El infierno como rechazo definitivo de Dios

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Estamos “demasiado instalados en la finitud” diría José María Gil Tamayo. Y lo comprueba al analizar como celebra el pueblo español la solemnidad de Todos los Santos y la conmemoración de los Fieles Difuntos. De su experiencia concluye:

“Nos hemos habituado a que cada año por estas fechas en la opinión pública no se nos hable del más allá sino del aumento del coste de los servicios funerarios, así como de las modas sobre el particular. Tampoco falta el extraño y pagano “Halloween”, pero muerte, cielo, infierno, purgatorio y juicio… ni nombrarlos, incluso apenas se citan con la claridad y extensión necesaria en la predicación del entierro o funeral, donde suele abundar más, eso sí, el elogio fúnebre y el consuelo de la feligresía y escasea, en cambio, esta parte del Credo.

Así está el ambiente postmoderno en el que, visto el fracaso de las utopías mundanas, se ha contagiado a la gente con una creciente desesperanza ambiental, cuando no, para compensar, con esotéricos sucedáneos de trascendencia.

“Llama la atención –decían los obispos españoles en el mencionado documento- que no pocos de los que se declaran católicos, al tiempo que confiesan creer en Dios, afirman que no esperan que la vida tenga continuidad alguna más allá de la muerte. ¿Qué Dios es ése en quien dicen creer quienes piensan que no ha vencido la muerte y que es ella la que tiene la última palabra sobre la vida del ser humano? No es, ciertamente, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, el Dios vivo y verdadero”(n.2).

Pero ahí están los datos de reiterados estudios sociológicos, según los cuales y por lo que se refiere a España, lo que vale también más o menos para otros países del entorno, sólo cuatro de cada diez ciudadanos creen en la vida después de la muerte. En el cielo creen en torno a un cuarenta por ciento, lo duda un treinta y rechaza su existencia otro tanto. En cuanto al infierno se invierten las cifras ya que la mayoría no cree en él, mientras que presenta dudas el mismo porcentaje que respecto al cielo. Lo del Purgatorio apenas una minoría de la población cree en su existencia.

Ciertamente estos datos muestran una escandalosa contradicción con la fe en el Dios cristiano y no deja de tener consecuencias para la propia existencia terrena, efectos que van desde la pérdida del sentido de la vida hasta el decaimiento de la solidaridad, pasando por la carencia de ilusión y el aumento del miedo a afrontar el futuro con decisiones duraderas. Toda una serie de carencias de valores necesarios incluso para superar las crisis sociales y económicas, a la par que da muestra de una dramática fragmentación vital: hechos polvo, nunca mejor dicho, aunque sin dejar de estar muy entretenidos y divertidos como muestra la banalización del final de la vida del ser humano que es el reiterado “Halloween”, implantado machaconamente por los medios de comunicación desde la escuela hasta los institutos o liceos, pasando por los lugares de diversión y programas televisivos.”

Yo ya les conté mi experiencia con los niños de la parroquia. Por eso es bueno volver a recordar los temas centrales de nuestra fe. Y para eso el Maestro Juan Pablo II, en esta catequesis lleva por nombre el título de este artículo. Fue dada el 28 de julio de 1999:

1. Dios es Padre infinitamente bueno y misericordioso. Pero, por desgracia, el hombre, llamado a responderle en la libertad, puede elegir rechazar definitivamente su amor y su perdón, renunciando así para siempre a la comunión gozosa con él. Precisamente esta trágica situación es lo que señala la doctrina cristiana cuando habla de condenación o infierno. No se trata de un castigo de Dios infligido desde el exterior, sino del desarrollo de premisas ya puestas por el hombre en esta vida. La misma dimensión de infelicidad que conlleva esta oscura condición puede intuirse, en cierto modo, a la luz de algunas experiencias nuestras terribles, que convierten la vida, como se suele decir, en “un infierno”.

Con todo, en sentido teológico, el infierno es algo muy diferente: es la última consecuencia del pecado mismo, que se vuelve contra quien lo ha cometido. Es la situación en que se sitúa definitivamente quien rechaza la misericordia del Padre incluso en el último instante de su vida.

2. Para describir esta realidad, la sagrada Escritura utiliza un lenguaje simbólico, que se precisará progresivamente. En el Antiguo Testamento, la condición de los muertos no estaba aún plenamente iluminada por la Revelación. En efecto, por lo general, se pensaba que los muertos se reunían en el sheol, un lugar de tinieblas (cf. Ez 28, 8; 31, 14; Jb 10, 21 ss; 38, 17; Sal 30, 10; 88, 7. 13), una fosa de la que no se puede salir (cf. Jb 7, 9), un lugar en el que no es posible dar gloria a Dios (cf. Is 38, 18; Sal 6, 6).

