La Iglesia de Paraná según Luis María Serroels

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Es un periodista para ser leído con asiduidad. Ya sea por su inteligencia y perspicacia para contemplar y comunicar la realidad cotidiana. Pero también porque es una persona de fe y escribe semanalmente en un periódico no precisamente afín a lo religioso. Esto hace que sus apreciaciones sean el doblemente valiosas.

Su último artículo se titula: Iglesia: apertura y mea culpa. Pugilismo verbal peronista. Tierras: blooper presidencial. La primera parte comienza con una presentación del mensaje del nuevo Arzobispo de Paraná. Parece que le ha caído en gracia. Dice:

Las reflexiones del Arzobispo dejan jugosos elementos y en algunos aspectos no son novedosas. Por ejemplo, cuando se habla de la declinación en la fe que se advierte y que es sencillo descubrir en cada oficio cuando sobran lugares en los bancos de los templos. Pero especialmente, la menguada concurrencia de jóvenes enciende una luz de alarma.

Luego continúa citando al Cardenal Karlic y a otros prelados argentinos para retomar la palabra de Mons. Puiggari. Entonces hace un análisis de nuestra realidad eclesial local. Se las transcribo:

Se observan en muchos casos, sermones poco seductores, carentes de un contenido de denuncia que impulse al análisis en el seno del hogar y la familia. No se trata solamente de mantener la fe de los creyentes, sino de atraer y entusiasmar mediante la trasmisión de la palabra de Dios a los que no se deciden a ingresar a los templos. Aunque la acción misionera no es exclusiva de los clérigos sino de todo cristiano, es en las iglesias donde se debe poner el mayor acento, cuidado y empeño. Porque se dan casos de homilías que evaden la realidad, con cierto manejo deficitario del idioma nacional y, peor aún, con sesgos rituales que los fieles creían superados (se ha llegado a oficiar la misa con tramos en latín, aún en los salmos básicos entonados, donde los creyentes asisten pasivamente como si estuvieran en una sala escuchando un coro, alejados de una directa participación). Esa inclinación hacia un período preconciliar perimido, resulta anacrónica y ciertamente peligrosa. Y es un factor a tener en cuenta al momento de diseñar líneas pastorales efectivas, poniendo el tono de la retórica a la altura de las ansiedades y problemáticas actuales de una sociedad en permanente cambio.

Según ciertas encuestas, el 90 por ciento de los argentinos cree en Dios pero la cantidad de católicos es cada vez menor y sólo la quinta parte concurre regularmente a misa, por eso es lógica la preocupación de la estructura institucional de este credo. El problema va más allá de la deserción de fieles, sino que alcanza a la falta de compromiso con los valores cristianos de las nuevas generaciones.

La actitud del nuevo Arzobispo paranaense es muy clara y hasta podría calificarse como alentadora para los integrantes de su Arquidiócesis. Tan alentadora como la masiva concurrencia a los templos durante la Semana Santa, aunque el objetivo es lograr que no se produzca únicamente para estas celebraciones ecuménicas.

Pero las bases de esta suerte de recuperación que se propone, no deben perder de vista algunos interrogantes. ¿Se tiene absolutamente todo el conocimiento sobre la realidad social fuera de la parroquia? ¿Bastan los elementos recogidos en esa suerte de encuesta irrefutable que es cada acto de confesión? La pureza doctrinal no supone tener que elevarse del suelo como un haliscafo, sino posar fuertemente las plantas en él. Lamentablemente no todos los predicadores lo han comprendido.

El poder político no vacila en atacar y descalificar a las instituciones confesionales cuando se les denuncian desigualdades sociales y desde el altar se les condena a los diseñadores de la economía sus perversos modelos de exclusión (“la educación es la base de la inclusión social”, dijo Puíggari). Pocos tienen en cuenta la tarea pastoral que se realiza en los rincones más aislados. Son ellos hospitales, cárceles, orfelinatos, comedores y otros sitios que reclaman solidaridad y donde hombres y mujeres consagrados, junto a un laicado comprometido, asisten a enfermos, reclusos y familias abandonadas en villas paupérrimas en que el Estado se muestra ausente. Cómo no mencionar también la tarea educacional en todos los niveles. Todo ello constituye un testimonio que debe prevalecer.

Muchos políticos que habitualmente no se comprometen y se desentienden del pensamiento religioso, en un inusitado ataque de fe acuden a visitar a los obispos cuando comienza un período electoral. Ya es un clásico de las campañas proselitistas.

Es cierto que a lo largo de la historia ha habido miembros eclesiales que han incurrido en quiebres morales que incluso los han llevado ante los jueces. Y que han cometido equivocaciones y desviaciones convalidando doctrinas de seguridad nacional mal entendidas que significaron ataques contra la dignidad humana, carentes de frenos éticos y de respeto por las leyes del hombre y de Dios. Y que además, han ocupado lugares en palcos indeseables.

A estos hechos toda la comunidad los conoce y la Iglesia los ha terminado aceptando. Pero no debe perderse de vista que ciertas cosas resultan más evidentes cuando más esporádicas. Los servicios humanitarios y solidarios que a diario prestan miles de entidades ligadas a ella en los sitios más críticos e inhóspitos y en las condiciones más desfavorables, son un dato irrefutable. Teresa de Calcuta y Juan Pablo II (el Papa de la humildad que este domingo será beatificado), marcaron un sendero que es imitado por miles de personas en el mundo. Esta cara del compromiso evangélico muchas veces no es tenida en cuenta por los detractores crónicos.

No debemos dejar pasar el pronunciamiento del Arzobispo sobre el creciente consumo de drogas. “Es una hipoteca social frente a la cual sólo hay parches”, sentenció, no sin antes involucrar a la dirigencia política (tan higiénica ella con su lavado de manos). De ahora en más, quienes se encuentren con Juan Alberto Puiggari en lugares insospechados de la ciudad, cualquiera sea de la condición socio-económica que allí impere, no deberán sorprenderse.

Para un verdadero examen de conciencia de nuestro ser y actuar eclesial. (Vale la pena leer el artículo completo desde el link de más arriba)

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