Dos cosas me sorprendieron en la Homilía de Mons. Mario Maulión (Arzobispo de Paraná) en la celebración del Cuerpo y la Sangre de Cristo. La primera es su referencia al «pseudo-matrimonio» homosexual. En realidad no me sorprende, porque mi Arzobispo suele pronunciarse con meridiana claridad sobre los temas de actualidad (que no tengan prensa sus palabras… es otra cuestión).

La homilía completa la pueden descargar desde aquí. Solamente les transcribo lo referido a este tema:

Recuperar el respeto por la familia y por la vida en todas sus formas. Todo lo que se busque hacer será provisorio y frágil, sin una educación y una legislación que transmitan una profunda convicción moral sobre el valor de cada vida humana:la vida de cada persona en todas sus etapas, desde la concepción hasta la muerte natural, la vida de los excluidos e indefensos, la vida de las familias, lugar afectivo en el que se generan los valores comunitarios más sólidos y se aprende a amar y a ser amado.
Por eso, hoy reitero aquí el pedido ya formulado por los Obispos de Argentina: que la legislación que se está realizando respete y consolide la natural realidad de la familia, es decir, la formada por papá, por mamá y por sus hijos: la dignidad de los hijos requiere el valor y la presencia de papá y de mamá, de los verdaderos papá y mamá.
“La naturaleza no discrimina cuando nos hace varón o mujer. Nuestro Código Civil no discrimina cuando exige el requisito de ser varón y mujer para contraer matrimonio; sólo reconoce una realidad natural. Las situaciones jurídicas de interés recíproco que haya entre personas del mismo sexo pueden ser suficientemente tuteladas por el derecho común. Por consiguiente, sería una discriminación injusta contra el matrimonio y la familia otorgar al hecho privado de la unión entre personas del mismo sexo un estatuto de derecho público.
Apelamos a la conciencia de nuestros legisladores para que, al decidir sobre una cuestión de tanta gravedad, tengan en cuenta estas verdades fundamentales, para el bien de la Patria y de sus futuras generaciones”.

Lo segundo fue la reacción de la gente al terminar de decir estas palabras: aplausos muy fuertes y prolongados. Esto, que es común en muchas partes, no lo es en las celebraciones que se hacen el el atrio de la Catedral de Paraná. Por eso, me sorprendió más que nuevamente aplaudiera la gente al finalizar toda la homilía. ¿Cuánto hay de grito silencioso en esas palmas que elevaron su clamor por una voz sincera que las interpreta? ¿Cuanto de reproche hay en esas palmas hacia los legisladores que son «políticamente correctos» para dejarse aturdir por grupitos de presión y olvidan el clamor silencioso del pueblo argentino?

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Sacerdote. Párroco. Viejo bloguero que sigue utilizando las redes para evangelizar. En las buenas y en las malas... ¡hincha de River!