En el documento del Papa Benedicto XVI hay un punto que, en algunos lugares del mundo ha causado polémica. Es el número 83 que desarrolla lo que los padres sinodales denominaron “coherencia eucarística”. El Papa dice que “el culto agradable a Dios nunca es un acto meramente privado, sin consecuencias en nuestras relaciones sociales: al contrario, exige el testimonio público de la propia fe”. Digámoslo con otras palabras. Cuando yo comulgo en la Misa, el Dios que habita en mí me llena de su presencia. El Dios Vivo me da su Vida y transforma mi vida. Esto me trae paz, serenidad, gozo, armonía interior. No termino de comulgar con Dios si esa Vida y esa paz la comparto con los que me rodean y se transforma en norma para el pensar y el actuar social del comulgante.

“Obviamente, esto vale para todos los bautizados, (continúa diciendo Benedicto), pero tiene una importancia particular para quienes, por la posición social o política que ocupan, han de tomar decisiones sobre valores fundamentales, como el respeto y la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta su fin natural, la familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer, la libertad de educación de los hijos y la promoción del bien común en todas sus formas. Estos valores no son negociables. Así pues, los políticos y los legisladores católicos, conscientes de su grave responsabilidad social, deben sentirse particularmente interpelados por su conciencia, rectamente formada, para presentar y apoyar leyes inspiradas en los valores fundados en la naturaleza humana”. La coherencia eucarística es vivir en lo social lo que íntimamente he experimentado al comulgar.

En este marco, podemos pensar estos dos días que vivimos los Argentinos. En primer lugar, ayer 24 de marzo era el día de la memoria de los hechos infaustos de la década del setenta. Y quisiera presentarlos así: de la década del setenta. Porque se recuerda, pidiéndo justicia, el terrorismo de estado del gobierno de facto. En ese tiempo, por una idea, a muchas personas se les privó ilegítimamente de la libertad, fueron torturadas, violada su dignidad humana, muertas, desaparecidas… Pero a esto también le debemos sumar el terrorismo de los guerrilleros, que por una idea tomaban las armas o ponían bombas. Y no debemos olvidar el otro terrorismo de estado, el de un gobierno constitucional que fomentó la acción de los parapoliciales y dictó una ley de aniquilamiento. No queremos hacer historia ni suscitar polémicas. Solamente queremos pensar la vivencia desde una época con el concepto del documento del Papa Benedicto a través de estas preguntas: ¿cómo se puede justificar la agresión de un cristiano a cualquier persona? ¿cómo alguien que comulga con un Dios que es Amor entregado en la cruz, un Dios que se hace pan partido para dar vida, puede dejarse llevar por el odio hasta la última consecuencia de destruir a quién piensa distinto? Cuando el Papa habla de “coherencia eucarística” nos tiene que hacer repensar nuestra historia desde el amor de Dios y el pecado del hombre.

En segundo lugar, hoy 25 de marzo celebramos el día del niño por nacer. Y la “coherencia eucarística” también tiene mucho que enseñarnos. Está científicamente demostrado que a partir del la unión del óvulo y el espermatozoide, en el seno de una mujer se instala una nueva vida. Un ser humano se abre a la existencia y la historia humana se ve enriquecida con un nuevo integrante. Desgraciadamente hay quienes atentan contra su vida, el primero de los derechos humanos. Y se promueve de manera personal e institucional el crimen abominable del aborto. Así seres indefensos son torturados y, sin juicio previo, condenados a la desaparición forzada. Entonces, en el marco de la coherencia eucarística, volvemos a preguntarnos: ¿cómo se puede justificar la agresión de un cristiano a cualquier persona? ¿cómo alguien que comulga con un Dios que es Amor entregado en la cruz, un Dios que se hace pan partido para dar vida, puede dejarse llevar por el odio hasta la última consecuencia de destruir a quién es distinto?

Benedicto VI nos recuerda que la “coherencia eucarística” no es una novedad en la enseñanza cristiana. Ya Pablo lo decía con palabras muy duras: “El que coma el pan o beba la copa del Señor indignamente tendrá que dar cuenta del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Que cada uno se examine a sí mismo antes de comer este pan y beber de esta copa; porque si come y bebe sin discernir el Cuerpo del Señor, come y bebe su propia condenación” (1 cor 11,27-29).

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