La noche oscura de la Madre Teresa

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“El amor, para que sea auténtico, debe costarnos.” Parece una frase tierna y linda, como, para ganar el corazón por cinco minutos y repetirla luego como una frase celebre cuando quisiéramos consolar a alguien. Pero en esta semana hemos aprendido que es algo más que una frase: expresa el camino espiritual de una creyente: la Madre Teresa de Calcuta.

¿Acaso hay alguien que pueda hablar del amor desinteresado, concreto y constante al prójimo necesitado con más autoridad que esta mujercita? Cuando uno se aproxima a su obra queda extasiado. Como se las arregló para hacer caridad allí donde el hombre era despreciado. Qué tenía para no desesperar ante tanta miseria humana y para contagiar su fuerza a otras cuatro mil quinientas mujeres que, hoy, continúan su tarea. Desde estos interrogantes uno se asoma a las profundidades de su corazón y encuentra el sentido de todo lo que le pasaba: “nuestros sufrimientos son caricias bondadosas de Dios, llamándonos para que nos volvamos a Él, y para hacernos reconocer que no somos nosotros los que controlamos nuestras vidas, sino que es Dios quien tiene el control, y podemos confiar plenamente en Él.” Palabras de una santa que tienen la fuente de todo su obrar en el Señor.

En todo esto nuestra admiración por su obra y una sana envidia para alguien a la cual, aparentemente, todo le salía de manera “natural”, sin grandes esfuerzos o contradicciones.

En este contexto nos hemos alegrado por el libro que se ha dado a conocer. “Madre Teresa: ven y sé mi luz”. Son las cartas desconocidas, hasta para sus propias hermanas en religión, en las cuales comenta a sus directores espirituales sobre el estado de su alma. Allí la gran experiencia, vivida por grandes santos y explicada por excelentes autores de vida espiritual, se pone de manifiesto. Nos referimos a la profunda y constante noche espiritual que la marcó por muchísimos años. “Señor, mi Dios, ¿quién soy yo para que me abandones? […] Llamo, me aferro, quiero, pero nadie responde, nadie a quien agarrarme, no, nadie. Sola, ¿dónde está mi fe? Incluso en lo más profundo no hay nada, excepto vacío y oscuridad, mi Dios”.

No es la duda la que la asalta, sino la desolación de su alma, semejante al grito de Jesús en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿porque me has abandonado?” Por esto no se desalienta en sus actividades, como ella misma le escribía a sus hermanas: «Mis queridas hijas, sin sufrimiento, nuestro trabajo sería sólo trabajo social, muy bueno y útil, pero no sería la obra de Jesucristo, no participaría de la redención. Jesús deseaba ayudarnos compartiendo nuestra vida, nuestra soledad, nuestra agonía y muerte. Todo esto él lo asumió en sí mismo, y le llevó a la noche más oscura. Sólo siendo uno de nosotros nos podía redimir. A nosotros se nos permite hacer lo mismo: toda la desolación de los pobres, no sólo su pobreza material, sino también su profunda miseria espiritual deben ser redimidas y debemos compartirlas; rezad entonces así cuando esto os resulte difícil: “Quiero vivir en este mundo que está lejos de Dios, que se ha alejado tanto de la luz de Jesús, para ayudarle, para cargan con una parte de su sufrimiento”»

Cada vez me convenzo más. La Madre Teresa es una santa para admirar por sus obras y por su fe, que no siente, pero sabe del Amor de Dios. Por eso amó como amó y obró lo que obró.

1 Comentario

  1. Padre,que testimonio el de la Madre Teresa…
    Vi que autorizò a reenviar estos escritos asì que pase alguno.
    Dios te bendiga.

  2. Hermoso, lo felicito. Me vienen como anillo al dedo las palabras de la Madre Teresa y lo que usted escribió.

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