Retomemos el tema planteado un tiempo atrás. La supuesta contradicción entre creación y evolución producto de una, supuesta, contradicción entre ciencia y fe (saber adquirido y revelación). Para esto tenemos que plantearnos dos interrogantes. En primer lugar, el problema del origen absoluto de todas las cosas y, luego, cómo las cosas llegaron a ser lo que hoy son. Vamos por partes.
En lo referente al origen absoluto de las cosas, retomemos aquello que, con toda seguridad, alguna vez nos interrogamos. Mirando el cielo estrellado, nos preguntamos por el más allá en el espacio cercano. Luego nos preguntamos por el más allá en el tiempo cercano. Y, si no nos corrieron los mosquitos del descampado, nuestra pregunta llega: ¿cómo las cosas empezaron a existir? ¿antes de que las cosas existieran, existía algo o alguien? ¿las cosas existieron siempre? Palabras más o menos técnicas, alguna vez por nuestra cabeza estas cuestiones rodaron.
Y se plantea un argumento: si las cosas comenzaron a existir, fue a partir de algo o alguien. Esto lo dice la misma ciencia: de la nada… nada sale. La generación espontánea es un lindo mito… nada más que eso. Por lo tanto, tenemos dos posibles soluciones: la materia existe eternamente o hay alguien espiritual (Dios) que existe eternamente y que hizo que las cosas comenzaran a existir.
Este es un dilema que la ciencia nunca va a poder resolver. Por el sencillo hecho que debe demostrarlo a través de experimentos que no puede realizar. Aunque Ud. no lo quiera creer… en este punto la ciencia (el científico, más bien) debe hacer un acto de fe en sí mismo o en otra persona: va a creer en una hipótesis (es decir, un supuesto de trabajo que debería ser demostrado para llegar a ser mera teoría) que le de alguna explicación plausible a su opción. El creyente, hará lo mismo. ¿Cuál es la diferencia entre ambos? El «creyente» puede tener una certeza mayor porque se ha encontrado con «Alguien» en su vida. El «científico» sólo puede confiar en su hipótesis la cual, tranquilamente, puede ser contradecida por otro «científico» (creyente o agnóstico), o basarse en postulados filosóficos (los cuales no son científicos).
Aunque este es otro tema para ser tratado más adelante, les comento que la idea de la creación no fue lo primero en la experiencia del Pueblo de Israel. Lo primero fue su experiencia de un Dios personal en Abraham y, el mismo Dios, que lo liberó de Egipto constituyéndolo como su pueblo en la Alianza del Sinaí. Desde allí maduró su fe y entendió que el Dios de la historia es el mismo Dios que hizo que la historia comenzara al crear todas las cosas.
De esto deducimos la primera conclusión: en este caso, creación y evolución son dos términos no se contradicen. Debemos hablar (y elegir entre), más bien, de un Dios creador eterno del cual salió todo o de una materia eterna de la cual salió todo. Partiendo de esto, se verá como fue su desarrollo…
En lo particular, creo que «Al principio Dios creó el cielo y la tierra» (Gn 1,1) y por eso me encanta alabarlo con el salmo 8:

¡Señor, nuestro Dios,
qué admirable es tu Nombre en toda la tierra!
Quiero adorar tu majestad sobre el cielo:
con la alabanza de los niños y de los más pequeños,
erigiste una fortaleza contra tus adversarios
para reprimir al enemigo y al rebelde.
Al ver el cielo, obra de tus manos,
la luna y la estrellas que has creado:
¿qué es el hombre para que pienses en él,
el ser humano para que lo cuides?
Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
lo coronaste de gloria y esplendor;
le diste dominio sobre la obra de tus manos,
todo lo pusiste bajo sus pies:
todos los rebaños y ganados,
y hasta los animales salvajes;
las aves del cielo, los peces del mar
y cuanto surca los senderos de las aguas.
¡Señor, nuestro Dios,
qué admirable es tu Nombre en toda la tierra!

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Sacerdote. Párroco. Viejo bloguero que sigue utilizando las redes para evangelizar. En las buenas y en las malas... ¡hincha de River!