La luz eterna destruyó las tinieblas

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Cada Semana Santa algún aspecto de su celebración me llega de alguna manera en particular. Este año la celebré en la Capilla Santa María de los Ángeles. Las ceremonias fueron muy sencillas pero con una participación muy buena de los miembros de esa pequeña comunidad. Lo que más me impactó fue toda la liturgia de la luz de la Vigilia Pascual. Pero como su simbolismo también se prolongaba en la Liturgia de la Palabra y en la Liturgia del agua. (Para quienes nunca participaron, pueden leer aquí como es su desarrollo.) La ceremonia de ese día comienza en la noche de vísperas del Domingo de Resurrección. Se elige un lugar fuera del Templo y se hace allí una gran fogarata. Este año la prepararon unos expertos en el tema: el grupo scouts Juan Pablo II. Mientras el Templo permanece vacío y a oscuras, la comunidad se reúne cerca del fuego encendido. El sacerdote hace una breve introducción y bendice el fuego con esta oración:

Dios nuestro, que por medio de tu Hijo has dado a tus fieles el fuego de tu luz, santifica (+) este fuego nuevo y concédenos que, por esta celebración pascual, seamos de tal manera inflamados con los deseos celestiales, que podamos llegar con un corazón puro a la fiesta de la luz eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Luego toma un estilete y marca sobre el cirio pascual una cruz, las letras griegas alfa y omega y los números del año en curso, con estas palabras:

Cristo ayer y hoy,

Principio y Fin,

Alfa

y Omega.

A Él pertenecen el tiempo

y la eternidad.

A Él la gloria y el poder,

por los siglos de los siglos. Amén.

Luego coloca cinco granos de incienso en forma de cruz, mientras dice:

Por sus llagas

santas y gloriosas

nos proteja

y nos conserve

Cristo el Señor. Amén.

Entonces el sacerdote enciende el cirio pascual tomando la llama del fuego nuevo, mientras dice:

Que la luz de Cristo gloriosamente resucitado disipe las tinieblas de la inteligencia y del corazón.

Entonces tomé el cirio encendido y comienza una procesión hacia el Templo. Al comenzar lo eleva y canta (“anuncia” en mi caso, porque si canto se van todos de la ceremonia…): “La luz de Cristo”. A lo cual el pueblo responde: “Demos gracias a Dios”. A la entrada del Templo se vuelve a repetir el canto. Entonces dos acólitos toman luz del Cirio Pascual y comienzan a compartirla con la comunidad. Lentamente se va ingresando al Templo que va perdiendo su oscuridad por las velas encendidas de los fieles. Al llegar al Altar (el sacerdote suele esperar un momento a que ingrese la mayoría de los concurrentes) se canta por tercera vez la fórmula y se encienden las luces de la nave del templo (para que me entiendan, la parte dónde están los bancos para que el pueblo de Dios participe). Entonces el sacerdote pone el cirio en su pedestal, lo inciensa y luego canta (proclama en mi limitado caso) el Pregón Pascual (para quienes quieran releerlo y escucharlo, lo pueden hacer en el blog del Hermano Claudio). Con esto se finaliza esta parte primera de la celebración llamada “Lucernario”.

Continúa con la Liturgia de la Palabra. En este caso se leen siete lecturas del Antiguo Testamento con su correspondiente salmo y una oración por el sacerdote. Allí se repasa la historia de la salvación: la creación del mundo, la elección y alianza con Israel, el accionar del los profetas y las promesas de plenitud hechas a los judíos. Concluida la séptima lectura se canta el Gloria, acompañado de los repiques de todas las campanas y campanillas del Templo. En ese mismo momento los acólitos toman fuego del Cirio y prenden las velas del altar, mientras que se encienden todas las luces del Presbiterio (para que se ubiquen, es el lugar dónde están el altar, el ambón y la sede desde dónde el sacerdote preside la celebración) Así se lee la lectura del Nuevo Testamento (una carta de San Pablo), se entona el Aleluya y se proclama el Evangelio de la Resurrección.

Esto da paso a la tercera parte de la ceremonia: la Liturgia del Agua. Se bendice el agua que se usará en los bautismos de la comunidad y el agua bendita común que los fieles podrán llevar a sus casas. (Puede ser que haya algún bautismo de adulto en este momento, en nuestro caso no). Entonces los acólitos, tomando nuevamente la luz desde el Cirio, la comparten con los presentes que, con la vela encendida en sus manos, renuevan las promesas bautismales.

Concluye la ceremonia con la Liturgia Eucarística de costumbre, con algún agregado como el solemne saludo a la Virgen.

