Estoy preparando las clases de homilética en el Seminario Arquidiocesano de Paraná Nuestra Señora del Cenáculo. Es un taller que doy los segundos semestres escolares a los alumnos del cuarto año de Teología. Para quienes leyeron una palabra rara y no entienden de que se trata, les digo que la homilética es enseñar a predicar los sermones u homilías de la Misa. Ya que mañana comienzan las actividades, disponiendo lo que diría en la primera clase, me acordé de un texto de Víctor Fernández. Este teólogo argentino, actual Rector de la Universidad Católica Argentina, participó como perito en Aparecida. Escribió un lindo libro en el cual da pistas para leer y aplicar el documento. La segunda parte es una especie de diario que redactó con sus impresiones de lo que ocurría allí. Un día tuvo la oportunidad de hablar tres minutos a la Asamblea (era el tiempo que podían hablar cada uno de los obispos que pedía la palabra, a partir de ese tiempo se les prendía una luz amarilla y luego una roja… organizaciones internas para que pueda aportar la mayor cantidad de gente… ahh, el no es obispo,  es presbítero) sobre la manera de expresarse que debería tener la redacción del documento final. Dijo esto:

Quiero proponer un lenguaje estratégico. Es decir, invito a prestar suma atención al modo de decir las cosas para evitar un efecto contrario al que pretendemos. Doy algunos ejemplos:

1) Si procuramos un encuentro de la gente con la Palabra y un proceso formativo, evitemos dar a entender que el pueblo es una masa ignorante o supersticiosa. Propongamos más bien llevar a plenitud las riquezas espirituales que ya posee.

2) Si criticamos el hedonismo o el inmediatismo, al mismo tiempo mostremos que Jesús ama la felicidad de la gente y ofrece a cada uno vida digna, plena, integral.

3) Si rechazamos las uniones irregulares, reconozcamos también lo dura que es la continencia o la soledad en el mundo de hoy.

4) Si condenamos los populismos, dejemos claro que no estamos poniéndonos del lado de los intereses de las minorías ricas que tuvieron mucho poder.

5) Si ponemos en el centro el encuentro personal con Cris¬to, no lo hagamos debilitando la centralidad de la misión y de la lucha por la justicia en la identidad del discípulo.

6) Si criticamos los espiritualismos e invitamos a un mayor compromiso, no dejemos de valorar una sed espiritual que no encuentra una respuesta atractiva en nuestras propuestas.

7) Si nos duele la pérdida de católicos, mostremos que nos preocupa que se vayan de nuestra casa, más que atacar a quienes los reciben.

En síntesis, cuando pretendamos erradicar cosas negativas, reconozcamos las inquietudes legítimas que pueda haber detrás. De otro modo no conseguiremos un efecto positivo y habremos perdido el tiempo. No callemos ni disimulemos nada importante, usemos fuerza y contundencia; pero si queremos llegar al corazón de nuestra gente, cuidemos con suma delicadeza el «modo» de decirlo.

Se encuentra en la página 135/6 de su libro «Aparecida. Guía para leer el documento y crónica diaria.» (San Pablo; Buenos Aires; 2007). Vale la pena leer todo el libro.

La cita se las comparto porque a veces en los comentarios  que se suelen dejar se ataca y demoniza al contrario. Parece que debemos defender la fe contra los enemigos del Evangelio. Pero nuestro lenguaje debe ser muy distinto: esperanzador y caritativo. Esto, en primer lugar, es fruto de un propio examen de conciencia. Esto no es fácil, como meditáramos hace un tiempo largo al hablar del mensaje y el lenguaje. Para seguir creciendo.

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Sacerdote. Párroco. Viejo bloguero que sigue utilizando las redes para evangelizar. En las buenas y en las malas... ¡hincha de River!