De San José a San Miguel no hay siesta

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Esa fue la afirmación de un vecino de 87 años. Me la hizo el domingo mientras almorzábamos. Y me contaba que era una costumbre que aprendió de chiquito, cuando vivía y trabajaba en el campo.

Que es la siesta

Es una costumbre de casi todos los habitantes de las pequeñas ciudades del interior argentino. Sobre todo cuanto más al norte de nuestro país nos vamos. Consiste en cortar el día durmiendo un rato luego del almuerzo. Algunos dicen que es una costumbre que nace de la misma biología humana: luego de comer, para hacer una correcta digestión, necesitamos un tiempo de reposo. El cuerpo mismo lo pide al hacernos caer en un estado de somnolencia. Otros dicen que es una pérdida de tiempo dedicado al trabajo, propio de los haraganes que le esquivan el bulto a sus obligaciones.

Por lo pronto mi amigo repite una frase que aprendió de sus padres y que puse en el título. Y tiene toda su lógica. San José cae el 19 de marzo, comienzos del otoño para nosotros. Los días se acortan y hay que trabajar sin desperdiciar tiempo. San Miguel es el 29 de septiembre… comienzo de la primavera… días más largos y de calor sofocante… la siesta se impone sola.

¿Cuánto dura? Depende del que la duerma. En mi caso es de unos treinta minutos, más o menos. Cuando me acuesto, normalmente todos los días, ni siquiera pongo reloj despertador. No lo necesito ni me quedo dormido. Los domingos me suelo tirar un “siestón” que pasa largo la hora. Es como ponerme al día con el sueño en esas tardes que no tengo actividades parroquiales.

Un poema

Leopoldo Lugones le canta a la siesta en pleno verano.

Pleno sol

El calor, de vibrante, parecía sonoro.
El cielo era una tenue soflama de alcohol.
Y la siesta como una gruesa castaña de oro,
Se entreabría en el ámbito; crepitada de sol.

Bajo el soto cuya íntima sombra la espiaba, acaso,
Palpitante en la linfa vivaz del manantial,
La náyade torcía su trenza de oro al paso,
Y era el agua desnuda su cuerpo de cristal.

Una lánguida brisa, pálida en sus tules
Corriendo por los campos a su azaroso albur,
Removía en los céspedes suaves platas azules,
O en un largo carrizo silbaba al viento sur.

La siesta declinaba, y en la aguja vibrante
De un noble álamo, el trino de un jilguero feliz,
Desmenuzaba claros maíces de diamante
Anunciando a los surcos el oro del maíz.

En generoso aliento se exhalaba el tomillo.
La tarde se puso un poco de rosa en su pincel.
Y un haz de sol poniente, ya manso y amarillo,
Se tendió ante la casa como un largo lebrel.

¿Y vos? ¿Dormís o no dormís? ¿Qué pensas del tema?

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