El Nuevo Testamento proyecta nueva luz sobre la condición de los muertos, sobre todo anunciando que Cristo, con su resurrección, ha vencido la muerte y ha extendido su poder liberador también en el reino de los muertos.

Sin embargo, la redención sigue siendo un ofrecimiento de salvación que corresponde al hombre acoger con libertad. Por eso, cada uno será juzgado “de acuerdo con sus obras” (Ap 20, 13). Recurriendo a imágenes, el Nuevo Testamento presenta el lugar destinado a los obradores de iniquidad como un horno ardiente, donde “será el llanto y el rechinar de dientes” (Mt 13, 42; cf. 25, 30. 41) o como la gehenna de “fuego que no se apaga” (Mc 9, 43). Todo ello es expresado, con forma de narración, en la parábola del rico epulón, en la que se precisa que el infierno es el lugar de pena definitiva, sin posibilidad de retorno o de mitigación del dolor (cf. Lc 16, 19_31).

También el Apocalipsis representa figurativamente en un “lago de fuego” a los que no se hallan inscritos en el libro de la vida, yendo así al encuentro de una “segunda muerte” (Ap 20, 13 ss). Por consiguiente, quienes se obstinan en no abrirse al Evangelio, se predisponen a “una ruina eterna, alejados de la presencia del Señor y de la gloria de su poder” (2 Ts 1, 9).

3. Las imágenes con las que la sagrada Escritura nos presenta el infierno deben interpretarse correctamente. Expresan la completa frustración y vaciedad de una vida sin Dios. El infierno, más que un lugar, indica la situación en que llega a encontrarse quien libre y definitivamente se aleja de Dios, manantial de vida y alegría. Así resume los datos de la fe sobre este tema el Catecismo de la Iglesia católica: “Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de auto exclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra infierno” (n. 1033).

Por eso, la “condenación” no se ha de atribuir a la iniciativa de Dios, dado que en su amor misericordioso él no puede querer sino la salvación de los seres que ha creado. En realidad, es la criatura la que se cierra a su amor. La “condenación” consiste precisamente en que el hombre se aleja definitivamente de Dios, por elección libre y confirmada con la muerte, que sella para siempre esa opción. La sentencia de Dios ratifica ese estado.

4. La fe cristiana enseña que, en el riesgo del “sí” y del “no” que caracteriza la libertad de las criaturas, alguien ha dicho ya “no”. Se trata de las criaturas espirituales que se rebelaron contra el amor de Dios y a las que se llama demonios (cf. concilio IV de Letrán: DS 800_801). Para nosotros, los seres humanos, esa historia resuena como una advertencia: nos exhorta continuamente a evitar la tragedia en la que desemboca el pecado y a vivir nuestra vida según el modelo de Jesús, que siempre dijo “sí” a Dios.

La condenación sigue siendo una posibilidad real, pero no nos es dado conocer, sin especial revelación divina, si los seres humanos, y cuáles, han quedado implicados efectivamente en ella. El pensamiento del infierno y mucho menos la utilización impropia de las imágenes bíblicas no debe crear psicosis o angustia; pero representa una exhortación necesaria y saludable a la libertad, dentro del anuncio de que Jesús resucitado ha vencido a Satanás, dándonos el Espíritu de Dios, que nos hace invocar “Abbá, Padre” (Rm 8, 15; Ga 4, 6).

Esta perspectiva, llena de esperanza, prevalece en el anuncio cristiano. Se refleja eficazmente en la tradición litúrgica de la Iglesia, como lo atestiguan, por ejemplo, las palabras del Canon Romano: “Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa (…), líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos”.

Este será el tema de nuestro programa Tupambaé (FM Corazón, 104.1 de Paraná, de 22 a 24 hs). Desde el link se puede escuchar en vivo… pero a veces falla.

1 Comentario

  1. Hola Padre,a ver si entendí, el infierno es el lugar definitivo que va la persona que rechaza totalmente a DIOS y a su vez el infierno esta presente en el mundo,lo vivimos, con nuestros pecados y maldades. Leí todo, no me quede con el título.

  2. Pregunto:¿cuando alguien muere en pecado mortal, tiene la posibilidad ante DIOS,nuestro Padre de arrepentirse?, ¿Qué pasa con un violador o asesino,tiene esa posibilidad?

  3. En esta otra entrada está la cita del Catecismo de la Iglesia Católica que te responde la pregunta: http://padrefabian.com.ar/parece-que-el-infierno-no-existe/

  4. Que más quisieran muchos que para no confesarse ante JESUS en el confesinario, sólo con pedir perdon sin recibir la absolución ya están perdonados.

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