Ecos reflexivos de la JMJ Madrid 2011

351

Cuando todo parece volver a la monotonía de la “normalidad” en las informaciones, me parece bueno rescatar desde aquí algunas resonancias de la Jornada Mundial de la Juventud de Madrid. Simplemente para darnos cuenta qué ha significado ese evento. Estas son algunas de las que me han aportado más elementos.

En primer lugar, el escritor Mario Vargas Llosa. Él se declara a sí mismo como agnóstico. Pueden leer completo el artículo desde aquí. Un trozo como adelanto:

Durante mucho tiempo se creyó que con el avance de los conocimientos y de la cultura democrática, la religión, esa forma elevada de superstición, se iría deshaciendo, y que la ciencia y la cultura la sustituirían con creces. Ahora sabemos que esa era otra superstición que la realidad ha ido haciendo trizas. Y sabemos, también, que aquella función que los librepensadores decimonónicos, con tanta generosidad como ingenuidad, atribuían a la cultura, esta es incapaz de cumplirla, sobre todo ahora. Porque, en nuestro tiempo, la cultura ha dejado de ser esa respuesta seria y profunda a las grandes preguntas del ser humano sobre la vida, la muerte, el destino, la historia, que intentó ser en el pasado, y se ha transformado, de un lado, en un divertimento ligero y sin consecuencias, y, en otro, en una cábala de especialistas incomprensibles y arrogantes, confinados en fortines de jerga y jerigonza y a años luz del común de los mortales.

La cultura no ha podido reemplazar a la religión ni podrá hacerlo, salvo para pequeñas minorías, marginales al gran público. La mayoría de seres humanos solo encuentra aquellas respuestas, o, por lo menos, la sensación de que existe un orden superior del que forma parte y que da sentido y sosiego a su existencia, a través de una trascendencia que ni la filosofía, ni la literatura, ni la ciencia, han conseguido justificar racionalmente. Y, por más que tantos brillantísimos intelectuales traten de convencernos de que el ateísmo es la única consecuencia lógica y racional del conocimiento y la experiencia acumuladas por la historia de la civilización, la idea de la extinción definitiva seguirá siendo intolerable para el ser humano común y corriente, que seguirá encontrando en la fe aquella esperanza de una supervivencia más allá de la muerte a la que nunca ha podido renunciar. Mientras no tome el poder político y este sepa preservar su independencia y neutralidad frente a ella, la religión no sólo es lícita, sino indispensable en una sociedad democrática.

Tal vez con la misma sintonía ideológica, pero con una calentura que no puede disimular, José María Castillo se pregunta: “¿Por qué se quiere tanto al Papa?” Se autoresponde en un artículo publicado en Atrio (que fiel a su línea editorial todavía sigue enojado por el millón y medio de jóvenes que no entienden sus predicas constantes en pos de una Iglesia más evangélicamente jugada por los pobres… bueno… así es esa línea editorial de la “progresía”). Una cita:

Realmente, ¿qué pasa con esto del cariño al papa? Se puede cuestionar lo que dijo Jesucristo en tal o cual pasaje de un evangelio. Te dirán que eso es asunto de teólogos o de exegetas. Pero como te atrevas a cuestionar lo que el papa ha dicho en un discurso cualquiera, prepárate para lo que se te viene encima. ¿Hasta tal extremo se han trastornado las cosas, las mentes y la misma religión?

