El cielo, la tierra y la justicia

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Durante el tiempo de preparación a la Navidad, la Liturgia nos ha regalado varias veces este versículo del Libro de Isaías:

“¡Destilen, cielos, desde lo alto, y que las nubes derramen la justicia! ¡Que se abra la tierra y produzca la salvación, y que también haga germinar la justicia! Yo, el Señor, he creado todo esto.” (45,8).

Pertenece al profeta Isaías, en lo que se conoce como el Libro del Consuelo. El pueblo de Israel se encuentra en el destierro. Entonces el Señor suscita a este segundo Isaías que anuncia una buena noticia: se acerca la liberación del Pueblo y su regreso a la Tierra Prometida. Sin duda será una acción de Dios. Pero el instrumento no será, como Moisés, un miembro elegido de entre el Pueblo. Será un rey extranjero: Ciro. El Dios de la historia moverá los hilos de las libertades humanas para traer la liberación a su pueblo que clama por su ayuda. y este rey pagano, sin darse cuenta, obrará las misericordias del Altísimo. Por eso el versículo habla de la salvación que desciende del cielo y recuerda que el Señor es quien ha creado todo esto. Pero también habla de la tierra que se abre y produce la salvación y la justicia. Hasta aquí la profecía que se cumple en Ciro.

Si continuamos leyendo, ya no con la mirada puesta en el contexto del destierro de Israel, sino con el marco mas amplio de la Salvación del Señor sobre toda la humanidad desterrada del paraíso, entonces redescubrimos las maravillas que obra el Señor y que recordamos en esta Navidad. Dejemos que Juan, en el prólogo de su Evangelio, ilumine nuestra inteligencia:

“Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Al principio estaba junto a Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe. En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron.” (1,1-5)

Entonces, en la oscuridad del destierro los cielos destilan su gloria y la tierra se abre para producir la salvación:

“Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.” (1,14).

Este es el gran misterio de la Navidad. La Palabra creadora, el Hijo unigénito de Dios, se hace hombre. La Gloria inaccesible del Señor toma un rostro humano para hacerse encontradizo. Y lo mas maravilloso de todo: en el pesebre comienza la salvación, comienza el misterio de amor que nos redimirá en la cruz, en el sepulcro vacío y en la donación del Santo Espíritu.

“Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios. Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios.” (1,11-13)

El versículo de Isaías hablaba de la colaboración del hombre con Dios para producir la salvación de su pueblo. ¡Que maravilla la obrada por el Señor! En Belén Dios se hace hombre para que desde la humanidad brote la salvación que sólo puede venir desde lo alto. Misterio de amor y misericordia que nos hace unir a los coros angélicos. “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él.” (Lc 2,14)

Feliz y santa navidad para todos.

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