La eutanasia se puede disfrazar como protección de la dignidad en enfermos en situación terminal o de agonía

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Parece que se va a instalar el tema aprovechando el mar de fondo de las recientes internas. Ya el Diputado Miguel Bonasso está pidiendo que se trate sobre tablas en el Congreso. Al respecto, Clarín nos sitúa en el origen de este tema:

El debate resurgió con la difusión del caso de Camila, una nena de dos años que, por complicaciones derivadas del parto, no oye, no ve, no habla, no siente absolutamente nada. Su mamá, Selva Herbón, hace un desgarrador pedido: que la desconecten. Pese a que tres comités de bioética confirmaron que el estado de la chiquita es irreversible, en el Centro Gallego, donde está internada desde que nació en Estado Vegetativo Permanente, argumentan que sin ley no pueden hacerlo.

Frente a esto, el diligente diputado (que en realidad movió a la angustiada madre a que hiciera público y formal su pedido), se adelanta a plantear los problemas que deberá afrontar:

El diputado reconoce que puede haber prejuicios –sobre todo religiosos- que pueden atentar contra la aprobación de la ley, pero sostiene que “dependerá mucho del ánimo social”. Al respecto, considera que “es tan evidente que otorgarle una muerte digna a nuestros congéneres, a nuestros conciudadanos es un propósito tan noble, tan ajeno a cualquier interés, que yo creo que la inmensa mayoría de la sociedad lo ve con simpatía”.

Parece que el principal escollo seremos nosotros los católicos: algo que me pone muy orgulloso, porque, en el fondo, aquí se juega lo fundamental de los verdaderos derechos humanos. Vida digna y plena para todos no debe ser un deseo o un slogan vacío: debe ser el resultado de un compromiso generoso de cualquier ser humano.

Partamos sobre la enseñanza de la Iglesia al respecto. Como de costumbre, consultemos el Catecismo:

Aquellos cuya vida se encuentra disminuida o debilitada tienen derecho a un respeto especial. Las personas enfermas o disminuidas deben ser atendidas para que lleven una vida tan normal como sea posible.

Cualesquiera que sean los motivos y los medios, la eutanasia directa consiste en poner fin a la vida de personas disminuidas, enfermas o moribundas. Es moralmente inaceptable.

Por tanto, una acción o una omisión que, de suyo o en la intención, provoca la muerte para suprimir el dolor, constituye un homicidio gravemente contrario a la dignidad de la persona humana y al respeto del Dios vivo, su Creador. El error de juicio en el que se puede haber caído de buena fe no cambia la naturaleza de este acto homicida, que se ha de rechazar y excluir siempre (cf. Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. Iura et bona).

La interrupción de tratamientos médicos onerosos, peligrosos, extraordinarios o desproporcionados a los resultados puede ser legítima. Interrumpir estos tratamientos es rechazar el “encarnizamiento terapéutico”. Con esto no se pretende provocar la muerte; se acepta no poder impedirla. Las decisiones deben ser tomadas por el paciente, si para ello tiene competencia y capacidad o si no por los que tienen los derechos legales, respetando siempre la voluntad razonable y los intereses legítimos del paciente.

Aunque la muerte se considere inminente, los cuidados ordinarios debidos a una persona enferma no pueden ser legítimamente interrumpidos. El uso de analgésicos para aliviar los sufrimientos del moribundo, incluso con riesgo de abreviar sus días, puede ser moralmente conforme a la dignidad humana si la muerte no es pretendida, ni como fin ni como medio, sino solamente prevista y tolerada como inevitable. Los cuidados paliativos constituyen una forma privilegiada de la caridad desinteresada. Por esta razón deben ser alentados. (2276-2279)

Un texto breve que no es la mirada chiquitita de un fanático religioso (ya me veo venir el epíteto). Plantea el problema pero lo distingue del encarnizamiento terapéutico. El catecismo hace referencia a la declaración Iura et bona. Allí se dice esto:

II. La eutanasia

Para tratar de manera adecuada el problema de la eutanasia, conviene ante todo precisar el vocabulario.

