El monte Tabor

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La Iglesia ha recordado hoy el episodio de la Transfiguración del Señor en el Monte Tabor. Los que fueron a Misa hoy, y escucharon la homilía, tendrán muy presente todos los signos con los cuales el evangelista rememora el hecho al escribirlo. Para quienes no fueron, lo pueden leer directamente desde este link.

El Tabor habla de las delicias de un encuentro con el Señor. La fascinación y el temor invaden a los apóstoles. Pero ese temor no los hace huir, sino que Pedro le dice a Jesús: “Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas…”. La tentación de Pedro es hacer perdurar ese momento de cielo en el tiempo. De hecho, pasan ese día allí, pero luego parten.

Este tiempo de vida cuasi-monacal ha sido para mí como un permanecer en el Tabor. Un tiempo de gracia. Y la gracia trae consolaciones y pruebas. La tentación podría ser quedarme indefinidamente por estos pagos. Pero, por un lado, no tengo vocación monástica. Es muy lindo compartir con los monjes, pero esa cotidianeidad monacal de las que les hablé (y que es bastante más light que la de los monjes) en el último tiempo se me ha hecho pesada. En la distinción clásica de vida contemplativa y vida activa a mí, sin lugar a dudas, me han llamado para la activa.

Me voy admirando a los monjes. A su entrega sincera y alegre al Señor. A su estilo de vida silencioso y profundo (y lo del silencio es verdad, todavía no me acostumbro a cruzarme con alguno en el pasillo y saludarnos solamente levantando la mano…). A la fraternidad reflejada en actitudes sencillas y cotidianas. En este tiempo he aprendido a admirarlos y quererlos.

En ellos, y en otros hermanos sacerdotes o laicos con los cuales hemos compartido el espacio, he aprendido a escuchar a Dios. Un Dios que no termina de hacer mi voluntad y se empecina en que haga la suya. Un Dios que se manifiesta como el todo, el sabio, el paciente, el misericordioso. Un Dios que camina conmigo siempre… y me habla… y me cuida.

Hoy por la mañana, cuando hacía la lectio del evangelio, pensaba en este mi Tabor. Luego leí el versículo siguiente, que no estaba en la Palabra proclamada en la Misa de hoy. Decía: “Al día siguiente, cuando bajaron de la montaña, una multitud vino a su encuentro (9,37). Y me sonreía. Porque habla de este lunes mío, en el cual tendré que bajar del Tabor. Pero no solo. En primer lugar, acompañado de Jesús. En segundo lugar, con Pedro, Santiago y Juan, es decir en el nosotros que es la Iglesia. Y, por último, al encuentro de la multitud: mi parroquia, mi familia, mis amigos… el gran nosotros en el cual vivo cada día. Y me sonreía también pensando como será ese paso del silencio monacal a las palabras de las “chicas” de la parroquia, del área joven de la ACA (de cuya reunión participaré a la noche por primera vez… este año), de la gente de las escuelas y colegios parroquiales, del Padre Raúl Molaro (que ya no va hacer vida de ermitaño en la parroquia)… En esas voces quiero “perderme”, porque perderme en ese nosotros, cuando lo hacemos desde y con Dios, es encontrarse en plenitud.

Mañana presidiré la Eucaristía por primera vez en el año. Desde que llegué aquí solamente he concelebrado: todos los días y en silencio (como es la costumbre monacal). Será la Misa de los Lunes en la que oro por las intenciones de la parroquia y la de aquellos que me lo piden a través de este blog. Hoy celebré en acción de gracias por este tiempo de Tabor que he vivido. Mañana también será en acción de gracias, por ese nosotros eclesial al que quiero tratar de ser fiel “hasta que la muerte nos separe”.

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