Todo esto –dicen los entendidos– tiene una explicación tan simple como profunda al misma tiempo. El fondo del asunto está en el miedo que todos le tenemos a la libertad. Sí, es así, por más sorprendente que pueda parecer. No nos cansamos de repetir que queremos ser libres, cuando en realidad lo que más tememos es ser libres de verdad. Como es bien sabido, la genialidad de F. Dostoyevsky lo supo formular en su famoso discurso del “Gran Inquisidor”, en “Los Hermanos Karamazov”: “no hay ni ha habido jamás nada más intolerable para el hombre y la sociedad que ser libres”. Por eso la gente ama apasionadamente a quien les quita de encima el peso insoportable de tener que enfrentarse cada día y en cada situación al sobrecogedor problema de pensar por sí mismos, decidir desde ellos mismos, asumir ante cada ser humano la propia responsabilidad. Mucho se ha dicho sobre el “miedo a la libertad”. Pero nunca llegaremos a tocar el fondo del problema. Porque, en definitiva, es el problema insondable del ser humano que sólo en el encuentro con su propia humanidad es donde puede encontrar la trascendencia que todos (quizá sin saberlo) tanto anhelamos. Benedicto XVI ha censurado a los que quieren “ser como dioses” decidiendo ellos lo que está bien y lo que está mal. Según el mito bíblico del Paraíso, esa aspiración a “ser como Dios en el conocimiento del bien y del mal” (Gen 3, 5) es la tentación básica de todo ser humano. La tentación que se vence, no aspirando a una presunta “divinidad”, sino encontrando nuestra propia “humanidad”. Lo que conlleva, como es lógico, nuestra propia libertad. El catolicismo es la religión que ha cargado sobre los hombros de un solo hombre, el papa, la asombrosa responsabilidad de ir por el mundo liberando a la gente del peso insoportable de la libertad de pensar, de decidir y de actuar. Por eso hay tanta gente que cuando ve a ese hombre lo quiere apasionadamente con un amor sin fin.

También me pareció interesante este artículo titulado “Esa roca fuerte” de Martín Santiváñez Vivanco. Publicado en El mundo.es. Una parte, el resto le leen desde el link:

Los que van a ver al Papa son plenamente conscientes que ese anciano de poderosa inteligencia habla de compromiso, deber y lucha diaria. El Papa les ha pedido a los jóvenes que se sacrifiquen hasta el extremo por un mundo corrupto recordándoles que ellos son la sal de la tierra y que serán perseguidos y escarnecidos, incluso ridiculizados.

Burlada y combatida, la juventud que acudió a Madrid tras recorrer todos los caminos de la tierra contempla el declive moral de una civilización que ha alcanzado la cima del progreso material mientras se hunde en el fango del odio a lo trascendente, un odio nefasto y soberbio que se disfraza de laicismo ramplón. Duro es, pues, el horizonte al que tienen que enfrentarse los cristianos de esta época.

Por eso, los jóvenes que responden al llamado del Santo Padre son auténticos nadadores contra corriente, rebeldes que se niegan a someterse al signo de estos tiempos. Ellos han comprendido que el Papa, esa roca fuerte, tiene palabras de vida eterna y que toda existencia es un combate de seres libres por la verdad. Sí, militia est vita hominis super terram.

Por su parte José Lorenzo, en la revista Vida Nueva, llamó la atención sobre “los efectos balsámicos de la JMJ Madrid 2011” (texto completo en el link):

El desparpajo y la alegría contagiosa con la que esos chicos y chicas vivían sin complejos su fe por calles y plazas ha actuado como el mejor reconstituyente anímico para una Iglesia que, en España, tenía sus niveles de autoestima descompensados. Y pronto comenzaron a notarse sus efectos balsámicos, tanto que empezó a circular en algunos círculos la expresión “orgullo católico” como divisa con la que salir al día siguiente mismo de casa, aunque no sé si más para combatir al mundo que para amarlo.

Pero cuidado con las contraindicaciones de este remedio o la mezcla con otras pócimas de tufillo excluyente. Me recuerda a aquello de la futbolística “furia española”, pues solo cuando dejamos de utilizar las botas para pensar y la cabeza para algo más que para rematar, España ganó su Mundial.

Es verdad que Benedicto XVI pidió no dejarse intimidar por un entorno que pretende excluir a Dios. Pero también reclamó “caridad hasta el extremo para con todos”. Y aquí también incluyó a los alejados y pecadores.

Y, como broche de otro, la reflexión de Inés San Martín, una argentina que participó como voluntaria internacional. El texto completo aquí. Este trozo es muy movilizante:

En ese momento, recorriendo el escenario a la vista de los millones de personas presentes me invadió un torbellino de sensaciones. Dios me regaló en ese momento la oportunidad de darme cuenta de que, siendo tan poco (una simple portadora de una vela) soy a la vez mucho más. Esa llama encendida era sólo uno de los muchos elementos presentes frente al altar. Pero sin esa vela ahí, el altar no hubiese sido igual. En su Obra creadora, no soy más que una vela, pero es mi deber alumbrar a los que me rodean, como otros me alumbran a mi.

Y la cosa da para seguir investigando vía web.

Tu opinión nos interesa.

Ingrese su comentario
Entre su nombre aquí