El agua, ese bien escaso

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El tema de las papeleras tiene muchas aristas. La más sensible es el peligro de ruptura entre dos países hermanos como somos los argentinos y los uruguayos. Pero la más delicada es la cuestión ambiental. Cuidar el entorno que nos rodea es una obligación seria de cara a las futuras generaciones. Para los católicos el tema es aún mucho más grave, porque nosotros sabemos que la creación fue encomendada por el Creador a las manos de los varones y mujeres. Tenemos el encargo de dominar el orbe y trabajarlo. Y rendiremos ante Dios por el fruto de nuestras manos.
Es este contexto, quisiera compartir parte de las palabras que el arzobispo Celestino Migliore, observador permanente de la Santa Sede ante Naciones Unidas, dijera el 11 de mayo. Palabras que las podemos conocer gracias a la labor de la Agencia de Noticias Zenit.
En su intervención ante el Consejo Económico y Social de la ONU, realizada en Nueva York, defiende una “ecología humana”. Allí dijo algo que es evidente, pero que olvidamos con frecuencia: “las buenas políticas ambientales son por extensión también buenas políticas para las personas”.
“Aunque la gente se preocupe justamente de preservar los entornos naturales, se ha realizado un esfuerzo demasiado exiguo para salvaguardar las condiciones morales de una auténtica ecología humana”, que ponga a la persona humana “en el centro de las preocupaciones ambientales, promoviendo simultáneamente un urgente sentido de responsabilidad humana hacia la Tierra, a nivel estatal, comercial e individual”. Podemos decir, con otras palabras, que el centro de nuestra atención no debe ser el medio ambiente o la producción económica de manera exclusiva. El culmen de estas actividades es el hombre, su dignidad, sus derechos, sus deberes.
En un examen por los problemas más críticos a nivel mundial, el prelado recordó en primer lugar el del agua. Y repasó cifras que son escalofriantes. “Dentro de veinte años, las reservas de agua por persona serán un tercio de las que había en 1950, y en 2025, un tercio de los países tendrá niveles dramáticamente bajos de agua. Incluso hoy, 34.000 personas mueren cada día por falta de agua limpia: 1.500 millones de personas no tienen acceso al agua limpia, una cifra que podría llegar a los tres mil millones en 2025”. Si “ésta es ya una crisis humanitaria y ambiental, así como una cuestión de justicia social”, “animar al cambio en la tendencia del consumo y en el aumento del acceso a las infraestructuras hídricas y a los servicios higiénico, es también una cuestión de sentido común, siendo además muy atrayentes desde el punto de vista de las inversiones sociales”.
Nuestro país es muy rico en este recurso natural. Por eso lo que ocurre con el Uruguay no es un tema menor. Como tampoco es un tema que despreocupa que la Argentina, con sus papeleras en funcionamiento y que pertenecen a grandes medios de comunicación nacionales, contaminan el mismo agua que es un recurso escaso para miles de millones de seres en el planeta.
En esta situación, subrayó el arzobispo Migliore, “la conciliación entre las preocupaciones ambientales y de desarrollo, y las políticas industriales, llevará seguramente a un futuro más seguro y próspero para todos”. Por eso, “ningún país puede lograr este objetivo por sí solo pero los estados miembros, trabajando juntos, pueden y deben hacerlo, si se quieren asegurar tendencias sostenibles en estos sectores esenciales para nuestro futuro común”. El domingo que viene la Iglesia que peregrina en los países de Uruguay y Argentina, convoca a una jornada de oración por nuestros países y por nuestros problemas. Recemos al Creador para que nos regale su Espíritu de sabiduría. Lo necesitamos porque la cuestión del medio ambiente es algo que trasciende las fronteras y los intereses políticos y económicos. En el dialogo y el compromiso común debemos encontrar el mejor camino que nos permita dominar el medio ambiente sin destruirlo.

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