Etimológicamente la palabra eutanasia significaba en la antigüedad una muerte dulce sin sufrimientos atroces. Hoy no nos referimos tanto al significado original del término, cuanto más bien a la intervención de la medicina encaminada a atenuar los dolores de la enfermedad y da la agonía, a veces incluso con el riesgo de suprimir prematuramente la vida. Además el término es usado, en sentido mas estricto, con el significado de “causar la muerte por piedad”, con el fin de eliminar radicalmente los últimos sufrimientos o de evitar a los niños subnormales, a los enfermos mentales o a los incurables la prolongación de una vida desdichada, quizás por muchos años que podría imponer cargas demasiado pesadas a las familias o a la sociedad.

Es pues necesario decir claramente en qué sentido se toma el término en este documento.

Por eutanasia se entiende una acción o una omisión que por su naturaleza, o en la intención, causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor. La eutanasia se sitúa pues en el nivel de las intenciones o de los métodos usados.

Ahora bien, es necesario reafirmar con toda firmeza que nada ni nadie puede autorizar la muerte de un ser humano inocente, sea feto o embrión, niño o adulto, anciano, enfermo incurable o agonizante. Nadie además puede pedir este gesto homicida para sí mismo o para otros confiados a su responsabilidad ni puede consentirlo explícita o implícitamente. Ninguna autoridad puede legítimamente imponerlo ni permitirlo. Se trata en efecto de una violación de la ley divina, de una ofensa a la dignidad de la persona humana, de un crimen contra la vida, de un atentado contra la humanidad.

Podría también verificarse que el dolor prolongado e insoportable, razones de tipo afectivo u otros motivos diversos, induzcan a alguien a pensar que puede legítimamente pedir la muerte o procurarla a otros. Aunque en casos de ese género la responsabilidad personal pueda estar disminuida o incluso no existir, sin embargo el error de juicio de la conciencia —aunque fuera incluso de buena fe— no modifica la naturaleza del acto homicida, que en sí sigue siendo siempre inadmisible. Las súplicas de los enfermos muy graves que alguna vez invocan la muerte no deben ser entendidas como expresión de una verdadera voluntad de eutanasia; éstas en efecto son casi siempre peticiones angustiadas de asistencia y de afecto. Además de los cuidados médicos, lo que necesita el enfermo es el amor, el calor humano y sobrenatural, con el que pueden y deben rodearlo todos aquellos que están cercanos, padres e hijos, médicos y enfermeros.

 III. El cristiano ante el sufrimiento y el uso de los analgésicos

La muerte no sobreviene siempre en condiciones dramáticas, al final de sufrimientos insoportables. No debe pensarse únicamente en los casos extremos. Numerosos testimonios concordes hacen pensar que la misma naturaleza facilita en el momento de la muerte una separación que sería terriblemente dolorosa para un hombre en plena salud. Por lo cual una enfermedad prolongada, una ancianidad avanzada, una situación de soledad y de abandono, pueden determinar tales condiciones psicológicas que faciliten la aceptación de la muerte.

Sin embargo se debe reconocer que la muerte precedida o acompañada a menudo de sufrimientos atroces y prolongados es un acontecimiento que naturalmente angustia el corazón del hombre.

El dolor físico es ciertamente un elemento inevitable de la condición humana, a nivel biológico, constituye un signo cuya utilidad es innegable; pero puesto que atañe a la vida psicológica del hombre, a menudo supera su utilidad biológica y por ello puede asumir una dimensión tal que suscite el deseo de eliminarlo a cualquier precio.