Bueno… esto siempre ha sido así en los 17 años que llevo de cura (y en mis siete años de seminario y en los ocho años que hice de acólito en las pascuas de mi parroquia). Entonces… ¿qué? Tres cosas me han tocado el corazón, no como una verdad intelectual descubierta sino como una vivencia de la celebración.

La primera, toda la ceremonia del Lucernario. El mundo circundante está oscuro. Y allí se alza victoriosa una gran novedad, la luz de Cristo rompe las tinieblas: de la humanidad, del corazón, del sinsentido de la nada vacía, de la ignorancia del destino final, del sentido de los actos cotidianos… El templo está oscuro. Pero entrará el cirio y las luces de la comunidad (Iglesia) y las tinieblas se romperán. Me acordé en ese momento de lo que decía el Concilio Vaticano II (LG 1):

Luz de los Pueblos es Cristo. Por eso, este Sagrado Concilio, congregado bajo la acción del Espíritu Santo, desea ardientemente que su claridad, que brilla sobre el rostro de la Iglesia, ilumine a todos los hombres por medio del anuncio del Evangelio a toda criatura (cf. Mc 16, 15). Y como la Iglesia es en Cristo como un sacramento o señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano, insistiendo en el ejemplo de los Concilios anteriores, se propone declarar con mayor precisión a sus fieles y a todo el mundo su naturaleza y su misión universal. Las condiciones de estos tiempos añaden a este deber de la Iglesia una mayor urgencia, para que todos los hombres, unidos hoy más íntimamente por toda clase de relaciones sociales, técnicas y culturales, consigan también la plena unidad en Cristo.

El mundo puede decir lo que quiera, se lo respetamos cuando hablan y actúan en conciencia. Pero tenemos la firme convicción de que sin la luz del Señor Jesucristo y su Iglesia, permanecerá en la oscuridad frente al sentido último de todas las cosas.

Lo segundo lo comprendí cuando se leía la tercera lectura (el cruce del mar Rojo). La proclamaba Esther, una Ministra de la Comunión de unos… años (no digo su edad, porque las mujeres se enojan, pero tiene el número de la perfección con un cero detrás…). Como el presbiterio no estaba iluminado más que con la luz indirecta que provenía de la nave, al Libro de la Palabra… costaba leerlo. Cuando se lo acercaba, se le alejaba el micrófono y cuando se acercaba al aparatito le costaba leer. Entonces me di cuenta de que también a mi me costaba leer las oraciones que iban luego de las lecturas. Y el resto de los lectores… mismo problema. Hasta que se cantó el Gloria (una alabanza a la Trinidad cuyo rostro nos lo reveló Jesús y es una consecuencia directa, para nosotros, de la resurrección) y las luces del presbiterio (junto a las velas del altar) se prendieron. Entonces fue más fácil leer la Palabra, que hasta ese momento era legible, pero con dificultad. Me di cuenta, entonces, que el Pueblo de Israel tiene en depósito la Revelación primera, pero que no termina de ser legible en su totalidad si no es a la luz del Resucitado. Como dice el Concilio (DV 4):

Después que Dios habló muchas veces y de muchas maneras por los Profetas, “últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo”. Pues envió a su Hijo, es decir, al Verbo eterno, que ilumina a todos los hombres, para que viviera entre ellos y les manifestara los secretos de Dios; Jesucristo, pues, el Verbo hecho carne, “hombre enviado, a los hombres”, “habla palabras de Dios” y lleva a cabo la obra de la salvación que el Padre le confió. Por tanto, Jesucristo -ver al cual es ver al Padre-, con su total presencia y manifestación personal, con palabras y obras, señales y milagros, y, sobre todo, con su muerte y resurrección gloriosa de entre los muertos; finalmente, con el envío del Espíritu de verdad, completa la revelación y confirma con el testimonio divino que vive en Dios con nosotros para librarnos de las tinieblas del pecado y de la muerte y resucitarnos a la vida eterna.

La economía cristiana, por tanto, como alianza nueva y definitiva, nunca cesará, y no hay que esperar ya ninguna revelación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor Jesucristo (cf. 1 Tim 6,14; Tit 2,13).

Lo tercero, vino con la renovación de las promesas bautismales. Allí, no solamente la Iglesia en general, como Cuerpo de Cristo, sino cada uno de nosotros hemos sido iluminados por Cristo en el Bautismo. Y las palabras del mismo Jesús son una realidad (Mt 5, 14-16):

Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña.

Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa.

Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo.

¡Qué maravilla! Podría resumirlo así: Jesucristo la luz del mundo. En Cristo, la Iglesia luz del mundo. En mi pertenencia a Cristo por la Iglesia, yo luz del mundo. ¡Qué compromiso de vida!

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