento de la consideración plena de la dignidad de la persona humana. Después de todo, dicho abuso de la razón fue lo que provocó la trata de esclavos en primer lugar y otros muchos males sociales, en particular la difusión de las ideologías totalitarias del siglo XX. Por eso deseo indicar que el mundo de la razón y el mundo de la fe -el mundo de la racionalidad secular y el mundo de las creencias religiosas- necesitan uno de otro y no deberían tener miedo de entablar un diálogo profundo y continuo, por el bien de nuestra civilización.”

Es evidente que el primer teólogo se ha “liberado” de Dios para proponer un mensaje profundamente ecológico-humanista. El segundo, en cambio, cree que sin Dios no es posible crecer en la armonía humana y planetaria. Me queda una pregunta: ¿cuál de los dos es auténtica y profundamente católico? Bah, no me queda ninguna duda. El primero es “muy popular” en los círculos progresistas de intelectuales y medios de comunicación. El segundo, tildado de retrógrado conservador por esos “círculos”, sigue haciendo lo que hace tiempo le pidió el Maestro: “confirma a tus hermanos” (Lc 22,32)

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