Sin embargo, según la doctrina cristiana, el dolor, sobre todo el de los últimos momentos de la vida, asume un significado particular en el plan salvífico de Dios; en efecto, es una participación en la pasión de Cristo y una unión con el sacrificio redentor que Él ha ofrecido en obediencia a la voluntad del Padre. No debe pues maravillar si algunos cristianos desean moderar el uso de los analgésicos, para aceptar voluntariamente al menos una parte de sus sufrimientos y asociarse así de modo consciente a los sufrimientos de Cristo crucificado (cf. Mt 27, 34). No sería sin embargo prudente imponer como norma general un comportamiento heroico determinado. Al contrario, la prudencia humana y cristiana sugiere para la mayor parte de los enfermos el uso de las medicinas que sean adecuadas para aliviar o suprimir el dolor, aunque de ello se deriven, como efectos secundarios, entorpecimiento o menor lucidez. En cuanto a las personas que no están en condiciones de expresarse, se podrá razonablemente presumir que desean tomar tales calmantes y suministrárseles según los consejos del médico.

Pero el uso intensivo de analgésicos no está exento de dificultades, ya que el fenómeno de acostumbrarse a ellos obliga generalmente a aumentar la dosis para mantener su eficacia. Es conveniente recordar una declaración de Pío XII que conserva aún toda su validez. Un grupo de médicos le había planteado esta pregunta: “¿La supresión del dolor y de la conciencia por medio de narcóticos … está permitida al médico y al paciente por la religión y la moral (incluso cuando la muerte se aproxima o cuando se prevé que el uso de narcóticos abreviará la vida)?”. El Papa respondió: “Si no hay otros medios y si, en tales circunstancias, ello no impide el cumplimiento de otros deberes religiosos y morales: Sí” [5]. En este caso, en efecto, está claro que la muerte no es querida o buscada de ningún modo, por más que se corra el riesgo por una causa razonable: simplemente se intenta mitigar el dolor de manera eficaz, usando a tal fin los analgésicos a disposición de la medicina.

Los analgésicos que producen la pérdida de la conciencia en los enfermos, merecen en cambio una consideración particular. Es sumamente importante, en efecto, que los hombres no sólo puedan satisfacer sus deberes morales y sus obligaciones familiares, sino también y sobre todo que puedan prepararse con plena conciencia al encuentro con Cristo. Por esto, Pío XII advierte que “no es lícito privar al moribundo de la conciencia propia sin grave motivo” [6].

 IV. El uso proporcionado de los medios terapéuticos

Es muy importante hoy día proteger, en el momento de la muerte, la dignidad de la persona humana y la concepción cristiana de la vida contra un tecnicismo que corre el riesgo de hacerse abusivo. De hecho algunos hablan de “derecho a morir” expresión que no designa el derecho de procurarse o hacerse procurar la muerte como se quiere, sino el derecho de morir con toda serenidad, con dignidad humana y cristiana. Desde este punto de vista, el uso de los medios terapéuticos puede plantear a veces algunos problemas.

En muchos casos, la complejidad de las situaciones puede ser tal que haga surgir dudas sobre el modo de aplicar los principios de la moral. Tomar decisiones corresponderá en último análisis a la conciencia del enfermo o de las personas cualificadas para hablar en su nombre, o incluso de los médicos, a la luz de las obligaciones morales y de los distintos aspectos del caso.

Cada uno tiene el deber de curarse y de hacerse curar. Los que tienen a su cuidado los enfermos deben prestarles su servicio con toda diligencia y suministrarles los remedios que consideren necesarios o útiles.

¿Pero se deberá recurrir, en todas las circunstancias, a toda clase de remedios posibles?

Hasta ahora los moralistas respondían que no se está obligado nunca al uso de los medios “extraordinarios”. Hoy en cambio, tal respuesta siempre válida en principio, puede parecer tal vez menos clara tanto por la imprecisión del término como por los rápidos progresos de la terapia. Debido a esto, algunos prefieren hablar de medios “proporcionados” y “desproporcionados”. En cada caso, se podrán valorar bien los medios poniendo en comparación el tipo de terapia, el grado de dificultad y de riesgo que comporta, los gastos necesarios y las posibilidades de aplicación con el resultado que se puede esperar de todo ello, teniendo en cuenta las condiciones del enfermo y sus fuerzas físicas y morales.

