¿Jesús quiere que el mundo esté sumergido en la pobreza?

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Si. Así de tajante es la respuesta. Pero mejor me explico un poco antes de que salgan huyendo.

Como primera apunte recordemos que la Iglesia Latinoamericana habla desde hace varios decenios sobre hacer una “opción preferencial por los pobres”. Esta es una mirada a un sector sociológico concreto, frente al cual nos debemos acercar con la ternura del Evangelio, al decir de Francisco. El Papa actual hace referencia a lo mismo cuando habla de salir al encuentro de las periferias existenciales.

Me surge siempre una cuestión: ¿ir a los pobres para que los pobres dejen de ser pobres? Así planteada, es evidente la respuesta. Pero si le buscamos el contexto evangélico… tiene su trampita el interrogante. Es que el elogio de la pobreza que hace Jesús no tiene que ver con la pobreza económica en la que está sumergida gran parte del mundo (en la Argentina nos informaron que es del 27% de la población, cifra dada por privados porque el Estado no puede en estos momentos aventurarse a dar cifras correctas). Las palabras de Jesús van por el lado de las actitudes de la persona concreta en su relación con las cosas creadas.

El testimonio del Evangelio

La primera de las bienaventuranzas, tanto en Mateo como en Lucas, habla de la pobreza. Me gusta la de Mateo: “Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos” (versión el Libro del Pueblo de Dios). La pobreza en labios de Jesús tiene que ver con la materialidad del poseer o no poseer. Pero Él hace hincapié en la actitud del que posee o no posee. Es decir, no se trata de si tengo o no tengo bienes sino de la manera cómo los tengo y uso. Tiene que ver con el poseer cosas sin que las cosas nos posean; que no se transformen en el centro de nuestras preocupaciones, de nuestra vida.

Luego Jesús lo dirá más claro: “Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien, se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al dinero” (Mt 6,24) Es una opción por Dios que hace la misma promesa de la bienaventuranza: el pobre posee el Reino de los cielos.

Al centrar la vida en Dios la pobreza nos da libertad frente a los bienes. Nada es mío, todo es regalo, por lo tanto lo uso como un don pero no me lo apropio. Tengo la actitud de desprendimiento: “si hay, hay, si no hay, no hay”. Lo cual no significa despreciar los bienes creados o no procurar aquello que es necesario para la propia salud o las actividades apostólicas.

La pobreza también es confianza en la Providencia que actúa de manera concreta en nuestras vidas, El Padre que viste a los lirios del campo y alimenta a los pajaritos no se despreocupará de su hijo que quiere vivir en total disponibilidad a su obra.

Un bien muy preciado dentro de nuestro tiempo es el atesorar el tiempo como propio. La pobreza nos lleva a vivir nuestro tiempo como regalado por el Señor y donado al hermano. No lo acumuló” en beneficio propio sino que me desprendo de él para la gloria de Dios y salvación de los hombres.

Una actitud interior

La pobreza no es vivir en la miseria ni dejar a un lado las cosas de este mundo que sean valiosas: es vivir con lo “justo” sin caer en el derroche. La pobreza significa cuidar los propios bienes y administrar correctamente los que son míos y los que me confiaron.

La pobreza también es renunciar a los propios planes para ajustarse a los planes del Señor: no poseo mis tiempos y mis bienes como mío, por lo cual lo dejo usar por el Dios vivo. En ese sentido no es buscar honores sino la mejor manera de honrar al Dios Vivo y servir al hermano: si es acompañada de algún honor, aceptarlo como parte del ministerio.

La pobreza es una opción personal a la que libremente se incorpora el creyente como un estilo de vida. Se la puede recomendar a los hermanos pero no puede obligar a nadie en comidas o bienes que a él le parezcan que son los correctos… si al otro no le interesa esa manera de entregarse al Señor. Los caminos de Dios son personales y Él los adapta para la medida de cada uno.

El titulo hacía una pregunta: ¿Jesús quiere que el mundo esté sumergido en la pobreza? Creo que di la respuesta… ¿no? Bueno, el Papa Francisco lo dijo mejor en su mensaje de Cuaresma de este año.

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