Despierta gigante… ¡despierta!

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En el Evangelio que hoy se lee en todas las Iglesias del mundo, Jesús nos propone una interesante parábola. Habla de dos hijos que son mandados por su padre a trabajar. Uno queda bien y le dice que sí… pero después se borra. El otro seguramente provocó los enojos del padre cuando le dice que no está interesado en comprometer su tiempo en lo que se le pide, aunque luego recapacita y se pone a trabajar en los asuntos de su familia.
Jesús nos coloca de frente a nuestras palabras; esas que usamos para comprometernos a realizar cosas. Y nos dice que, más que palabras, se necesitan obras que estén de acuerdo con esas expresiones. Diciéndolo de otra manera: se necesitan testigos que poniendo las manos en la masa de la realidad la transformen con una actividad cotidiana coherente con la fe que profesan sus labios.
Hace cuarenta años decían que en la Argentina había un gigante dormido. Cuando ese gigante se despertara, traería tantos aires de cambio que renovaría todas las cosas. Ese gigante era el laicado.
Hoy ese gigante, no solo permanece dormido, sino que parece que todos andamos en puntas de pié a su alrededor para que no se despierte. La crisis de la Argentina, la que pasó en el 2000 y la de los 15 millones de pobres en el granero del mundo, nos muestran una realidad: la ausencia del laicado en las realidades temporales.
Los nombres que usamos para designar la realidad nos descubre parte de su riqueza, pero también nos esconde partes de la misma que tienen tanto o más valor que la revelada.
La palabra laico viene del griego “Laos” que significa pueblo. Hace referencia a aquellos que por el bautismo pertenecen al Pueblo de Dios, el pueblo que el Señor con su sangre ha creado de la nada y le ha dado su heredad. La palabra laico habla de una realidad muy importante: se pertenece a la Iglesia de manera plena y se está llamado a construirla con las actividades cotidianas. A partir de este término se ven como normales, en una comunidad sana, la participación desde los ministerios laicales. Y es un aspecto que ha florecido de manera muy impresionante entre nosotros. Sin hacer demasiados números, podemos recordar que en nuestra Arquidiócesis hay más de dos mil catequistas y cerca de ochocientos ministros de la comunión.
El uso frecuente del término laico hizo que dejáramos a un lado otra palabra que era muy usada antes. Nos referimos al término seglar. Esta palabra viene del latín y hace referencia a la inserción en las realidades terrenales, en el “siglo” temporal. Es una pena que este término se haya dejado de usar porque nos recuerda una cualidad muy importante del laico: la construcción de la ciudad terrena impregnándola del Espíritu que viene de Dios. Y es esta una dimensión que no es secundaria en la vida del bautizado. Al contrario: su primera misión es transformar el mundo de la familia, el trabajo, la economía, la política. Luego está su compromiso hacia adentro de la comunidad a través de los ministerios.
Esta transformación del mundo se debe hacer a través de la “influencia”. Esto no significa imponer la propia visión del mundo o “presionar” para que otros la vivan. Significa hacer realidad lo que Jesús nos enseñaba en la parábola de los dos hijos: acompañar el Sí al proyecto de amor de Dios Padre con el testimonio de vida coherente. Cuando uno vive contagia sus ideas. Y hacerlo con la valentía que nos da la presencia del Espíritu Santo. Ya Jesús nos advirtió que quien quiera ser en verdad su discípulo debe jugarse, en el amor, hasta las últimas consecuencias. Lo cual no es nada fácil. Así nos decía en el Sermón del Monte: “Felices ustedes, cuando por causa mía los insulten, los persigan y les levanten toda clase de calumnias. Alégrense y muéstrense contentos, porque será grande la recompensa que recibirán en el cielo. Pues bien saben que así persiguieron a los profetas que vivieron antes de ustedes. Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal deja de ser sal, ¿cómo podrá ser salada de nuevo? Ya no sirve para nada, por lo que se tira afuera y es pisoteada por la gente.” (Mt 5,11-13).
Juan Pablo II, cuando vino a la Argentina, lanzó una expresión de deseo: “Argentina, levántate y camina, la luz del Señor ya alborea sobre ti.” Inspirados en su testimonio de vida, y en la influencia que tiene sobre nosotros, podríamos decir: “Despierta gigante… ¡despierta!”

1 Comentario

  1. Anónimo dijo…
    si me parece excelente su editorial, pero tambien tienen que preguntarse los que forman la iglesia en la cual me incluyo, tambien sacerdotes, obispos, etc, porque el laicado esta dormido,
    ¿tendriamos que hacer un mea culpa?……..David
    10:58 PM

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