Para facilitar la aplicación de estos principios generales se pueden añadir las siguientes puntualizaciones:

— A falta de otros remedios, es lícito recurrir, con el consentimiento del enfermo, a los medios puestos a disposición por la medicina más avanzada, aunque estén todavía en fase experimental y no estén libres de todo riesgo. Aceptándolos, el enfermo podrá dar así ejemplo de generosidad para el bien de la humanidad.

— Es también lícito interrumpir la aplicación de tales medios, cuando los resultados defraudan las esperanzas puestas en ellos. Pero, al tomar una tal decisión, deberá tenerse en cuenta el justo deseo del enfermo y de sus familiares, así como el parecer de médicos verdaderamente competentes; éstos podrán sin duda juzgar mejor que otra persona si el empleo de instrumentos y personal es desproporcionado a los resultados previsibles, y si las técnicas empleadas imponen al paciente sufrimientos y molestias mayores que los beneficios que se pueden obtener de los mismos.

Es siempre lícito contentarse con los medios normales que la medicina puede ofrecer. No se puede, por lo tanto, imponer a nadie la obligación de recurrir a un tipo de cura que, aunque ya esté en uso, todavía no está libre de peligro o es demasiado costosa. Su rechazo no equivale al suicidio: significa más bien o simple aceptación de la condición humana, o deseo de evitar la puesta en práctica de un dispositivo médico desproporcionado a los resultados que se podrían esperar, o bien una voluntad de no imponer gastos excesivamente pesados a la familia o la colectividad.

— Ante la inminencia de una muerte inevitable, a pesar de los medios empleados, es lícito en conciencia tomar la decisión de renunciar a unos tratamientos que procurarían únicamente una prolongación precaria y penosa de la existencia, sin interrumpir sin embargo las curas normales debidas al enfermo en casos similares. Por esto, el médico no tiene motivo de angustia, como si no hubiera prestado asistencia a una persona en peligro.

Pueden leer lo que falta del documento desde aquí.

Esta noche en Tupambaé (FM Corazón; 104.1 de Paraná, de 22 a 24 hs) esbozaremos este tema. (Para los que preguntan siempre dónde escucharla en internet, les cuento que la radio está inaugurando nueva página pero todavía no transmite en vivo… posibilidad que está prevista y será implementada dentro de poco. Esta es la web)

 

 

1 Comentario

  1. yo pienso, querido Padre Fabián que esto habría que dejarlo muy claro “La interrupción de tratamientos médicos onerosos, peligrosos, extraordinarios o desproporcionados a los resultados puede ser legítima. Interrumpir estos tratamientos es rechazar el “encarnizamiento terapéutico”. Con esto no se pretende provocar la muerte; se acepta no poder impedirla. Las decisiones deben ser tomadas por el paciente, si para ello tiene competencia y capacidad o si no por los que tienen los derechos legales, respetando siempre la voluntad razonable y los intereses legítimos del paciente.”

    porque hay gente que, con muy buena intención, sostiene que hay que mantener a como dé lugar a la persona con vida y esto tampoco es cierto.

    La medicina paliatica ha adquirido, en la última década, una gran importancia, lo que es muy bueno… más que hablar de analgésicos (sí, el documento ya tiene sus anos), hablaría de medicina paliativa.

    Un amigo me había enviado el link (http://www.contexto.com.ar/nota/56883/un-caso-terrible-una-madre-pide-que-dejen-morir-a-su-hijita-de-2-anos.html) esta tarde, por eso sabía de este caso en Argentina. Lo que dice Rubén Revello, del Instituto de Bioética de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Católica Argentina, me parece muy bien y muy claro.

    (Lo que dice el otro prof. de la U Austral sinceramente no me gusta… no es bueno referirse así a la gente, ni herirla de esa forma, no creo que la mamá la considere un “animal”).

    Muchos saludos y muchas gracias!

