El burro del domingo de Ramos

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Ocurrió el primer Domingo de Ramos, en el año 33. Jesús, de camino a la ciudad capital, está por ingresar a Jerusalén. Lucas nos cuenta que “cuando se acercó a Betfagé y Betania, al pie del monte llamado de los Olivos” (19,29) envió a dos de sus discípulos a buscaran un burro que estaba atado en el poblado cercano. (Las traducciones dicen que era un asno, un pollino, un jumento… nosotros en argentina le decimos burro… y como la versión del español que se habla en la Argentina es la que está de moda en el Vaticano… así le diremos en adelante).

El “burro”

Se lo traen, luego del dialogo con el dueño que se dio tal cual el maestro les indicó, y lo adornan con lo que tienen a mano: mantos y ramitos de olivo. Luego se monta Jesús y comienza a entrar a la ciudad. Los que estaban con él le hacen porras con olivos y palmeras y lo aclaman como el Mesías que está llegando. Se cumple así la profecía de Zacarías (9,9):

“¡Alégrate mucho, hija de Sión! ¡Grita de júbilo, hija de Jerusalén! Mira que tu Rey viene hacia ti; él es justo y victorioso, es humilde y está montado sobre un asno, sobre la cría de un asna.”

Es un momento efímero, que tal vez no haya convocado a una gran multitud. Pero los que estaban allí, los que sabían de la fama de Rabí (maestro) milagrero de Jesús, se tienen que haber sumado con gran entusiasmo. Dios aprovecha estos acontecimientos pequeños para mostrarnos su grandeza e indicarnos que es en lo cotidianamente pequeño que su Palabra (profecía) se cumple.

Hay una leyenda simpática que pone atención en los “sentimientos” del burro. Este animalito estaba tranquilo en su casa. De pronto vienen dos desconocidos y se lo llevan. Lo tratan muy bien y, encima, adornan ricamente. Alguien lo monta, pero el burro no lo nota porque está halagado por todo lo que le está ocurriendo. Y comienza a caminar entre la muchedumbre. La gente se ha hecho ramos de olivos y palmeras y lo vitorea proclamándo al rey Mesías. Entonces el burro se da cuenta de lo famoso e importante que es y se para en dos patas para saludar a la gente que lo aplaude. En ese mismo momento… el rey de de reyes se le cae al piso…

Creo que este relato del burro “créido” (como le decimos aquí a los que se creen más de lo que son) nos ayuda a mirarnos mucho. En primer lugar, a veces nos ponemos en el centro de la fe: buscamos ser alabados, reconocidos, escuchados… Buscamos tener posturas distintas, personales, reñidas con la fe que nuestros padres nos regalaron… Y, cuando hacemos esto… tenemos algunos seguidores que nos aplauden… y nos las creemos… y aceptamos las alabanzas “justas y proporcionadas”… y… Jesús termina en el piso porque somos nosotros el centro. Esto nos ocurre a los curas y todos los que tienen poder de palabra para tomar postura frente a las cosas. Pero le puede ocurrir a cualquiera del llano. ¿Les suenan estas frases?: “yo creo a mi manera”; “soy católico pero no fanático”; “la Iglesia tiene que cambiar y adaptarse a los tiempos”; “eso era antes, ahora la moda es de otra manera”… y la enumeración podría ser larga. (Seguro que vos podés sugerir otra.) Lo que ocurre es que el centro de la vida no es Dios sino la persona del creyente… y Jesús termina en el piso.

Pero hay otra cosa que me ha impresionado mucho de este relato (el de Lucas, no el de la leyenda). Jesús quiere entrar en la ciudad montado en un burro. Es decir, podría haber entrado solo pero quiso “usar” el burro. Es más, gracias (podríamos decir así) al burro la profecía fue cumplida. Esto me hace pensar en que Jesús quiere siempre usar un “burro” para entrar a la ciudad de los hombres. Y ese burro lo inventó él: se llama Iglesia. La construyó con doce cimientos (apóstoles) dentro de los cuales destacó a uno, Pedro. La hizo nacer de su costado abierto por la lanza del Soldado y le dio un alma en Pentecostés: el Espíritu Santo. Desde entonces es el “instrumento” a través del cual la salvación de Jesús llega a la humanidad. ¡Qué maravilla la de que estemos, los bautizados, asociados de esa manera a la redención que estamos celebrando en esta Pascua!

Eso sí, no olvidarnos nunca que lo hacemos como “simples burros”. El Papa Francisco se los dijo a los 6000 periodistas reunidos para cubrir el Cónclave:

“La Iglesia aunque ciertamente es una institución humana e histórica, con todo lo que esto comporta, no tiene una naturaleza política, sino esencialmente espiritual: es el pueblo de Dios. El santo pueblo de Dios que camina hacia el encuentro con Jesucristo. Solo colocándose en esta perspectiva se puede dar razón plenamente de todo cuanto la Iglesia católica obra. Cristo es el Pastor de la iglesia, pero su presencia en la historia pasa a través de la libertad de los hombres: Entre ellos, uno ha sido escogido para servir como su Vicario, sucesor del apóstol Pedro, ¡pero Cristo es el centro! El referente fundamental, el corazón de la Iglesia. Cristo es el centro; no, el sucesor de Pedro. Sin Cristo, ni Pedro ni la Iglesia existirían ni tendrían razón de ser.”

Una tercera cuestión relacionada con el burro… Es relacionada con un grafiti del siglo I que se encontró en el monte Palatino, en Roma (ilustra este artículo). Es una burla a los cristianos ya que dice (en griego): “¡Alexámenos, adora a dios!”. Era una burla hacia los católicos… pero les salió teológicamente perfecta (contra las intenciones del autor). ¿Por qué? Pues bien, Cristo es el “burro” que carga sobre sí nuestros pecados para darnos la libertad de los hijos de Dios: ¿Qué ocurre en el camino al calvario cuando va con la cruz a cuestas? Este es el misterio de la Pascua, de la redención, del amor de Dios derramado desde la cruz.

Así podríamos decir que adoramos al “burro” crucificado por nuestros pecados, el cual desea que seamos hoy los “burros” que hacen entrar su salvación a la ciudad contemporánea. Si entendemos bien la frase, ¡qué maravillas obra Dios en y con nosotros!

2 Comentarios

  1. Padre Fabián Feliz Cumpleaños, que Dios te proteja siempre un abrazo y Feliz Pascua de Resurrección!!

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