El bautismo de Jesús

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Un misterio grande. Es decir, un momento lleno de Dios que solo lo podemos llegar a comprender desde lo que el mismo Dios Vivo nos ha querido revelar. No voy a reflexionar teológicamente mucho sobre el tema. Para quienes quieran comprenderlo dentro de los misterios mismos de la vida de Cristo pueden leer desde aquí lo que el Catecismo nos enseña. Quienes quieran redescubrir este momento de Jesús a la luz de su vida de oración, pueden releer esta catequesis del papa Benedicto. Yo me quiero detener, simplemente, en dos aspectos que hoy a mí me impresionaron.

Los dos tiene que ver con lo que pasó en el Jordán, tal como nos lo cuenta Marcos:

“En aquellos días, Jesús llegó desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Y al salir del agua, vio que los cielos se abrían y que el Espíritu Santo descendía sobre él como una paloma; y una voz desde el cielo dijo: «Tú eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección».” (Mc 1,9-11)

Los cielos se abrieron al hombre Jesús. Entonces tiene una profunda experiencia de Dios.

Una voz desde el cielo

Era el Padre que le hablaba. Y Jesús se siente, a partir de ese momento, más que nunca amado y escuchado por el Padre celestial. Este es el gran secreto de Jesús, de la fecundidad de su vida pública a partir de este momento.

Lo que se viene es un fracaso tras otro… ¿exagero? Haber, recordemos algunos de ellos. Comienza a reunir un grupito de 12, a los que llamó personalmente y los formó durante tres años. Más de una vez ellos lo escuchaban pero no terminaban de entender de que estába hablando el Maestro. Y ni digamos que uno de ellos lo traicionó por 30 monedas, otro lo negó 3 veces y los otros 10 huyeron y lo dejaron solo en las malas.

Muchos lo escuchaban con placer… pero cuando visitó a su pueblo (Nazareth) sus coterráneos quisieron apedrearlo. Se mandó, por ejemplo, un milagrazo al darle de comer a cinco mil hombres (sin contar mujeres y niños) solamente con dos pescados y cinco panes… pero cuando les explicó de que se trataba el milagro de a uno se fueron yendo todos… lo menos que dijeron de él es que estaba asoliado (loco).

Y mejor no nos detengamos a ver el “exito” de sus últimos días. Fue entregado… azotado… perdió la encuesta de popularidad con un tal Barrabás… crucificado, muerto y sepultado.

Pero a pesar de sus muchos fracasos Jesús no le arrugaba a su misión. Es que Él no quería agradar a los hombres sino que buscaba sobre todo hacer la voluntad de Dios. Y este motivo de sus actos no le nacía de una obligación moral que tenía que cumplir porque si. No. El secreto de su vida era que se sabía amado y escuchado por Dios Padre. En la voz del Cielo Abierto estaba el secreto de la fecundidad de su “fracaso humano”.

El Espíritu Santo descendió

Y a partir de ese momento fue el motor interior del hombre Jesús. Toda su vida fue de total docilidad a sus mociones interiores y a los caminos que el Espíritu le proponía. Por eso no se desalentaba. Pero, sobre todo, por eso tenía fuerza para opredicar y obrar los milagros que serían signos, justamente, de que el dedo de Dios estaba con Él.

No nos olvidemos que Jesús es verdaderamente hombre pero en el cual habita corporalmente la plenitud de la divinidad (), es decir, también verdadero Dios. Lo podemos recordar en este trozo del Catecismo. Por lo tanto, como Dios (el Hijo, la segunda persona de la Santísima Trinidad) nunca estuvo alejado del Padre ni del Espíritu. Lo que hemos reflexionado ahsta este momento es sobre la experiencia del hombre Jesús a partir del gesto bautismal de Juan en el río Jordán.

Como Jesús, también nosotros

El texto del Catecismo, que les recomendé leer más arriba, dice algo muy bonito:

“Por el Bautismo, el cristiano se asimila sacramentalmente a Jesús que anticipa en su bautismo su muerte y su resurrección: debe entrar en este misterio de rebajamiento humilde y de arrepentimiento, descender al agua con Jesús, para subir con él, renacer del agua y del Espíritu para convertirse, en el Hijo, en hijo amado del Padre y “vivir una vida nueva” (Rm 6,4)”. (CIC 537)

Mi bautismo (tu bautismo) fue un momento en el cual ocurrió lo mismo que le sucedió a Jesús: el amor del Padre se hizo presente para adoptarnos como hijos suyos… y si hijos, herederos. Por eso nosotros tenemos la certeza de que hay un Padre que nos ama y nos escucha. No estamos solos en la vida.

En ese mismo momento del bautismo el Espíritu Santo es derramado sobre nuestros corazones. Somos convertidos en templos espirituales. Al igual que Jesús, Él está también actuando desde nuestro interior para que nuestra vida religiosa sea una respuesta de amor libre al que nos enriqueció.

¿Lo vives así?

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