Hace casi treinta años, entré en el Kiosco de revistas de mi pueblo. Todas las palabras están bien usadas. El kiosco, porque era el único. Funcionaba como anexo de una juguetería dónde también se vendían útiles escolares. Le decíamos «lo de Benito», aunque era por costumbre local, porque ya lo atendía su hijo José Luis. Tenía en ese tiempo unos 16 años. Me llamó la atención una revista, de esas de colección, que tenía como título: «La estrella de Belén». Desembolsado el precio, lo llevé a mi casa para proceder a su «estudio» (que bien que suena eso… en realidad fui a leerla).

Presentaba el relato bíblico de los magos de Oriente guiados por la estrella. Luego de analizar todos los argumentos para descartar que fuera una estrella (de esas que están en el cielo) o un planeta, o el sol, o la luna, o una nova, o supernova, o una estrella fugaz… luego de este descarte de posibilidades llevado a cabo con argumentos científicos… me dan la gran novedad, también «científica»: la estrella de Belén había sido un OVNI (Objeto Volador No Identificado, léase en correcto vulgo como Nave Extraterreste Piloteada por Seres Alinígenas). Recuerdo como si fuera hoy, aunque pasaron casi treinta años, mi reacción. Tiré la revista a un lado y exclamé a viva voz: ¡Que pavada! (léase estupidez, tontería, idiotez…).

Hoy, casi treinta años después de aquel hecho de lucidez mental de un adolescente, me digo: el mundo ha cambiado, es más racional, no se «compra» estas cosas. ¡Qué desilusión la mía al poner en Google: «la estrella de Belén es un ovni». En verdad el mundo no ha cambiado.

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Sacerdote. Párroco. Viejo bloguero que sigue utilizando las redes para evangelizar. En las buenas y en las malas... ¡hincha de River!