  2. Gracias Marta por tu aporte.
    Creo que más allá de las palabras (tenés razón, el documento es de 1980) los conceptos son los que debemos mantener. Y los cuidados paliativos siempre tienen sus límites. Particularmente, he sido testigo de familias que se han endeudado por años por darle una semana más de su vida a sus seres queridos. De mi parte, se que es muy difícil ver morir a alguien cercano (mi mamá murió de cáncer) pero lo más difícil es aceptar que no se puede hacer nada.
    La medicina es un comercio, desgraciadamente en gran parte se la vive así, por eso lo del encarnizamiento terapéutico es importante tenerlo en cuenta para no caer en ello.
    Pero, sobre todo, hay que siempre darse cuenta que eso no me quita atender al enfermo terminal en sus necesidades básicas de alimentación y terapia del dolor: detrás de una falsa piedad que busca ahorrarse el estar cuidando a un prójimo enfermo se puede esconder un homicidio disimulado. Eso es lo terrible de este tema.

  3. así es… por estos pagos hay u movimiento que es bien importante, es el de los “hospicios” (que no son los hospiciosen castellano, sino algo diferente); hasta donde yo sé, viene de Inglaterra y ha pegado mucho en Europa continental:

    son casas (muchas veces, partes de hospitales) en que se ayuda a la gente a”morir bien”, con mucha medicina paliativa (que nos llega desde Escandinavia) y mucha asistencia espiritual, católicos y protestantes apoyan en gran medida este movimiento…

    me acuerdo perfectamente cuando nos contaste de la muerte de tu mamá, te mentiría si te niego que no lloré al leer el artículo… desde entonces, la encomiendo con frecuencia…

    yo creo que en vez de descalificar tanto (animales) lo que hay que hacer es ayudar y hacerlo con hechos, por ej., ayudando a morir bien, ese “despegarse” es algo que hay que aprender…

    Un abrazo!

  4. Cuando me enteré que el diagnóstico de la enfermedad de mi padre era cancer, decidí afrontarlo y decírselo, auque toda mi familia se oponía. Y cuando lo hice, me dijo que los médicos estaban equivocados, y despotricó por doquier… Era un hombre falto de Fe. No creía en nada, o nos quería hacer creer eso. Un día fui a pescar y estando en la costa me llamó para decirme exclusivamente que había tenido un sueño con mucha agua cristalina, pura, que se bañaba en ella, algo vivificador. y ahí supe que se acercaba el final. Sus últimos días fueron de lenta agonía. Recibió la extremaución y a las pocas horas murió. Ahora está gozando de esa agua cristalina que una vez me describió. No me cabe ninguna duda. Ojalá todos aceptemos nuestra cruz, hasta el último momento y que haya gente en el camino que ayude a llevarla, aunque Jesús muchas veces lo hace por nosotros. La eutanacia, entorpece ese camino, estorba de alguna manera el tránsito de esta vida.

  5. Recuerdo cuando el medico nos dijo que nuestro padre tenia cancer,fue muy dificil porque uno no quere ver sufrir al ser querido,pero entiende que es la ley de viva, se enfermo y en tre meses fallecio,en nuetra familia tengo una hermana enfermera y nuestra hija,tal es así que medico nos permitio la internacion domiciliaria lo cuidamos lo mimamos y cuando se acercaba el momento se fue cortando su respiracion tenia mucha paz y nosotros agradecidos a DIOS por darnos la oportunidad descubrir su presencia en medio de nosotros.recuerdo que tambien cuidaba a mi suegra desde asia un año por la enfermedad del mal de ALZHEIMER esa fue mas dificil recuerdo que no me conocia me echaba de su casa,me parecia que no podia ser no aceptaba lo que me estaba pasando tenia que cuidarla era la madre de esposo la abuela de mis hijos,luego de un tiempo quedo postrada tambien con internacion a domicilio,DIOS me dio la oportunidad de cuidarla como si fuera mi propia madre que fallecio cuando yo tenia cinco año.la eutanacia no nos permite que se cumpla la Volutad de DIOS.

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