La cuaresma nos invita a ser ríos en plenitud

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Yo vivo en una ciudad que tiene el mismo nombre y está enclavada en las orillas de un gran río: el Paraná. Es tan grande que su nombre significa eso: “parecido al mar” (en guaraní). Por eso entre nosotros no nos animamos a decirles río a “cualquier cosa”, como por ejemplo, el de la foto o esos otros a los cuales los cordobeses le ponen de nombre un número.

Nosotros somos respetuosos del Paraná y al de la foto le decimos “arroyo Doll”… como bajándolo de categoría. Pero los cordobeses no son agrandados. Simplemente saben usar el diccionario que así los define:

“Corriente de agua continua y más o menos caudalosa que va a desembocar en otra, en un lago o en el mar.”

Para ser río, entonces, no se necesita ser grande… se necesita tener agua que corra siempre. ¡Que maravilla!

Ríos de agua viva

Jesus tiene una palabra para nosotros en la cual describe lo que pasa en el creyente:

“El último día, el más solemne de la fiesta, Jesús, poniéndose de pie, exclamó: «El que tenga sed, venga a mí; y beba el que cree en mí». Como dice la Escritura: “De su seno brotarán manantiales de agua viva”. El se refería al Espíritu que debían recibir los que creyeran en él. Porque el Espíritu no había sido dado todavía, ya que Jesús aún no había sido glorificado.” (Jn 7,37-39)

Este texto está muy bien explicado en este blog de Rafael Sanz. Así que quién quiere profundizar en el significado de ese trocito de la Biblia allí lo puede hacer. Yo simplemente les comparto lo que la foto y la perícopa me sugieren.

La vida del católico es agua que fluye

Estamos viviendo en pleno la Cuaresma. Tiempo de conversión, de renovación interior y de las relaciones con Dios y los hermanos. Tiempo en el cual nos damos cuenta que el Agua Viva que está en nuestro interior se vuelve, muchas veces, en un pequeño chorrito… mas que río es un arroyo que fluye intermitente. Y, sobre todo, nos damos cuenta de que no es El Señor el que desapareció sino que fue nuestra libertad alocada la que nos alejó. Por lo menos esta es mi experiencia.

Y, entonces, viene la maravilla de otra Palabra que nos invita a ser ríos en plenitud. Se trata del salmo 50 (51), que la Iglesia reza todos los viernes en la Liturgia de las Horas:

“Purifícame con el hisopo y quedaré limpio;
lávame, y quedaré más blanco que la nieve.
Anúnciame el gozo y la alegría:
que se alegren los huesos quebrantados.

Aparta tu vista de mis pecados
y borra todas mis culpas.
Crea en mí, Dios mío, un corazón puro,
y renueva la firmeza de mi espíritu.

No me arrojes lejos de tu presencia
ni retires de mí tu santo espíritu.

Devuélveme la alegría de tu salvación,
que tu espíritu generoso me sostenga:
yo enseñaré tu camino a los impíos
y los pecadores volverán a ti. (9-15)

¡Que maravilla! Puedo seguir siendo río no por mis propios méritos sino por pura Gracia del Dios que me devuelve el agua viva que yo perdí. A ese misteriso proceder del Señor se le llama Confesión. Y si en esta cuaresma necesitás hacerla, entonces te vuelvo a recomendar este exámen de conciencia.

¡Somos un río de Agua Viva! ¡Seámoslo en plenitud!!!

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